sábado, 28 de junio de 2014

Frans de Waal
EL MONO QUE LLEVAMOS DENTRO
Barcelona, 2007, Tusquets.


“Éste no es un trabajo cualquiera. Es imposible tratar con las necesidades y reacciones de los antropoides sin acceder al mismo reservorio emocional que nos sirve para tratar con nuestros semejantes. Los cuidadores incapaces de tomarse a sus animales en serio nunca congeniarán con ellos, y quienes se los tomen demasiado en serio sucumbirán a la red de intrigas, provocaciones y chantaje emocional que satura cualquier comunidad de antropoides.” (p. 23)

“Al escuchar la música perfectamente estructurada de Ludwig van Beethoven, uno nunca diría en qué clase de antro transcurría su existencia. Los visitantes se quejaban de que el compositor vivera en el lugar más sucio, apestoso y desordenado imaginable, repleto de desperdicios, orinales sin vaciar y ropa mugrienta. Sus dos pianos estaban enterrados bajo montañas de polvo y papeles. El maestro mismo tenía un aspecto tan descuidado que una vez fue arrestado al tomársele por un vagabundo. Nadie se pregunta cómo Beethoven pudo crear sus intrincadas sonatas y nobles conciertos de piano en semejante pocilga. Todos sabemos que pueden surgir cosas maravillosas en circunstancias atroces, que proceso y producto son conceptos separados, razón por la cual el disfrute de un buen restaurante rara vez se ve realzado por una visita a su cocina.” (p. 43)

“La sabiduría popular dice que a los hombres se les socializa para ocultar sus emociones, pero parece más probable que estas actitudes provengan del hecho de estar rodeados de rivales dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad de derribarlos. Nuestros ancestros deben de haber notado la más leve cojera o flaqueza en los otros. Un macho de alto rango hará bien en camuflar sus desventajas, una tendencia que quizá se haya hecho innata.” (p. 58)

“Pero el premio al ritual de sumisión más estrafalario se lo lleva Saddam Hussein, el depuesto tirano de Iraq, que se hacía saludar por sus subordinados con un beso en la axila. ¿Acaso la idea era transmitirles el olor de su triunfo?" (p. 67)

“Los neurólogos han descubierto algunos hechos interesantes en relación con la oxitocina, una hormona común en los mamíferos. La oxitocina estimula las contracciones uterinas (se administra regularmente a las parturientas) y la lactancia, pero es menos sabido que también inhibe la agresión. (…) Aún más interesante es que la síntesis de esta hormona en el cerebro masculino se dispara tras la actividad sexual. En otras palabras, el sexo produce una hormona afectiva que, a su vez, inspira una actitud pacífica. En términos biológicos, esto podría explicar por qué las sociedades humanas en las que la intimidad física es común y la tolerancia sexual elevada suelen ser menos violentas que las sociedades con otra mentalidad. Puede que la gente de las sociedades sexualmente liberales tenga unos niveles de oxitocina más altos. Nadie ha medido la oxitocina en los bonobos, pero apuesto a que están llenos a rebosar.” (p. 113)

“Se ha considerado que la familia nuclear se originó a partir de la tendencia masculina a acompañar a las hembras con las que se habían apareado para mantener a raya a sus rivales infanticidas. Este convenio se habría ampliado para incluir la colaboración paterna en la crianza. Por ejemplo, el padre podría haber ayudado a su compañera a localizar árboles con fruta madura, capturar presas y compartirlas, o cargar con sus retoños. Él mismo podría haberse beneficiado del talento de su compañera para el uso de herramientas de precisión -entre los antropoides, las hembras superan a los machos en esta habilidad- y de su recolección de bayas y frutos secos. La madre a su vez podría haber empezado a ofrecer sexo a su protector para impedir que se fuera con cualquier otra hembra atractiva que pasara por allí. Cuanto más invertían ambas partes en este convenio, mayor era el compromiso adquirido. Por eso se hizo cada vez más importante para el macho que los hijos de su pareja fueran suyos y sólo suyos.” (pp. 116-117)

“Vengo de una cultura que se caracteriza por la búsqueda del consenso, quizá porque los holandeses viven hacinados en una tierra arrebatada a un formidable enemigo común: el Mar del Norte. Otros países, como Estados Unidos, fomentan el individualismo y la autosuficiencia en vez de la lealtad de grupo. Esto podría tener que ver con la movilidad y el espacio disponible. En los viejos tiempos, si la gente no congeniaba, siempre podía establecerse en otra parte. Puede que la resolución de conflictos no se haya promovido todo lo que sería deseable ahora que Estados Unidos se ha convertido en un lugar más atestado.” (p. 155)