Félix J. Palma
EL MAPA DEL TIEMPO (I)
Sevilla, 2009, Algaida.
“Merrick pertenecía a esa clase de lectores que lograban olvidar con terrible facilidad que había una mano moviendo la cruceta de los personajes que bailaban en esos teatritos que eran las novelas. Durante su infancia, él también había sido un lector así. Pero un día decidió ser escritor y desde ese momento le resultó imposible sumergirse en las historias de los libros con aquel inocente abandono: había comprendido que los actos e impresiones de los personajes no les pertenecían. Todas sus acciones y pensamientos respondían en realidad al dictado de un ser superior, de alguien que, en la soledad de una habitación, manipulaba las piezas que él mismo había dispuesto sobre el tablero, generalmente con un terrible desafecto que no se correspondía con las emociones que pretendía provocar en los lectores. Las novelas no eran pedazos de vida, sino artefactos más o menos regulados cuya función era reproducir pedazos de vidas, pero unas vidas irreales, perfeccionadas, donde los tiempos muertos y los actos infructuosos y vanos que construyen cualquier existencia habían sido sustituidos por episodios emocionantes y significativos. A veces, Wells añoraba esa manera de leer despreocupada de la infancia pero, tras aquella mirada entre bambalinas, ya solo podía leer así haciendo un gran esfuerzo de sugestión. Una vez escribías tu primera historia, no había marcha atrás. Te habías convertido en un embaucador, e inevitablemente solo podías mostrar recelo ante los demás embaucadores.” (p. 178)
“A través de la ventanita del coche, contempló la circundante oscuridad, que empezaba a flamear bajo el empuje del día. Del mismo modo que el tejido de una chaqueta se desgasta en los codos, también la noche comenzaba a dehilacharse por una de las esquinas del cielo, cuya negrura se iba tornando lentamente de un azul cada vez menos oscuro, hasta que un lívido resplandor comenzó a esculpir parsiomoniosamente el mundo.” (p. 236)
EL MAPA DEL TIEMPO (I)
Sevilla, 2009, Algaida.
“Merrick pertenecía a esa clase de lectores que lograban olvidar con terrible facilidad que había una mano moviendo la cruceta de los personajes que bailaban en esos teatritos que eran las novelas. Durante su infancia, él también había sido un lector así. Pero un día decidió ser escritor y desde ese momento le resultó imposible sumergirse en las historias de los libros con aquel inocente abandono: había comprendido que los actos e impresiones de los personajes no les pertenecían. Todas sus acciones y pensamientos respondían en realidad al dictado de un ser superior, de alguien que, en la soledad de una habitación, manipulaba las piezas que él mismo había dispuesto sobre el tablero, generalmente con un terrible desafecto que no se correspondía con las emociones que pretendía provocar en los lectores. Las novelas no eran pedazos de vida, sino artefactos más o menos regulados cuya función era reproducir pedazos de vidas, pero unas vidas irreales, perfeccionadas, donde los tiempos muertos y los actos infructuosos y vanos que construyen cualquier existencia habían sido sustituidos por episodios emocionantes y significativos. A veces, Wells añoraba esa manera de leer despreocupada de la infancia pero, tras aquella mirada entre bambalinas, ya solo podía leer así haciendo un gran esfuerzo de sugestión. Una vez escribías tu primera historia, no había marcha atrás. Te habías convertido en un embaucador, e inevitablemente solo podías mostrar recelo ante los demás embaucadores.” (p. 178)
“A través de la ventanita del coche, contempló la circundante oscuridad, que empezaba a flamear bajo el empuje del día. Del mismo modo que el tejido de una chaqueta se desgasta en los codos, también la noche comenzaba a dehilacharse por una de las esquinas del cielo, cuya negrura se iba tornando lentamente de un azul cada vez menos oscuro, hasta que un lívido resplandor comenzó a esculpir parsiomoniosamente el mundo.” (p. 236)