domingo, 20 de julio de 2025

Andreu Martín
DINERO PARA LOS MUERTOS
Barcelona, 2024, Alrevés.

 

“La calle de San Julio es una de esas callejas estrechas e intrincadas que componen el Raval de San Roque. Hay tiendas cerradas con persianas o directamente tapiadas con ladrillos, coronadas por rótulos medio borrados por la lluvia y el paso del tiempo, «Telefunken», «Frutería Maribel», «Funeraria Celestino / Almacén». Ningún grafiti moderno ha profanado esas reliquias de tiempos sórdidos y olvidados.
   El número 23 es la típica finca de cuatro metros que a principios de los cincuenta alguien derribó para levantar un edificio de tres pisos, tal vez con la intención de que los habitaran sus hijos y así la familia permaneciera unida. Pero, a la vista de su estado ruinoso y desvencijado, cabe pensar que algo falló.  Un portal tan estrecho que hay que cru
zarlo de costado, para no ensuciarse las mangas y hombreras; una escalera oscura, empinada, de barandilla pringosa. Una sola puerta por piso. (…)

   Lo recuerdo como si fuera ahora. Entramos en un recibidor estrecho, donde no cabíamos ni dos personas. En el suelo, la fulana, Dánae, tal como lo describe Larraz en su escrito, despatarrada, un tiro entre los pechos. Llevaba una bata de seda negra, con flores, pero al caer se le había abierto y estaba extendida tras ella, como una alfombra. Apestaba. Enfrente, un lavabo con medias, bragas y sujetadores tendidos para que se secaran. El suelo era ondulante y de baldosas rojas, polvorientas, donde crujían las suelas de los zapatos. Al final del largo pasillo, un comedor diminuto, con la cocina de gas butano allí mismo y despliegue de clínex arrugados, grietas, manchas de humedad, espejo roto, ropa sucia, caos que refleja el caos mental de la propietaria. Un dormitorio con una cama demasiado grande. Ropas de hombre y de mujer sobre una silla. Y, en la cama, el cuerpo de un hombre desnudo apenas cubierto por una sábana ensangrentada y cuatro veces perforada. Estaba boca arriba, mirando hacia la puerta, la mano derecha con la palma mirando al techo, como pidiendo explicaciones, «¿Por qué?».” (pp. 197-198)