jueves, 5 de septiembre de 2019


Noam Chomsky
¿QUIÉN DOMINA EL MUNDO? (I)
Barcelona, 2016, Ediciones B.


“Los más vulgares apologistas de los crímenes de Estados Unidos e Israel explican solemnemente que, mientras que los árabes matan civiles a propósito, Estados Unidos e Israel, como son sociedades democráticas, no pretenden hacerlo. Las muertes que provocan son accidentales, de ahí que no alcancen el nivel de depravación moral de sus adversarios. Esa fue, por ejemplo, la posición del Alto Tribunal de Justicia de Israel cuando recientemente autorizó el severo castigo colectivo del pueblo de Gaza privándolo de electricidad (y, por tanto, también de agua, servicios de saneamiento y otros aspectos básicos de la vida civilizada). Esa misma línea de defensa se usa para disculpar algunos de los pecadillos pasados de Washington, como el ataque con misiles que en 1998 destruyó la planta farmacéutica de al-Shifa en Sudán. El ataque terminó por provocar la muerte de decenas de miles de personas, pero, por lo visto, sin la intención de matarlas, de ahí que no fuera un crimen del orden de las muertes intencionadas.  
   En otras palabras, podemos distinguir tres categorías de crímenes: asesinato con intención, asesinato accidental y asesinato con premeditación pero sin intención específica. Por lo general las atrocidades de Israel y Estados Unidos se encuadran en esta tercera categoría. Así pues, cuando Israel destruye la red eléctrica de Gaza o levanta barreras que impiden viajar en Cisjordania, no tiene la intención expresa de matar a gente en particular que morirá por el agua contaminada o en ambulancias que no pueden llegar a los hospitales. Y cuando Bill Clinton ordenó el bombardeo de la planta de al-Shifa, era obvio que eso conduciría a una catástrofe humanitaria. Human Rights Watch informó de ello de inmediato y proporcionó detalles; no obstante, Clinton y sus asesores no pretendían matar a personas concretas entre aquellos que inevitablemente morirían cuando se destruyeron la mitad de los suministros farmacéuticos en un país pobre de África que no podía reponerlos. Ellos y sus defensores pensaban en los africanos como nosotros en las hormigas que aplastamos al caminar por una calle. Somos conscientes, si nos molestamos en pensarlo, de que es probable que ocurra, pero no pretendemos matarlas porque no merecen tanta consideración. Huelga decir que es muy diferente la consideración de los ataques comparables de arabushim en zonas habitadas por seres humanos.” (pp. 44-45)