viernes, 27 de septiembre de 2019


Peter Novick
JUDÍOS, ¿VERGUENZA O VICTIMISMO? (IV)
El Holocausto en la vida americana
Madrid, 2007, Marcial Pons. 



“El año 1945 no sólo trajo consigo la revelación absoluta de los horrores de los campos de exterminio, sino otro horror adicional. Entre los estadounidenses, Hiroshima tuvo un impacto mucho mayor, y más duradero, por razones perfectamente sensatas y en absoluto relacionadas con la «atrocidología comparada». Si el Holocausto representaba la era que acababa de terminar, Hiroshima como símbolo de la devastación nuclear, definía el presenta y el futuro. A diferencia del Holocausto, Hiroshima sí parecía conllevar lecciones urgentes para los estadounidenses, lo cual convertía en vergonzoso el hecho de apartar la vista. Para muchos, entre ellos destacados sacerdotes, al contemplar las imágenes de los muertos y mutilados de Hiroshima la lección que se extraía era: «Dios, perdónanos». Para casi todos los estadounidenses la lección era: «Dios, podríamos ser nosotros».” (pp. 126-127) 
 
“Elliot Cohen, director de Commentary, crítico la película Crossfire [Encrucijada de odios], de 1947, que trataba de la muerte de un judío a manos de un soldado antisemita. Según él, habría sido mejor que los productores encontraran un «personaje humano más vigoroso para su judío, que la típica y eterna víctima indefensa de la fuerza bruta».
       «La exhibición de sadismo y de carnicería no causa inmediatamente repugnancia y rechazo. Por el contrario, puede convertir en familiar y acostumbrado lo prohibido y lo horrible, vinculando las emociones ocultas con la acción abierta... Más de un observador atento cree que las espantosas y penosas imágenes de los noticiarios de Buchenwald suscitaron emociones muy ambiguas; el hecho de ver cadáveres de judíos amontonados como carne de matanza abarataba la vida judía».” (pp. 138-139)

“La esperanza de vida de las memorias en nuestra sociedad parece muy reducida. Cuando las circunstancias vitales cambian con la velocidad que lo hacen actualmente, muy pocas memorias pueden conectar con un estado inalterable. En ningún lugar esto es más cierto que en Estados Unidos, esa nación tristemente famosa por su dedicación al «ahora» y su carácter amnésico. […] A algunos de mis colegas les sigue chocando que los nuevos alumnos no sepan nada de cuestiones de «historia
antigua»  como la Guerra de Vietnam o el caso Watergate. Reconocen -a regañadientes porque les hace sentirse viejos- que esas cosas ocurrieron antes de que nacieran esos alumnos, pero replican que los padres de esos muchachos sí las vivieron; «¡deben de haberles hablado de ellas!». Quizá los padres lo hicieran, pero sus hijos no escucharon (como suelen hacer). Estamos muy lejos de la concepción tradicional de la transmisión de memorias colectivas, por no hablar de las que duran durante siglos.” (p. 290)