Vanessa Springora
EL CONSENTIMIENTO
Barcelona, 2024, Lumen.
“Sucedió sin previo aviso, casi de la noche a la mañana. Caminaba por una calle desierta con una inquietante pregunta dándome vueltas en la cabeza, una pregunta que se me había ocurrido unos días antes y que no conseguía desterrar: ¿qué prueba tangible tenía de mi existencia? ¿Era yo real? Para asegurarme , empecé a dejar de comer. ¿Para qué alimentarme? Mi cuerpo era de papel, por mis venas solo fluía tinta, y no tenía órganos. Era una fábula. Tras varios días de ayuno experimenté los primeros efectos de la euforia que sustituye al hambre. Y una ligereza que no había sentido jamás. Ya no andaba, me deslizaba por el suelo, y si hubiera extendido los brazos, seguro que habría echado a volar. No sentía ninguna carencia, ni el más mínimo retortijón en el estómago, ni la más mínima llamada de los sentidos ante una manzana o un trozo de queso. Ya no formaba parte del mundo material.
Y dado que mi cuerpo resistía la falta de alimentos, ¿por qué iba a necesitar dormir? Mantenía los ojos abiertos desde el atardecer hasta el alba. Ya nada interrumpía la continuidad entre el día y la noche. Hasta la tarde en la que fui a comprobar en el espejo del baño que mi reflejo seguía ahí. Curiosamente sí, seguía ahí, pero lo nuevo y fascinante fue que ahora veía a través de él.
Estaba volatilizándome, evaporándome, desapareciendo. Una sensación atroz, como si me arrancaran del reino de los vivos, pero a cámara lenta. El alma se me escapaba por los poros de la piel. Deambulé por las calles toda la noche, en busca de una señal. De una prueba de que estaba viva. A mi alrededor, la ciudad, brumosa y mágica, se convertía en un decorado de cine. Si alzaba los ojos, las rejas del parque público que tenía delante parecían moverse solas, giraban como una linterna mágica, al ritmo de tres o cuatro imágenes por segundo, como un parpadeo lento y regular. Algo en mí seguía rebelándose. Quería gritar: «¿Hay alguien ahí?».” (pp. 161-162)