martes, 2 de diciembre de 2025

Platón
APOLOGÍA DE SÓCRATES (II)
Madrid, 1988, Alhambra. 

 

“En efecto, el temor a la muerte no es otra cosa que creerse sabio sin serlo: presumir saber algo que se desconoce. Pues nadie conoce qué sea la muerte, ni si en definitiva se trata del mayor de los bienes que pueden acaecer a un ser humano. Por el contrario, los hombres la temen como si en verdad supieran que es el peor de los males. Y, ¿cómo no va a ser reprensible esta ignorancia por la que uno afirma lo que no sabe? Pero yo, atenienses, quizá también en este punto me diferencio del resto de los mortales y si me obligaran a decir en qué soy más sabio, me atrevería a decir que, en desconociendo lo que en verdad acaece en el Hades, no presumo saberlo.” (pp. 95-96)
[La expresión “en desconociendo”, aparece tal cual en el texto.]


Wolfram Eilenberger
EL FUEGO DE LA LIBERTAD
El refugio de la filosofía en tiempos sombríos, 1933-1943. (III) 

 

“El creciente aislamiento de Arendt dentro de los círculos sionistas estadounidenses y europeos de Nueva York obedecía también a razones sociales y personales concretas. El tono determinaba la música. Y Arendt, «la columnista más joven de Estados Unidos», siempre daba la nota más aguda y estridente. En una época en la que el pueblo judío de Europa se veía ante el abismo de su exterminio, no faltó el sarcasmo, la ironía hostil y unos argumentos que casi equiparaban el racismo nazi con el nacionalismo judío.” (p. 288)


Platón
APOLOGÍA DE SÓCRATES (I)
Madrid, 1988, Alhambra.
 

 

“Pues pronto descubrí que la obra de los poetas no es fruto de la sabiduría, sino de ciertas dotes naturales, y que escriben bajo inspiración, como les pasa a los profetas y adivinos, que pronuncian frases inteligentes y bellas, pero nada es fruto de su inteligencia y muchas veces lanzan mensajes sin darse cuenta de lo que están diciendo. Algo parecido opino que ocurre en el espíritu de los poetas. Sin embargo, me percaté de que los poetas, a causa de este don de las musas, se creen los más sabios de los hombres y no sólo en estas cosas, sino en todas las demás, pero que, en realidad, no lo eran.” (p. 81)


 

Wolfram Eilenberger
EL FUEGO DE LA LIBERTAD
El refugio de la filosofía en tiempos sombríos, 1933-1943.
(II)



“Cabe señalar que el comportamiento de Beauvoir hacia sus amantes femeninas de esa época no difería mucho, tanto en actitud como en discurso, de los roles que Sartre asumía en sus innumerables affaires. La pauta de Beauvoir también se caracterizaba por una actitud de dominio manipulador tan distante del placer como carente de empatía: juegos casuales para refrescar el propio yo (sin preocuparse demasiado por las consecuencias de sus actos en la conciencia ajena).
   Mientras que Sartre se ufanaba en sus cartas a Beauvoir de ser un «redomado sobón» y, en ese papel, hablaba de «nalgas con forma de gotas» o de la asombrosa disposición a los besos íntimos de las recientes conquistas, a Beauvoir le interesaba subrayar cuán indiferente, falto de deseo, incluso desagradable era su encuentro con antiguas alumnas (hasta el punto de incluir quejas demasiado concretas sobre el molesto olor fecal de la seducida durante las relaciones sexuales). Sobre sus amantes, Beauvoir hablaba con Sartre de «hombre a hombre», es decir, como un sujeto sobre objetos. En todo caso, esta forma de asimilación la había interiorizado ella sola.” (p. 211)

Leo Strauss
SOBRE LA TIRANÍA
Madrid, 2005, Encuentro.

 

“La filosofía, en el sentido estricto, clásico de este término, es la búsqueda del orden eterno, o de la causa o causas eternas de todas las cosas. Doy por supuesto, por tanto, que hay un orden eterno e inmutable dentro del cual la Historia tiene lugar, orden que no se ve afectado en absoluto por la Historia. Con otras palabras, doy por supuesto que cualquier «reino de la libertad» no es más que una provincia que depende del «reino de la necesidad».” (p. 260)

Wolfram Eilenberger
EL FUEGO DE LA LIBERTAD
El refugio de la filosofía en tiempos sombríos, 1933-1943.
(I)



“Porque, en la primavera de 1935, Sartre no solo seguía muy deprimido, sino que estaba cada vez más convencido de que iba a volverse loco. Esto se debía también a las legiones de crustáceos y de insectos del tamaño de un hombre que lo seguían adondequiera que fuese. Su interés erudito por la naturaleza de la imaginación humana le había llevado a participar en los experimentos con mescalina de un amigo psiquiatra parisino. Aunque este le había garantizado que las alucinaciones provocadas por la droga durarían como mucho unas treinta y seis horas, en el caso de Sartre se repetían, y con una intensidad que no disminuía, semanas y meses después de haber ingerido la droga. No se trataba de que se veía envejecer y de que, como todos los demás, un día moriría. No, ahora la locura se apoderaba de su espíritu.” (pp. 97-98