Azorín
LA RUTA DE DON QUIJOTE
Madrid, 2005, Cátedra.
“Lector: perdóname; mi voluntad
es serte grato; he escrito ya mucho en
mi vida; veo con tristeza que he de escribir otro tanto. Lector:
perdóname; yo soy un pobre hombre que, en los ratos de vanidad, quiere
aparentar que sabe algo, pero que en realidad no sabe nada.” (pp. 80-81)
“El cielo, conforme la tarde va
avanzando, se cubre de un espeso toldo plomizo. El carro camina dando tumbos,
levantándose en los pedruscos, cayendo en los hondos baches. Ya estamos cerca
del poblado. Ya podéis ver la torre cuadrada, recia, amarillenta, de la iglesia
y las techumbres negras de las casa. Un silencio profundo reina en el llano;
comienzan a aparecer a los lados del camino paredones derruidos. En lo hondo, a
la derecha, se distingue una ermita ruinosa, negra, entre árboles escuálidos,
negros, que salen por encima de largos tapiales caídos. Sentís que una intensa
sensación de soledad y de abandono os va sobrecogiendo. Hay algo en las
proximidades de este pueblo que parece como una condensación, como una síntesis
de toda la tristeza de la Mancha. Y el carro va avanzando.” (p. 144)