miércoles, 19 de agosto de 2015


John Gray
MISA NEGRA (III)
La religión apocalíptica y la muerte de la utopía
Barcelona, 2008, Paidós Ibérica.


“Como otras muchas ideas, la laicidad tiene una historia. En la Europa precristiana no existía la distinción entre lo secular y lo sagrado, como tampoco existe en otras culturas politeístas. El mundo en sí era sagrado y carecía de sentido confinar la religión a la esfera privada: no se concebía aún que la religión pudiese ser un conjunto de prácticas diferenciado del resto de la vida. Sólo empezó a reconocerse la idea de un terreno separado de lo sagrado cuando Agustín de Hipona distinguió entre la ciudad del hombre y la ciudad de Dios. En este sentido, pues, el pensamiento laico es un legado del cristianismo y no tiene significado alguno fuera de un contexto de monoteísmo. En el Asia oriental, el politeísmo ha mantenido una estrecha convivencia con filosofías místicas (de un modo muy similar a como ambos coexistieron también en la Europa precristiana) y nunca ha llegado a producirse el choque entre ciencia y religión que tanto ha polarizado las religiones occidentales. No es casualidad que el darwinismo no haya desatado una guerra cultural en China o en Japón.” (p. 254)

“Quienes exigen que la religión sea borrada de la política piensan que eso es algo que se puede conseguir simplemente excluyendo de las instituciones públicas todo rastro de las confesiones tradicionales. Pero los credos seculares están formados a partir de conceptos religiosos y, no por cohibir la religión, ésta va a dejar de controlar el pensamiento y la conducta. Como el deseo sexual reprimido, la fe siempre reaparece –transformada a veces en formas grotescas– para regir las vidas de quienes la niegan.” (p. 255)

“Pero la idea misma de que las decisiones sobre la guerra y la paz puedan ser reducidas a un cálculo de teoría de juegos es, en sí, una simbiosis de racionalismo y magia: en otras palabras, una superstición.” (p. 260)

“Las religiones no constituyen pretensiones de conocimiento, sino modos de aceptar aquello que es imposible saber.” (p. 277)