sábado, 14 de febrero de 2026

J. Martínez Ruiz (Azorín)
LA VOLUNTAD (I)
Madrid, 1989, Castalia.

 

“Ahora lo veo todo paternalmente, con indulgencia, con ironía… En el fondo me es indiferente todo. Y la primera consecuencia de esta indiferencia es mi descuido del estilo y mi desdén por los libros. Yo creo que he sido alguna vez un escritor brillante; ahora, por fortuna, ya no lo soy; ahora, en cambio, con la sencillez en la forma he llegado á poder decir todo cuanto quiero, que es el mayor triunfo que puede alcanzar un escritor sobre el idioma. El estilo brillante hace imposible esto; con él, el escritor es esclavo de la frase, del adjetivo, de los finales, y no hay medio muchas veces de encajar la idea entera. Además, y esto es lo más grave, se tiene prevención contra las palabras humildes, bajas, prosaicas, y de este modo el léxico resulta enormemente limitado. Yo recuerdo que Gómez Hermosilla, en su librejo Juicio crítico, censura á Jovellanos por emplear vocablos tan plebeyos como campanillas, mula, mayoral. Entonces, la primera vez que yo me enteré de tal purismo, sonreí de Hermosilla; más luego he visto que la ley de castas perdura entre la prosa moderna y que los escritores brillantes la mantienen aún inexorable…” (pp. 261-262)
[Las cursivas pertenecen a la cita.]