Bernhard Schlink
EL LECTOR
Barcelona, 2008, Anagrama.
“¡Extraño hechizo el de la
enfermedad cuando se es niño o adolescente! Los ruidos del mundo exterior, del
ocio en el patio o en el jardín, o en la calle, penetran amortiguados en la
habitación del enfermo. Y dentro de ella florece el mundo de las historias y
los personajes de las lecturas. La fiebre, que debilita la percepción y aguza
la fantasía, convierte la habitación del enfermo en un espacio nuevo, familiar
y ajeno a un tiempo; los dibujos de la cortina o el papel pintado degeneran en
monstruos, y las sillas, mesas, estanterías y armarios se transforman en
montañas, edificios o barcos, al alcance de la mano y al mismo tiempo remotos.
Durante las largas horas nocturnas, acompañan al enfermo las campanadas del
reloj de la iglesia, el rugido de los coches que pasan de vez en cuando y el
reflejo de sus faros, que rozan las paredes y el techo. Son horas sin sueño,
pero no horas de insomnio; no son horas de escasez, sino de abundancia. La
combinación de anhelos, recuerdos, miedos y deseos se organiza en laberintos en
los que el enfermo se pierde y se descubre y se vuelve a perder. Son horas en
las que todo es posible, tanto lo bueno como lo malo.” (pp. 21-22)
“Mi padre era un hombre
reservado, tan incapaz de mostrarles sus sentimientos a sus hijos como de
aceptar los que ellos tenían hacia él. Durante muchos años sospeché que detrás
de tanto hermetismo debía de haber un tesoro escondido. Pero con el tiempo
empecé a preguntarme si de verdad había algo allí detrás. Quizá había tenido
sentimientos en su niñez y su juventud, y a lo largo de los años, al no
expresarlos, los había dejado agostarse y morir.” (p. 131)
"Ser historiador significa tender puentes entre el pasado y el presente, observar ambas orillas y tomar parte activa en ambas." (p. 170)
"Durante aquellos años yo había leído todo lo que había encontrado sobre analfabetismo. Sabía de la impotencia ante situaciones totalmente cotidianas, a la hora de encontrar el camino para ir a un lugar determinado o de escoger un plato en un restaurante; sabía de la angustia con que el analfabeto se atiene a esquemas invariables y rutinas mil veces probadas, de la energía que cuesta ocultar la condición de analfabeto, un esfuerzo que acaba marginando a la persona del discurrir común de la vida. El analfabetismo es una especie de minoría de edad eterna." (p. 176)
"Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no como algo desechado y acabado, sino presente y vívido." (p. 203)