martes, 23 de septiembre de 2025

Juan José Saer
LA GRANDE (III)
Barcelona, 2008, RBA.



“La ebriedad, objetivo principal del consumo de vino, no debe ser mencionada, aunque es por definición la razón de ser misma del vino; y la ebriedad empieza ya con la primera copa, de modo que sólo los hipócritas pretenden que hay que tomar con moderación. Entre el estado que procura el primer sorbo de vino y la inconsciencia final de la borrachera, no hay más que una diferencia de grado. Desde la primera copa, el otro, o lo otro —la otredad— que buscamos, aflora desde dentro en el único sitio en el que razonablemente puede encontrarse, es decir en nosotros mismos. El vino modifica, a la vez, al bebedor y al mundo. La nitidez sensorial provoca, provisoria, el olvido del abismo, permitiendo que se instale, casi enseguida, la alegría, la agudeza, la fuerza; importa poco que más tarde, con la segunda o tercera botella, la intranquilidad, la angustia, la confusión, el furor, vuelvan a tomar posesión del cuerpo y de la mente: la ebriedad otorga el don tan difícil de obtener, de ser al fin uno mismo. Sobrios, estamos como expulsados de nuestra vida interior; la ebriedad nos la restituye.
   Es la única función del vino; y el alcohol es sagrado en todas las civilizaciones, salvo en la nuestra, donde, como todo el resto, se transformó en mercancía. Debe ser un rasgo del cristianismo, porque en Las mil y una noches, los comerciantes en vino son siempre cristianos. En vez de pretender desterrar la ebriedad del consumo del vino, habrá que admitir que en realidad existe la ebriedad sin vino, y que buscarla a través del vino constituye una búsqueda del propio ser, lo que la sobriedad por lo general oblitera. Lo más probable es que para no encontrarse con uno mismo se practique, en forma programática, la sobriedad. La ebriedad natural, sin coadyuvantes tóxicos, como el vino y otras drogas, también está mal vista. La locura, por ejemplo, puede ser considerada una especie de ebriedad causada por una combinación de agentes internos y exteriores. La mística es otra: por eso, los místicos, borrachos de la divinidad, son mal vistos en todas las religiones. Pero hay una ebriedad pasajera, no tóxica, que asalta al sujeto de un modo súbito, haciéndolo cambiar de estado y verse durante unos instantes y ver, a la vez, al mundo diferente, extraño, en un estado transitorio durante el cual lo banal se enaltece, lo familiar se vuelve remoto, y, lo desconocido, familiar. Esta ebriedad inmotivada, que puede causar exaltación o pánico, pone en contacto con la otredad tan buscada a través del vino, y por lo tanto es tan sospechosa como la otra, que el vino procura. La búsqueda deliberada de esa otredad de lo mismo que hay en uno y en el mundo, puede ser considerada como el ejercicio de una metafísica práctica. Y la toma de contacto con esa otredad, exaltante o dolorosa, poco importa, como una experiencia mística pasajera.” (pp. 290-291)

[Toda la cita es en cursiva.]


Ignacio Peyró
EL ESPAÑOL QUE ENAMORÓ AL MUNDO (II)
Una vida de Julio Iglesias
Barcelona, 2025, Libros del Asteroide.



“El nuevo disco traía como single un pan bajo el brazo: Abrázame, pronto saludada como una de las grandes canciones de amor en español. La música de Julio, decíamos, había dado un estirón. Pero esa portada -como recuerda Hans Laguna- condensa un tratado de cultura del signo: si la música de Julio había dado un estirón, también tenía otra mordiente su imagen. Compensa mirar el retrato. Está la silla de pavo real, con las reminiscencias erotizantes -era la época- de Emmanuelle. Ese aplomo, dan ganas de decir esa facilidad muscular, con que se sienta, y ese otro valor para llevar un traje en tonos cremosos como quien se pone el pijama. En la foto Julio tiene la mirada seria, pero resulta a la vez lo suficientemente ambivalente como para parecer juguetón. Y tiene el pelo bien peinado, pero también una mata de pelo lo bastante fiera como para incomodar a una madre de las de antes. El conjunto dice: parezco formal, pero llevo dentro un salvaje. Voy a hacerle una carantoña a tu niño, pero a ti, a ti, te voy a hacer el amor. Ese Julio, ante todo, exuda confianza. A estas alturas, ya había dado con el juego de palabras con que se iba a definir: «yo no canto, yo encanto».” (pp. 116-117)
[Las cursivas pertenecen a la cita.]

Juan José Saer
LA GRANDE (II)
Barcelona, 2008, RBA.


“Gabi se acuerda de una anécdota de Tomatis que un día le contó su padre: estaban mirando correr el agua acodados en la baranda de hierro del puente colgante y a Barco se le ocurrió preguntar: ¿Carlitos, a tu juicio, qué es una novela? Y Carlitos sin vacilar un segundo y sin siquiera desviar la vista del agua que corría, arremolinándose contra los pilares del puente, varios metros más abajo, le contestó: El movimiento continuo descompuesto.” (p. 198)

Ignacio Peyró
EL ESPAÑOL QUE ENAMORÓ AL MUNDO (I)
Una vida de Julio Iglesias
Barcelona, 2025, Libros del Asteroide.



“En el París de los sesenta, los existencialistas se dedicaban a filosofar en los cafés, mientras que en el Londres de los sesenta las chicas estrenaban una nueva prenda llamada minifalda. Está claro adónde iba a conducirle el destino a Julio Iglesias. Inglaterra va a ser para Julio el país de las primeras veces: primer escenario, primera canción, primera mujer de las que dejan cicatriz.
   También será un primer oreo por el mundo para alguien cuyo mundo, hasta entonces, terminaba en los veranos infantiles en Cangas del Morrazo. En cualquier vida de artista, el guión existencial estaría claro: inmersos en el swinging London, fascinación por los Beatles y los Kinks, por el primer Bowie y los Stones y -más allá del Atlántico, pero en el polo anglosajón-, por un Cohen joven y un Dylan tan veinteañero como él. Todo pasará, sin embargo, por la sublime indiferencia de un Julio que no va a ser moderno ni un solo minuto de su arte. A cambio, sí lo será de su vida, como muestra el hecho, más allá de existencialistas y de faldas, de aprender inglés y no francés. E incluso de meterse, chico miedoso, en un avión.” (pp. 51-52)

[La denominación correcta debería ser Cangas de Morrazo.]

Juan José Saer
LA GRANDE (I)
Barcelona, 2008, RBA.



“Mientras lo iba siguiendo por la calle, tuve una impresión rarísima que nunca había tenido antes y que, no quiero mentirle, me intranquilizó bastante. Me parecía que caminábamos por la misma calle, en el mismo espacio, pero en tiempos diferentes. Se me ocurrió que si me acercaba a él para saludarlo, a pesar de haber pasado conmigo toda la mañana no me reconocería, o peor, ni siquiera me vería, porque estábamos moviéndonos en dimensiones temporales diferentes como en las series de ciencia-ficción.” (p. 28)
[Toda la cursiva pertenece a la cita.]