Agustín Gómez Arcos
EL NIÑO PAN (I)
Barcelona, 2006, Cabaret Voltaire.
“La cogida del esparto era un oficio duro, el más mísero y el peor pagado, que convertía a los trabajadores en esclavos de los terratenientes. El esparto crece por sí solo. No necesita agua ni cuidados; abunda mucho en las regiones desérticas del sudoeste. Es una fibra afilada que se agarra al terreno y que se arranca tirando con las manos desnudas. Corta los dedos y hace profundas grietas en el canto de la mano, que se infectan y se pudren. Sólo los tizones al rojo vivo pueden cauterizarlas. Las manos de los esparteros están llenas de cicatrices, sus ojos siempre llenos de lagañas por el polvillo que suelta la planta... El espartero se levanta muy temprano, una o dos horas de camino, a veces tres: tiene que estar en el tajo al ser de día. Toda la jornada estará con el espinazo doblado como un matorral, como una piedra que se moviera. Arranca la fibra puntiaguda, cortante, junta tantas arrobas como puede cargar, siete, ocho, nueve, diez y no se incorpora más que al mediodía, para comerse una raquítica merienda y liarse un cigarrillo; por la tarde doblegado por el peso que transporta, vuelve a la factoría instalada junto a la carretera. Sucio, sudoroso, agotado, hambriento. Allí encuentra a un factor con traje de pana, sin remiendos, nuevo flamante. El tipo huele a la lavanda que le adorna el ojal. Fuma un buen puro. Sin haberse podido acabar lo que lleva en la talega ni el vino de la bota -apetito de los que pueden comer lo que quieren. Manos finas, sin cicatrices, sin un padrastro; lleva un sombrero de fieltro, sabe leer y escribir. Es el pesador. Y no precisamente jurado. Se encarga de hacer los pesos del esparto, casi siempre con una romana desequilibrada; robando para el patrón o por cuenta propia, paga mal, unas perras por una larga jornada de trabajo. Trabajo feroz y primitivo. En la mano de un niño cogerían las monedas del jornal de esos esparteros que tienen mujer e hijos. Esta fibra del demonio, transformada en papel lujoso, es fuente de riqueza para los dueños, de miseria y de enfermedad para los que la recogen.” (pp. 154-156)