Kurt Vonnegut
MADRE NOCHE
Barcelona, 1988, Círculo de Lectores.
“Mengel habla de Rudolf Franz Hoess, el comandante del campo de concentración de Auschwitz. Bajo su tierno cuidado, literalmente millones de judíos marcharon a la cámara de gas. Mengel sabía algo acerca de Hoess. Antes de emigrar a Israel en 1947, Mengel ayudó a ahorcarlo.
Y no con su sólo con su testimonio. Lo hizo con sus dos manos enormes.
–Cuando lo colgamos, yo le puse la correa alrededor de los tobillos y la ajusté bien tirante.
–¿Le dio eso alguna satisfacción?
–No; yo era casi como todos los que estuvieron en esa guerra.
–¿Qué quiere decir? –Le pregunté.
–Que llegué a convertirme en alguien incapaz de sentir nada. Cada trabajo era un deber que cumplir y nada más; ninguno era peor o mejor que otro... Después que terminamos de colgar a Hoess, empaqué mi ropa y me fui a casa. El cierre de mi maleta estaba roto, así que la sujeté con una gruesa correa de cuero. En una hora hice la misma acción dos veces: una vez con Hoess y otra con mi maleta. Ambos trabajos fueron para mí casi lo mismo.” (pp. 41-42)
“Mi madre era una mujer muy bella, inteligente y morbosa. Creo que casi siempre estaba ebria. Recuerdo que una vez llenó un platito con una mezcla de alcohol medicinal y sal de mesa. Lo colocó sobre la mesa de la cocina, apagó todas las luces y me sentó frente a ella, del otro lado de la mesa.
Y luego aproximó un fósforo a aquella mezcla. La llama brotó de un color casi amarillo puro; una llama de sodio que me la mostró como un cadáver y me hizo aparecer también a mí como un cadáver ante ella.
–Esto –me dijo– es lo que pareceremos cuando estemos muertos.
Aquella extraña demostración no sólo me asustó a mí; la asustó también a ella. Mi madre se asustó de sus propias rarezas y a partir de ese momento dejé de ser su compañero. Desde aquel día rara vez me hablaba... Me separó completamente de ella; estoy seguro de que fue por temor de hacer o decir alguna locura mayor.
Todo esto sucedió en Schenectady, antes de que yo cumpliese diez años.” (p. 50)
“-¿Ya no escribes?
-No ha ocurrido nada que quiera decir.
-¿Después de todo lo que has visto, de todo lo que has pasado, querido?
-Es precisamente todo lo que he visto, todo lo que he pasado, lo que casi me hace imposible decir nada. He perdido el don de escribir con sentido. Hablo una jerga incomprensible para el mundo civilizado, y el mundo me responde de la misma manera.” (p. 122)
MADRE NOCHE
Barcelona, 1988, Círculo de Lectores.
“Mengel habla de Rudolf Franz Hoess, el comandante del campo de concentración de Auschwitz. Bajo su tierno cuidado, literalmente millones de judíos marcharon a la cámara de gas. Mengel sabía algo acerca de Hoess. Antes de emigrar a Israel en 1947, Mengel ayudó a ahorcarlo.
Y no con su sólo con su testimonio. Lo hizo con sus dos manos enormes.
–Cuando lo colgamos, yo le puse la correa alrededor de los tobillos y la ajusté bien tirante.
–¿Le dio eso alguna satisfacción?
–No; yo era casi como todos los que estuvieron en esa guerra.
–¿Qué quiere decir? –Le pregunté.
–Que llegué a convertirme en alguien incapaz de sentir nada. Cada trabajo era un deber que cumplir y nada más; ninguno era peor o mejor que otro... Después que terminamos de colgar a Hoess, empaqué mi ropa y me fui a casa. El cierre de mi maleta estaba roto, así que la sujeté con una gruesa correa de cuero. En una hora hice la misma acción dos veces: una vez con Hoess y otra con mi maleta. Ambos trabajos fueron para mí casi lo mismo.” (pp. 41-42)
“Mi madre era una mujer muy bella, inteligente y morbosa. Creo que casi siempre estaba ebria. Recuerdo que una vez llenó un platito con una mezcla de alcohol medicinal y sal de mesa. Lo colocó sobre la mesa de la cocina, apagó todas las luces y me sentó frente a ella, del otro lado de la mesa.
Y luego aproximó un fósforo a aquella mezcla. La llama brotó de un color casi amarillo puro; una llama de sodio que me la mostró como un cadáver y me hizo aparecer también a mí como un cadáver ante ella.
–Esto –me dijo– es lo que pareceremos cuando estemos muertos.
Aquella extraña demostración no sólo me asustó a mí; la asustó también a ella. Mi madre se asustó de sus propias rarezas y a partir de ese momento dejé de ser su compañero. Desde aquel día rara vez me hablaba... Me separó completamente de ella; estoy seguro de que fue por temor de hacer o decir alguna locura mayor.
Todo esto sucedió en Schenectady, antes de que yo cumpliese diez años.” (p. 50)
“-¿Ya no escribes?
-No ha ocurrido nada que quiera decir.
-¿Después de todo lo que has visto, de todo lo que has pasado, querido?
-Es precisamente todo lo que he visto, todo lo que he pasado, lo que casi me hace imposible decir nada. He perdido el don de escribir con sentido. Hablo una jerga incomprensible para el mundo civilizado, y el mundo me responde de la misma manera.” (p. 122)