Richard Dawkins
EL ESPEJISMO DE DIOS (II)
Espasa Calpe, 2007, Pozuelo de Alarcón.
“La selección natural construye cerebros infantiles con una tendencia a creer cualquier cosa que les digan sus padres y los ancianos de la tribu. Esta confiada obediencia es muy valiosa para la supervivencia: lo análogo a dejarse guiar por la Luna de las mariposas nocturnas. Pero la cara opuesta de la obediencia confiada es la credulidad servil. El inevitable subproducto es la vulnerabilidad a la infección por virus mentales. Por excelentes razones relacionadas con la supervivencia darwinista, el cerebro de los niños necesita confiar en sus padres y en adultos en quienes sus padres les dicen que confíen. Una consecuencia automática es que quien confía no tiene manera de distinguir un buen consejo de uno malo. El niño no puede saber que «no chapotees en el Limpopo infestado de cocodrilos» es un buen consejo, pero «debes sacrificar una cabra en luna llena, porque de otra forma no lloverá» es, en el mejor de los casos, un desperdicio de tiempo y de cabras. Ambas admoniciones suenan igualmente merecedoras de confianza. Ambas provienen de una fuente respetada y son emitidas con una solemne seriedad que infunde respeto y demanda obediencia. Lo mismo vale para proposiciones sobre el mundo, sobre el Cosmos, sobre la moralidad y sobre la naturaleza humana. Y, muy probablemente, cuando los niños crecen y tienen sus propios hijos, naturalmente les traspasarán el lote completo —tanto las tonterías como el sentido común— utilizando la misma infecciosa gravedad de maneras.” (pp. 192-193)
“Los líderes religiosos son bien conscientes de la vulnerabilidad del cerebro infantil y de la importancia del adoctrinamiento en edades tempranas. La jactancia jesuítica «Dame al niño durante sus siete primeros años y te devolveré al hombre» no por trillada es menos adecuada (o siniestra).” (p. 194)
EL ESPEJISMO DE DIOS (II)
Espasa Calpe, 2007, Pozuelo de Alarcón.
“La selección natural construye cerebros infantiles con una tendencia a creer cualquier cosa que les digan sus padres y los ancianos de la tribu. Esta confiada obediencia es muy valiosa para la supervivencia: lo análogo a dejarse guiar por la Luna de las mariposas nocturnas. Pero la cara opuesta de la obediencia confiada es la credulidad servil. El inevitable subproducto es la vulnerabilidad a la infección por virus mentales. Por excelentes razones relacionadas con la supervivencia darwinista, el cerebro de los niños necesita confiar en sus padres y en adultos en quienes sus padres les dicen que confíen. Una consecuencia automática es que quien confía no tiene manera de distinguir un buen consejo de uno malo. El niño no puede saber que «no chapotees en el Limpopo infestado de cocodrilos» es un buen consejo, pero «debes sacrificar una cabra en luna llena, porque de otra forma no lloverá» es, en el mejor de los casos, un desperdicio de tiempo y de cabras. Ambas admoniciones suenan igualmente merecedoras de confianza. Ambas provienen de una fuente respetada y son emitidas con una solemne seriedad que infunde respeto y demanda obediencia. Lo mismo vale para proposiciones sobre el mundo, sobre el Cosmos, sobre la moralidad y sobre la naturaleza humana. Y, muy probablemente, cuando los niños crecen y tienen sus propios hijos, naturalmente les traspasarán el lote completo —tanto las tonterías como el sentido común— utilizando la misma infecciosa gravedad de maneras.” (pp. 192-193)
“Los líderes religiosos son bien conscientes de la vulnerabilidad del cerebro infantil y de la importancia del adoctrinamiento en edades tempranas. La jactancia jesuítica «Dame al niño durante sus siete primeros años y te devolveré al hombre» no por trillada es menos adecuada (o siniestra).” (p. 194)