Tatiana Ţîbuleac
EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES (I)
Madrid, 2019, Impedimenta.
“La encontré flotando en la bañera de cobre, blanca y ligera, con el cabello cubriendo su rostro como unas algas transparentes. Sus ojos verdes, abiertos de par en par, brillaban en el agua como dos trozos de esmeralda. A ellos me dirigí en primer lugar con la intención de salvarlos, como si fueran la llave hacia un mundo encantado que yo quería hacer revivir. Siguió luego el resto del cuerpo, dócil y blando como una camisa de lana.
La tumbé en el suelo gritándole que no muriera. Que no se le ocurriera morir. Que no muriera antes de tiempo como una traidora, porque el verano no había acabado y fuera estaba lloviendo, pero no era otoño. Que no muriera por otros motivos y diera con todo al traste. Que cumpliera su palabra siquiera por una vez en la vida y que muriera como habíamos establecido, no ahogada en la bañera, como una chica descerebrada. Que no muriera ahora. Que no muriera así. Que no muriera, si fuera posible. No ahora.
(…)
Cuando mi madre se recuperó y empezó a jadear de nuevo acurrucada en mi regazo, como un lactante, la perdoné. Le di un puñetazo de rabia en el pecho y la envolví en una toalla para que no se enfriara.
Mi madre fue la primera mujer desnuda que tuve entre mis brazos.” (pp. 163-164)