viernes, 20 de mayo de 2022

Emmanuel Carrère
L´ADVERSAIRE
Paris, 2002, P.O.L Editeur.



“Le 9 janvier 1993, Jean-Claude Romand a tué sa femme, ses enfants, ses parents, puis tenté, mais en vain, de se tuer lui-même. L’enquête a révélé qu’il n’était pas médecin comme il le prétendait et, chose plus difficile encore à croire, qu’il n’était rien d’autre. Il mentait depuis 18 ans, et ce mensonge ne recouvrait rien. Près d’être découvert, il a préféré supprimer ceux dont il ne pouvait supporter le regard. Il a été condamné à la réclusion criminelle à perpétuité.
   Je suis entré en relation avec lui, j’ai assisté à son procès. J’ai essayé de raconter précisément, jour après jour, cette vie de solitude, d’imposture et d’absence. D’imaginer ce qui tournait dans sa tête au long des heures vides, sans projet ni témoin, qu’il était supposé passer à son travail et passait en réalité sur des parkings d’autoroute ou dans les forêts du Jura. De comprendre, enfin, ce qui dans une expérience humaine aussi extrême m’a touché de si près et touche, je crois, chacun d’entre nous.” (Texto de Carrère en la contraportada del libro.)

“El 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer, sus hijos, sus padres y, después intentó, pero sin éxito, matarse a sí mismo. La investigación reveló que no era médico como pretendía y, algo todavía más difícil de creer, que no era nada. Mentía desde los 18 años, y esta mentira no encubría nada. Cerca de ser descubierto, prefirió eliminar a aquellos cuya mirada no podía soportar. Fue condenado a cadena perpetua.
   Me relacioné con él, asistí a su juicio. He intentado relatar con precisión, día tras día, esta vida de soledad, de impostura y de ausencia. Imaginar qué pasaba por su cabeza a lo largo de las horas vacías, sin proyecto ni testigo, que aparentaba pasar trabajando y que, en realidad, pasaba en aparcamientos de autopista o en los bosques del Jura. Comprender, en fin, lo que en una experiencia humana tan extrema me ha tocado tan de cerca y toca, creo, a cada uno de nosotros.” 
[La traducción es mía.]

***

“On croit que c'est un homme qu'on a devant nous, mais en fait ça n'est plus un homme, ça fait longtemps que ça n'est plus un homme. C'est comme un trou noir, et vous allez voir, ça va nous sauter à la gueule. Les gens ne savent pas ce que c'est, la folie. C'est terrible. C'est ce qu'il y a de plus terrible au monde.
(...)
...et quand on est pris dans cet engrenage de ne pas vouloir décevoir, le premier mensonge en appelle un autre, et c'est toute une vie...” (pp. 56-57)

"Creemos que es un hombre lo que tenemos delante de nosotros, pero en realidad ya no es un hombre, hace mucho tiempo que ya no es un hombre. Es como un agujero negro, y ya lo verá, nos va a estallar en la cara. La gente no sabe lo que es, la locura. Es terrible. Es lo más terrible que hay en el mundo
(…)
...y cuando estamos atrapados en este engranaje de no querer decepcionar, la primera mentira llama a otra, y así toda una vida...". 
[La traducción es mía.]


Benjamín Labatut
UN VERDOR TERRIBLE (II)
Barcelona, 2020, Anagrama.



“(...) Schwarzschild dedujo que cualquier objeto podría generar una singularidad si su materia era comprimida en un espacio lo suficientemente reducido: para el sol bastaban tres kilómetros, para la Tierra, ocho milímetros, para un cuerpo humano promedio, 0,000000000000000000000001 centímetro.
   Dentro del agujero que sus métricas predecían, los parámetros fundamentales del universo intercambiaban sus propiedades: el espacio fluía como el tiempo, el tiempo se extendía como el espacio. Esa distorsión alteraba la ley de la causalidad;
(…)
    Pero las extrañezas no se limitaban a la zona interior. Alrededor de la singularidad existía un límite, una barrera que marcaba un punto de no-retorno. Al cruzar esa línea, cualquier cosa –fuera un planeta entero o una diminuta partícula subatómica– quedaría atrapada por siempre. Desaparecería del universo como si hubiera caído en un pozo sin fondo.
   Décadas después, ese límite fue bautizado como el radio de Schwarzschild”. (pp. 62-63)

“La física simplemente dejaba de tener sentido.
    Courant lo escuchó absorto. Poco antes de que los enfermeros vinieran a buscar al joven para subirlo al convoy que lo llevaría de regreso a Berlín, Schwarzschild le preguntó algo que lo atormentó durante el resto de su vida, aunque en ese momento Courant pensó que solo se trataba de un delirio, el desvarío de un soldado moribundo, la locura que asomaba en su cabeza aprovechándose del cansancio y la desesperación. Si ese tipo de monstruos eran un estado posible para la materia, le dijo Schwarzschild con la voz temblorosa, ¿tendrían un correlato en la mente humana? Una concentración suficiente de voluntades, millones de seres humanos sometidos a un solo propósito, sus mentes comprimidas en el mismo espacio psíquico, ¿desencadenarían algo parecido a su singularidad? Schwarzschild no solo estaba 

convencido de que era posible, sino que ocurriría en la Vaterland.” (p. 65)

[Vaterland significa "patria" en alemán.]

“Incluso sus colaboradores más cercanos consideraron que había ido demasiado lejos. Grothendieck quería atrapar el sol en una mano, desenterrar la raíz secreta capaz de unir innumerables teorías sin ninguna relación aparente. Le dijeron que era un proyecto imposible, más parecido a los delirios de un megalómano que a un programa de investigación científica. Alexander no escuchó. De tanto ahondar en los fundamentos, su mente había tropezado con el abismo.
   En 1967 viajó durante dos meses a Rumanía, Argelia y Vietnam para impartir una serie de seminarios. Uno de los colegios donde enseñó en Vietnam luego fue bombardeado por tropas norteamericanas; murieron dos profesores y decenas de alumnos. Al volver a Francia ya no era el mismo. Influenciado por el movimiento del 68 que rugía a su alrededor, en una clase magistral en la Universidad de París en Orsay, llamó a más de un centenar de alumnos a renunciar a «la práctica vil y peligrosa» de las matemáticas, a la luz de las amenazas que enfrentaba la humanidad. No eran los políticos los que acabarían con el planeta, les dijo, sino los científicos como ellos que «caminaban como sonámbulos hacia el Apocalipsis».
   Desde ese día se negó a participar de ningún congreso si no le permitían dedicar una cantidad de tiempo equivalente a la ecología y el pacifismo. En sus charlas regalaba manzanas e higos cultivados en su jardín y advertía sobre el poder destructivo de las ciencias: «los átomos que despedazaron Hiroshima y Nagasaki no fueron separados por los dedos grasientos de un general, sino por un grupo de físicos armados con un puñado de ecuaciones». Grothendieck no podía dejar de cuestionar su efecto sobre el mundo. ¿Qué nuevos horrores nacerían de una comprensión total como la que él buscaba? ¿Qué haría el hombre si fuera capaz de tocar el corazón del corazón?” (pp. 85-86)

“Vasek era pintor, pero además se había dedicado a reunir una extensa colección de obras que aglutinaba bajo el nombre de art brut, compuesta de poemas, esculturas, dibujos y cuadros hechos por pacientes psiquiátricos, vagabundos, niños con retraso mental, adictos, borrachos y depravados, en cuyas torcidas visiones él creía distinguir el caldo de cultivo donde se gestarían los mitos del futuro.” (p. 126)


Lucia Berlin
MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA (I)
Madrid, 2017, Alfaguara.




“Esperen. Déjenme explicar…
   De siempre me he visto envuelta en esas situaciones, como aquella mañana con el psiquiatra. Él estaba viviendo en la casita detrás de la mía mientras remodelaban la casa que se acababa de comprar. Parecía muy simpático, y además era guapo, así que por supuesto quería causarle buena impresión, y hasta le habría llevado unos pastelitos de chocolate, pero tampoco quería violentarlo. Una mañana, justo al amanecer, como de costumbre, me estaba tomando el café y contemplando desde la ventana mi jardín, que en ese momento era un prodigio, con las enredaderas de caracolillo en flor y los delfinios y el cosmos. Me sentí, bueno, me sentí rebosante de alegría… ¿Por qué titubeo al contarlo? No quiero parecer melindrosa, quiero causar buena impresión. La cuestión es que estaba contenta, y eché un puñado de alpiste en la terraza y sonreí abstraída mientras docenas de tórtolas y pinzones acudían a comer las semillas. De pronto, zas, dos gatos enormes saltaron a la terraza y empezaron a zamparse los pájaros entre una nube de plumas, en el preciso momento que el psiquiatra salía por la puerta. Me miró consternado, dijo «¡Qué horror!» y huyó. A partir de aquella mañana me evitó completamente, y no eran imaginaciones mías. Cómo habría podido explicarle que todo ocurrió muy rápido, que no sonreía porque me divirtiera la carnicería de los gatos, sino que no había dado tiempo a que mi felicidad al ver los caracolillos y los pinzones se disipara.
  Desde que me alcanza la memoria siempre he tenido un don para quedar mal.” (p. 41)
[La cita pertenece al relato Estrellas y santos.]

Carl Gustav Jung
EL LIBRO ROJO (I)
Buenos Aires, 2012, El Hilo de Ariadna.
https://www.instituto-integra.com


“Los procesos psicológicos que han acompañado la última guerra -en especial el increíble salvajismo de los juicios generales, las calumnias recíprocas, la inesperada cólera destructora, la inaudita oleada de mentiras y la incapacidad de los hombres para poner freno al demonio sanguinario- han puesto con toda claridad ante nuestros ojos el problema que representa ese inconsciente caótico que dormita inquieto bajo el ordenado mundo de la consciencia. Esta guerra ha mostrado inmisericorde al hombre civilizado que todavía es un bárbaro, así como el acerado azote que le espera en caso de que se le ocurriera volver a echarle la culpa a su vecino de sus propias malas cualidades. La psicología de los individuos responde a la psicología de las naciones. Lo que hacen las naciones, lo hacen también los individuos, y mientras los individuos continúen haciéndolo, las naciones también lo harán. Para que cambie la psicología de las naciones, antes tiene que cambiar la psicología de los individuos.” (p. 550; Notas Liber Primus: nota 222) 
[Jung se está refiriendo a la I Guerra Mundial.]

jueves, 28 de abril de 2022

Benjamín Labatut
UN VERDOR TERRIBLE (I)
Barcelona, 2020, Anagrama.



“Una ola de suicidios arrasó Alemania en los meses finales de la guerra. Solo en abril de 1945, tres mil ochocientas personas se mataron en Berlín. Los habitantes del pequeño pueblo de Demmin, ubicado al norte de la capital, a unas tres horas de distancia, cayeron en un pánico colectivo cuando las tropas alemanas en retirada dinamitaron los puentes que conectaban el pueblo con el resto del país, quedando atrapados por los tres ríos que cercaban aquella península, indefensos ante la crueldad del Ejército Rojo. Cientos de hombres, mujeres y niños se quitaron la vida en tan solo tres días. Familias completas entraron caminando a las aguas del Tollense amarradas con una cuerda alrededor de sus cinturas, como si fuesen a jugar un espantoso tira y afloja, con los niños más pequeños cargando rocas en sus mochilas de colegio. El caos llegó a tal punto que las tropas rusas —que hasta ese momento se habían dedicado a saquear las casas del pueblo, quemar los edificios y violar a las mujeres— recibieron órdenes de contener la epidemia de suicidios; en tres ocasiones distintas tuvieron que rescatar a una mujer que intentaba colgarse de una de las ramas del gigantesco roble que crecía en su jardín, entre cuyas raíces ya había enterrado a sus tres hijos, luego de haber espolvoreado sus galletitas —un último deleite— con veneno para ratas; la mujer sobrevivió, pero los soldados no pudieron evitar que una niña se desangrara después de abrir sus venas con la misma navaja que había usado para cortar las muñecas de sus padres. Ese mismo deseo de muerte se apoderó de la plana mayor del nazismo: cincuenta y tres generales del ejército, catorce de la fuerza aérea y once de la marina se suicidaron, además del ministro de Educación Bernhard Rust, el ministro de Justicia Otto Thierack, el mariscal de campo Walter Model, el Zorro del Desierto, Erwin Rommel, y, por supuesto, el mismísimo Führer. Otros, como Herman Göring, dudaron y fueron capturados con vida, aunque solo lograron posponer lo inevitable. Cuando los doctores lo declararon apto para el juicio, Göring fue juzgado por el tribunal de Núremberg y condenado a morir en la horca. Pidió ser fusilado: no quería morir como un criminal común y corriente. Cuando supo que iban a negarle su último deseo, se mató mordiendo una ampolla de cianuro que había escondido en un frasco de pomada para el pelo, al lado del cual dejó una nota donde explicaba que había elegido darse muerte por su propia mano, «como el gran Aníbal».” (pp. 13-14)

“El primer ataque con gas de la historia arrasó a las tropas francesas atrincheradas cerca del pequeño pueblo de Ypres, en Bélgica. Al despertar en la madrugada del jueves 22 de abril de 1915, los soldados vieron una enorme nube verdosa que reptaba hacia ellos por la Tierra de Nadie. Dos veces más alta que un hombre y tan densa como la niebla invernal, se estiraba de un lado a otro del horizonte, a lo largo de seis kilómetros. A su paso las hojas de los árboles se marchitaban, las aves caían muertas desde el cielo y el pasto se teñía de un color metálico enfermizo. Un aroma similar a piña y lavandina cosquilleó las gargantas de los soldados cuando el gas reaccionó con la mucosa de sus pulmones, formando ácido clorhídrico. A medida que la nube se empozaba en las trincheras, cientos de hombres se desplomaron convulsionando, ahogándose en sus propias flemas, con mocos amarillos burbujeando en su boca, su piel azulada por la falta de oxígeno.
(...)
El hombre que había planificado el ataque con gas en Ypres era el creador de esa nueva forma de hacer la guerra, el químico Fritz Haber. De raíces judías, Haber era un verdadero genio, y tal vez la única persona en ese campo de batalla capaz de comprender las complejas reacciones moleculares que volvieron negra la piel de los mil quinientos soldados muertos en Ypres. El éxito de su misión le valió un ascenso al rango de capitán, una promoción a la jefatura de la sección de Química del Ministerio de Guerra y una cena con el mismísimo káiser Guillermo II. Pero al volver a Berlín Haber fue confrontado por su esposa. Clara Immerwahr —la primera mujer en recibir un doctorado en química de una universidad alemana— no solo había visto el efecto del gas sobre animales en el laboratorio, sino que había estado muy cerca de perder a su marido, cuando el viento cambió de súbito en una de las pruebas de campo. El gas sopló directo hacia la colina desde la cual Haber, montado sobre su caballo, dirigía a sus tropas. Fritz se salvó de milagro, pero uno de sus ayudantes no pudo escapar de la nube tóxica; Clara lo vio morir en el suelo, retorciéndose como si hubiera sido invadido por un ejército de hormigas hambrientas. Cuando Haber regresó victorioso de la masacre de Ypres, Clara lo acusó de haber pervertido la ciencia al crear un método para exterminar humanos a escala industrial, pero Fritz la ignoró por completo: para él, la guerra era la guerra y la muerte era la muerte, fuera cual fuera el medio de infligirla. Aprovechó su permiso de dos días para invitar a todos sus amigos a una fiesta que duró hasta la madrugada, al final de la cual su mujer bajó al jardín, se quitó los zapatos y se disparó en el pecho con el revólver de servicio de su marido. Murió desangrada en los brazos de su hijo de trece años, quien corrió escaleras abajo al escuchar el balazo.” (pp. 30-33)

 


Asunción Díaz
VISIONES, PLEAMAR, DESOLACIÓN Y OTROS MOMENTOS
Madrid, 2022, Vitruvio.



“LUIS

En mi soledad he visto
cosas muy claras
que no son verdad.
                Antonio Machado


Recuerdo a mi padre
sentado en su sillón de mimbre
con el perro Trotsky a su lado
lamiéndole la mano.

Lamentarse del dolor, jamás.
Guardaba silencio;
por todo lo que os he hecho sufrir, decía,
una y otra vez
que se lo preguntaras.
Nada, no duele nada, decía,
pasándose la mano por la cara,
queriendo borrar la huella de ese dolor,
del cansancio, que delataban
sus ojos y el gesto torcido de su boca
del asqueroso sabor a metal
que la radioterapia
dejaba en la boca de los enfermos.
Nada, no duele nada.

Mientras, Trotsky, a su lado
le lamía la mano.” (p. 42)


jueves, 10 de marzo de 2022

Emmanuel Carrère
LIMÓNOV (III)
Barcelona, 2013, Anagrama.



Pienso que Putin es un hombre de estado de gran talla y que su popularidad no sólo se debe a que la gente está descerebrada por los medios de comunicación a sus órdenes. Hay algo más. Putin repite en todos los tonos algo que los rusos tienen una necesidad absoluta de oír y que puede resumirse así: «No tenemos derecho a decir a ciento cincuenta millones de personas que setenta años de su vida, de la vida de sus padres y de sus abuelos, que aquello en lo que creyeron, por lo que se sacrificaron, el aire mismo que respiraban, que todo eso era una mierda. El comunismo ha hecho cosas horribles, de acuerdo, pero no era lo mismo que el nazismo. Esta equivalencia que los intelectuales occidentales exponen hoy como obvia es una ignominia. El comunismo era algo grande, heroico, hermoso, algo que confiaba en el hombre y que daba confianza en él. Había inocencia en aquella fe, y en el mundo despiadado que vino después cada cual la asocia confusamente con su infancia y con las cosas que te hacen llorar cuando respiras bocanadas de la infancia».
   Estoy totalmente seguro de que Putin era totalmente sincero al pronunciar esta frase que he destacado del libro. Estoy seguro de que le salía del fondo del corazón, porque todo el mundo tiene el suyo. Habla al corazón de todo el mundo en Rusia, empezando por Limónov, que, si estuviera en su lugar, diría y haría ciertamente todo lo que dice y hace Putin.” (p. 388)

[La frase a la que se refiere Carrère y que figura como especie de dedicatoria antes del prólogo es: El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que no lo eche de menos no tiene corazón.]


Emmanuel Carrère
LIMÓNOV (II)
Barcelona, 2013, Anagrama.



“Para la campaña electoral de 2000, publicaron un libro de entrevistas con Putin titulado En primera persona. Título probablemente elegido por algún comunicador, pero acertado. Podría aplicarse a toda la obra de Limónov y a una parte de la mía. Con respecto a Putin, no ha usurpado el título. Dicen que habla el lenguaje estereotipado de los políticos: no es cierto. Hace lo que dice, dice lo que hace, cuando miente lo hace con tanto descaro que no engaña a nadie. Si uno repasa su vida, tiene la perturbadora sensación de que es un doble de Eduard. Nació diez años más tarde en el mismo tipo de familia: padre suboficial, madre ama de casa, un montón de gente hacinada en una habitación de kommunalka. Niño enclenque y arisco, Putin creció en un entorno de culto a la patria, a la Gran Guerra Patriótica, al KGB y al miedo que inspira a los cojones blandos de Occidente. De adolescente, fue, según sus propias palabras, un pequeño maleante. Lo que le impidió convertirse en un golfo fue el judo, al que se entregó con tal intensidad que sus camaradas se acuerdan de los chillidos feroces que salían del gimnasio donde se entrenaba solo los domingos. Ingresó en los órganos por romanticismo, porque en ellos había hombres de élite que defendían a su patria, y se sentía orgulloso de que le hubieran aceptado. Desconfió de la perestroika, aborreció que unos masoquistas o agentes de la CIA se rasgaran las vestiduras por el gulag y los crímenes de Stalin, y no sólo vivió el fin del imperio como la catástrofe más grande del siglo XX, sino que todavía hoy lo afirma sin rodeos. En el caos de los primeros años noventa estaba en el bando de los perdedores, los engañados, y se vio obligado a conducir un taxi. Llegado al poder, le gusta, como a Eduard, que le fotografíen con el dorso desnudo, musculoso, en pantalón de faena, con un puñal de comando en el cinto. Al igual que Eduard, es frío y astuto, y sabe que el hombre es un lobo para el hombre, sólo cree en el derecho del más fuerte, en el relativismo absoluto de los valores, y prefiere inspirar miedo que sentirlo. Como Eduard, desprecia a los lloricas que consideran sagrada la vida humana. Ya puede la tripulación del submarino Kursk tardar ocho días en morir de asfixia en el fondo del mar de Barents, ya pueden las fuerzas especiales rusas gasear a ciento cincuenta rehenes en el Teatro Dubrovka y masacrar a trescientos cincuenta niños en la escuela de Beslán: Vladímir Valdímirovich comunica al pueblo noticias de su perra, que ha tenido cachorros. La camada está bien, se alimenta bien: hay que ver el lado bueno de las cosas.” (pp. 386-387)
[Eduard hace referencia a Eduard Limónov. La Gran Guerra Patriótica es la denominación rusa de la lucha contra la invasión nazi. Los kommunalka eran pisos compartidos por varias personas o familias.]

martes, 15 de febrero de 2022

Emmanuel Carrère
LIMÓNOV (I)
Barcelona, 2013, Anagrama.



“Existía la literatura oficial. Los ingenieros del alma, como Stalin había llamado un día a los escritores. Los realistas-socialistas, fieles a esta línea. La cohorte de los Shólojov, Fadiéiev, Símonov, con apartamentos, dachas, viajes al extranjero, acceso a las tiendas para las jerarquías del partido, obras completas encuadernadas, con tiradas de miles de ejemplares y coronadas por el Premio Lenin. Pero estos privilegiados no lo tenían todo. Lo que ganaban en confort y seguridad lo perdían en amor propio. En los tiempos heroicos de la construcción del socialismo, todavía podían creer en lo que escribían, estar orgullosos de lo que eran, pero en la época de Brézhnev, del estalinismo blando y la nomenklatura, estas ilusiones ya no eran posibles. Sabían bien que servían a un régimen podrido, que habían vendido su alma y que los demás lo sabían. Solzhenitsyn advirtió los remordimientos de todos ellos: uno de los aspectos más perniciosos del sistema soviético es que si no eras un mártir no podías ser honesto. No podías enorgullecerte de ti mismo. Si no estaban completamente embrutecidos o no eran unos cínicos, los escritores oficiales se avergonzaban de lo que hacían, de lo que eran. Se avergonzaban de escribir en Pravda grandes artículos denunciando a Pasternak en 1957, a Brodsky en 1964, a Siniavski y Dániel en 1966, a Solzhenitsyn en 1969, siendo así que en el secreto de su corazón les envidiaban. Sabían que eran ellos los grandes héroes de su tiempo, los grandes escritores rusos a los que el pueblo se acerca a preguntarles, como a Tolstói en el pasado: «¿Qué está bien? ¿Qué está mal?». Los más abúlicos suspiraban que si sólo hubiera dependido de ellos habrían seguido estos ejemplos apasionantes, pero claro, tenían familia, hijos que cursaban largos estudios, todas las excelentes razones para colaborar que tiene cada cual para no militar en las filas de la disidencia. Muchos se alcoholizaban, algunos como Fadiéiev se suicidaban.” (pp. 92-93)
Javier Marías
TOMÁS NEVINSON (II)
Barcelona, 2021, Alfaguara.


“-Las personas, los individuos, sí se cansan del odio. Pasa el tiempo, se les desdibuja la causa que lo originó y les cuesta seguir sintiéndolo con la intensidad del principio. Están solos con ello, y hay que ser muy disciplinado para azuzarse a uno mismo a diario. Antes o después se olvidan y se vuelven perezosos, pasivos. Las organizaciones no. No olvidan ni perdonan nada, porque siempre hay miembros que mantienen la llama viva mientras otros reposan y se desentienden o envejecen, y que la entregan a tiempo sin permitir que se apague. Lo mismo que algunas familias a sus vástagos, de generación en generación indefinidamente. Para eso se crean, por eso son tan difíciles de combatir y por eso perduran, a veces siglos para la desesperación del mundo. Cuanto más despersonalizado un grupo, menos reflexivo y más sordo y ciego, más granítico y más fanático. Hay algo religioso en todos ellos, heredan enemigos y veneraciones y creencias que jamás cuestiona nadie, esa es su fuerza. Una fuerza estúpida pero inmensa, porque la razón no le hace mella.” (pp. 134-135)
Lawrence M. Krauss
UN UNIVERSO DE LA NADA
Barcelona, 2013, Pasado y Presente.


“Por descontado, la razón de ser de los milagros son los actos sobrenaturales. A fin de cuentas, son precisamente lo que se salta las leyes de la naturaleza. Es de suponer que un dios capaz de crear las leyes de la naturaleza también se las puede saltar a voluntad. Aunque ¿por qué se las saltaban tan a menudo hace miles de años, antes de que se inventaran los modernos instrumentos de comunicación, que podrían haber dejado constancia del hecho, y sin embargo en la actualidad ya no ocurre así? Aún vale la pena seguir considerando esta cuestión.” (p. 178)

“La ciencia, simplemente, nos obliga a revisar qué es lo razonable para así acomodarnos al universo, y no al revés.” (p. 189)

“Sin ciencia, todo es un milagro. Con la ciencia, queda la posibilidad de que nada lo sea. La creencia religiosa, en este caso, se vuelve cada día menos necesaria y también menos relevante.“ (p. 227)

Javier Marías
TOMÁS NEVINSON (I)
Barcelona, 2021, Alfaguara.



“Tal vez sea eso mismo lo que lleva a algunos individuos a matar una y otra vez, porque sólo la ocupación en un nuevo crimen borra momentáneamente los anteriores, la plena dedicación, los cinco sentidos puestos en ello, los planes y la ejecución. Lo he pensado a menudo cuando he tratado de explicarme qué conduce a esas mujeres y hombres -muchos más hombres, desde luego- a la reincidencia innecesaria. Creo que la acumulación produce un efecto anestesiante, o acaso es narcotizante: para quienes conservan un rastro de conciencia, es más llevadero cargar con un montón de muertos que con uno o dos tan sólo, porque llega un momento en que esa conciencia no sabe atender a las cantidades enormes, su capacidad no es ilimitada, y se dispersa y se abruma y se desentiende. Quien hace que la gente muera como ganado no tiene tiempo para distinguirla ni para bajar persianas una a una, y así esa gente se le difumina, adquiere visos de irrealidad, pasa a ser número y carne, y cuanto más alto el número y más pesada la carne, más se entumece y se ve desbordado el sentimiento de culpa, y acaba desapareciendo al no dar abasto. Agregar y agregar, seguramente es la sola salida que les queda a los asesinos de masas, sean dictadores, terroristas, ministros que declaran guerras superfluas o generales que los aconsejan y azuzan.” (p. 68)

domingo, 12 de diciembre de 2021

 


Noam Chomsky
¿QUÉ CLASE DE CRIATURAS SOMOS? (II)
Barcelona, 2017, Ariel.
www.elboomerang.com



“De hecho, es prácticamente un dogma que la función del lenguaje es la comunicación. Una formulación típica de la idea es la siguiente: «es importante que en una comunidad de usuarios de una lengua las palabras se utilicen con el mismo significado. Si esta condición se cumple, se facilita la finalidad principal del lenguaje, que es la comunicación. Si uno no logra emplear las palabras con el significado que la mayoría de la gente les atribuye, no logrará comunicarse efectivamente con los demás. Así, se malograría la finalidad fundamental del lenguaje». 
   En primer lugar, resulta extraño pensar que el lenguaje tenga una finalidad. Las lenguas no son herramientas diseñadas por los humanos, sino objetos biológicos, como el sistema visual, inmune o digestivo. En ocasiones se dice que dichos órganos tienen funciones, que existen con algún fin. Sin embargo, esa idea también dista mucho de estar clara. Pensemos, por ejemplo, en la columna vertebral. ¿Su función es mantenernos derechos, proteger los nervios, generar glóbulos sanguíneos, almacenar calcio, o todo lo anterior? Preguntas parecidas se plantean cuando nos referimos a la función y el diseño del lenguaje. Aquí habitualmente se introducen factores evolutivos, pero éstos distan mucho de ser triviales; también por lo que respecta a la columna vertebral. En cuanto a la lengua, las diversas especulaciones sobre la evolución se dirigen habitualmente a los tipos de sistemas de comunicación que se encuentran en el reino animal, pero, de nuevo, se trata simplemente de un reflejo del dogma moderno y es probable que se trate de un callejón sin salida, por las razones que he mencionado y a las que volveré con posterioridad. 
   Además, incluso en la medida en que el lenguaje se utiliza para la comunicación, no hay necesidad de compartir los significados (o los sonidos, o las estructuras). La comunicación no es un tema de sí o no, sino de más o menos. Si las semejanzas no son suficientes, la comunicación falla hasta cierto punto, como en la vida. Incluso aunque al término comunicación se lo haya privado en gran medida de significado sustantivo y sea utilizado como un término general para referirnos a diversos tipos de interacción social, sigue siendo una parte secundaria del verdadero uso del lenguaje, por si vale la pena hacer esta observación. En definitiva, el dogma estándar carece de base y, llegados a este punto, existen pruebas significativas de que es simplemente falso. No cabe duda de que el lenguaje se utiliza en ocasiones para la comunicación, igual que la forma de vestir, la expresión facial, la postura y muchas otras cosas. Sin embargo, las propiedades fundamentales del diseño del lenguaje indican que una importante tradición está en lo cierto al considerar al lenguaje básicamente como un instrumento de pensamiento, aun cuando no lleguemos al extremo de Humboldt de identificarlos a ambos.” (pp. 39-41)

Andrea Andreu
PANZA DE BURRO (II)
Sevilla, 2021, Barrett.



“Aquel verano Isora y yo nos apuntamos a clases de informática en el centro cultural. Nos apuntamos porque queríamos hablar por el mésinye, la verdad. Por las tardes no había ni un huequito en los ordenadores porque los kinkis ya se los habían cogido todos toditos los sitios y casi no se podía entrar, porque por cada chico que usaba un ordenador había tres mirando detrás. Con las clases de informática podíamos usar los ordenadores todo el tiempo que queríamos. Eran por la mañanita temprano los martes y los jueves y no hacía falta ir todas las veces porque el maestro no se enfadaba si faltábamos. Las madres mandaban a los niños chicos a las clases de informática para que aprendiesen a usar los ordenadores y por eso en las clases de informática estábamos Isora y yo y todos los demás eran niños y niñas pequeños que no tenían ni cuenta de mésinye. Nosotras íbamos a las clases de informática al noveleo, la verdad. Solo hacíamos como que atendíamos al maestro pero no aprendíamos nada. El maestro era un hombre que siempre tenía la camisa botones azul marina manchada de sudor, el pobrecito siempre se estaba guisando de calor hiciera el tiempo que hiciera y rebuznaba como un burro, oin oin qué calufa, decía, oin oin qué calufote. El maestro del cíber escupía cuando hablaba, era un poco gordufo y le encantaba jugar al ajedrez y a las damas, a mí no me gustaba la gente que jugaba al ajedrez porque era un juego que no entendía y me hacía desconfiar.” (pp. 109-110)

Arthur Schopenhauer
EL ARTE DE HACERSE RESPETAR
Madrid, 2008, Alianza Editorial.


“Es connatural al hombre, como a los animales irracionales, responder a cualquier encuentro agresivo de manera agresiva, así como un perro gruñe cuando se le molesta, acaricia cuando es acariciado, etc. En ninguna parte del mundo la gente recibe con indiferencia los insultos o los golpes. Respondemos que no es esto lo que estamos pidiendo. Los insultos generan insultos aún mayores, y los golpes, golpes aún más fuertes; hasta ahí llega la naturaleza. Pero «a una bofetada se responde con una puñalada» es una superstición caballeresca y, en general, toda retribución semejante es asunto de la ira, no del honor y del deber, como se la ha querido etiquetar. El pueblo llano, fiel en esto a la naturaleza, se comporta del modo previamente descrito, por lo que —al menos en Alemania— el homicidio es mucho más raro entre el pueblo que entre los estamentos superiores; lo cual da mucho que pensar acerca del supuesto nivel cultural de estos últimos. En efecto, si no la ofuscara un falso principio del honor, una cultura del espíritu debería alejar al hombre —incluso cuando se lo hubiera provocado— no sólo de los insultos, sino también de los golpes; haciéndole ver que con ellos se estaría equiparando a la gente más ruin y tosca, y descendiendo a la arena de la naturaleza puramente animal.” (p. 97)
Noam Chomsky
¿QUÉ CLASE DE CRIATURAS SOMOS? (I)
Barcelona, 2017, Ariel.
www.elboomerang.com


“Durante milenios, los científicos se habían conformado con explicaciones sencillas a los fenómenos familiares: las rocas caen y el vapor se eleva porque buscan su lugar natural; los objetos interactúan debido a las simpatías y las antipatías; percibimos un triángulo porque su forma revolotea por el aire y se implanta en nuestro cerebro, etcétera. Cuando Galileo y otros científicos admitieron su perplejidad ante los fenómenos de la naturaleza, se inició la ciencia moderna, y rápidamente se descubrió que muchas de nuestras creencias carecen de sentido y que nuestras intuiciones son, a menudo, erróneas. La disposición a sentirse perplejo es una característica valiosa que hay que cultivar, desde la infancia hasta las investigaciones avanzadas.” (pp. 33-34) 
[Es necesario apuntar que la noción de “asombro” o “admiración” ante la realidad (thaumazein) fue planteada por Platón mucho antes que por Galileo. De hecho, Aristóteles ya recogía el concepto en su Metafísica.]
Andrea Andreu
PANZA DE BURRO (I)
Sevilla, 2021, Barrett.



“A cas Isora se comía puro revoltillo. Arroz amarillo con muslos en salsa con pescado salado con papas con güevos y papas con cebollas, reutilizados de las papas guisadas del día anterior, con rancho con potaje de berros con papas con carne, todo junto. A cas Isora se comía puro revoltillo, pero ese día no, ese día solo había potaje coles. La luz de la calle entraba por la ventanita de la cocina de Chela a través de una cortinita de cuadros blancos y rojos y cada tanto se escuchaba al Sinson que le ladraba a los coches que subían, uno cada mil años, por el barrio parriba. El potaje de coles ya estaba sobre la mesa echando humasera. A mí no me gustaba nada el potaje coles y menos si tenía gofio por encima. Pero a Isora le encantaba y si ella le echaba gofio por encima, yo también. A cas Chela no era igual que a cas abuela, había que comérselo todo, no se podía dejar ni lo más mínimo de una uña, había que raspar el fondillo del plato, y si dejábamos un poquito sin comer iba Chela detrás con la cuchara a empurrárnoslo por la boca padentro frío mismo como estaba y daba estampidos con la mano abierta sobre la mesa de tea que sonaban como un terremoto y decía de aquí no se mueve nadien hoy hasta que se coma esto y a mí ni me pernuncien. Chela siempre le ponía a Isora un plato más pequeño que el mío porque decía que Isora comía pol los ojos y que había que controlarla porque si no se le desbarajustaba el hambre. Isora se acabó el potaje rápido rápido, y luego empezó a mirarme a mí cómo me comía el mío. Yo tenía la cara toda regañada de comer esa pasta fría y amasucada en la que se había convertido el potaje después de echarle tanto y tanto gofio para que no supiese a nada, y tenía que beber agua todo el rato porque si no me enyugaba.” (pp. 103-104)


viernes, 12 de noviembre de 2021

Annie Ernaux
LA PLACE
Paris, 1983, Gallimard.



«Personne à Y..., dans les classes moyennes, commerçants du centre, employés de bureau, ne veut avoir l'air de «sortir de sa campagne». Faire paysan signifie qu'on n'est pas évolué, toujours en retard sur ce qui se fait, en vêtements, langage, allure. Anecdote qui plaisait beaucoup: un paysan, en visite chez son fils à la ville, s'assoit devant la machine à laver qui tourne, et reste là, pensif, à fixer le linge brassé derrière le hublot. A la fin, il se lève, hoche la tête et dit à sa belle-fille: «On dira ce qu'on voudra, la télévision c'est pas au point.»
(…)
    Lui et ma mère s'adressaient continnuellement la parole sur un ton de reproche, jusque dans le souci qu'ils avaient ľun de l'autre. «Mets ton cache-nez pour dehors!» ou «Reste donc assise un peu!», on aurait dit des injures. Ils chicanaient sans cesse pour savoir qui avait perdu la facture du limonadier, oublié ďéteindre dans la cave. Elle criait plus haut que lui parce que tout lui tapait sur le systéme, la livraison en retard, le casque trop chaud du coiffeur, les régles et les clients. Parfois: «Tu n'étais pas fait pour être commerçant» (comprendre: tu aurais dû rester ouvrier). Sous ľinsulte, sortant de son calme habituel: «CARNE! J'aurais mieux fait de te laisser où tu étais.» Échange hebdomadaire: Zero! — Cinglée!
    Triste individu! — Vieille garce!
    Etc. Sans aucune importance.
   On ne savait pas se parler entre nous autrement que ďune manière râleuse. Le ton poli réservé aux étrangers. Habitude si forte que, tâchant de s'exprimer comme il faut en compagnie de gens, mon pere retrouvait pour m'interdire de grimper au tas de cailloux un ton brusque, son accent et des invectives normandes, détruisant le bon effet qu'il voulait donner. Il n'avait pas appris à me gronder en distingué et je n'aurais pas cru à la menace d'une gifle proférée sous une forme correcte.”
(pp. 48-50)


“Nadie en Y,,,, de la clase media, comerciantes del centro, oficinistas, quería parecer «salido del campo». Parecer de pueblo significa no haber evolucionado, vivir siempre atrasado en todo lo que se hace, en la ropa, en el lenguaje, en la forma de moverse. Una anécdota que gustaba mucho: un campesino, de visita en casa de su hijo en la ciudad, se sienta delante de la lavadora en marcha, y permanece así, pensativo, observando agitarse la colada detrás de la puerta. Al final se levanta, sacude la cabeza y le dice a su nuera: «Se diga lo que se diga, la televisión todavía no está a punto.»
(…)
    Él y mi madre siempre se dirigían la palabra en tono de reproche, incluso cuando se preocupaban el uno por el otro. «¡Ponte la bufanda por fuera!» o «Quédate sentada un poco», parecían insultos. Discutían sin parar por saber quién había perdido la factura del proveedor de refrescos o quién había olvidado apagar la luz de la bodega. Ella gritaba más alto que porque todo le sacaba de quicio, el reparto con retraso, el secador demasiado caliente de la peluquería, el periodo y los clientes. A veces: «Tú no estàs hecho para ser comerciante» (entiéndase: deberías haber seguido siendo obrero). Bajo el insulto, saliendo de su calma habitual: ¡PILTRAFA! Mejor tendría que haberte dejado donde estabas. Intercambio semanal: ¡Nulidad!- ¡Chalada!
    ¡Canalla! - ¡Vieja pécora!
    Etc. Nada de importancia.
   Entre nosotros solo sabíamos hablar de manera gruñona. El tono educado quedaba para los de afuera. Este hábito era tan fuerte que, tratando de expresarse debidamente con la demás gente, si mi padre tenía que prohibirme trepar a un montón de piedras, recuperaba su tono brusco con sus acento y sus insultos normandos, destruyendo así el buen efecto que pretendía causar. Él no sabía reprenderme de manera cortés, y yo no me habría tomado en serio la amenaza de una bofetada proferida de forma correcta.”
[La traducción es mía.]


Ana Iris Simón
FERIA (II)
Madrid, 2021, Círculo de Tiza.


“En segundo de primaria, cuando tenía siete años e iba al Vicente Aleixandre, se nos coló un ratón en clase. Estábamos dando Inglés y de pronto cruzó el aula y todos empezamos a gritar y a saltar de la silla, incluida la pobre Isabel, nuestra profesora, que se subió a un pupitre. Cuando Marcial el conserje consiguió echar al ratón ya nos tocaba Lengua, y Rosa, nuestra tutora, que nos daba también Mates y Cono, nos mandó de deberes una redacción del incidente.
    Cuando llegué a casa y le conté a mi padre muy excitada y moviendo mucho las manos que se nos había colado un ratón en clase y que tenía que escribir una redacción sobre ello, él me dijo que si nosotros nos habíamos llevado un susto me imaginara el pánico que habría sentido él al ver a una veintena de humanos, incluida una profesora de inglés, saltando de sus sillas. Entonces me subí a mi cuarto y, aunque dudé un poco al principio, porque Rosa nos había dicho que escribiéramos cómo había sido para nosotros y no para el ratón aquello, empecé a escribir la historia desde su punto de vista, desde el punto de vista del roedor. Al día siguiente, cuando la leí en clase, mis compañeros me aplaudieron y gané un diccionario Vox con las tapas naranjas y un estuche, porque Rosa no nos lo había contado, pero había premio. Esa tarde, cuando llegué a casa y le conté a mi padre, de nuevo muy excitada y moviendo mucho las manos, que me habían aplaudido y que había ganado un diccionario Vox y un estuche, me respondió que muy bien, pero que no me hiciera la chulita.” (pp. 148-149)



 

Charles Willeford
GALLO DE PELEA (II)
Barcelona, 2015, Sajalín.



“Al joven giro le gustaba pelear con hombres y me picó en la muñeca antes de que pudiera agarrarlo bien por los muslos con la mano izquierda. En un momento lo tuve firmemente sujeto contra mi pierna, de modo que ya no pudo picarme más. Con torpeza, extendí sus patas sobre el tajo de fuera, y a continuación se las corté de un hachazo a la altura de los codos.
   Al reunirme con Omar en el reñidero, este puso los ojos castaños como platos hasta que parecieron dos ágatas bañadas en aceite.
  -¡Dios bendito, Frank! No esperarás que pelee sin patas, ¿verdad?
  Asentí y franqueé la valla del reñidero. Coloqué al giro sobre mi brazo izquierdo, sujetándole los muñones con la mano derecha, y adelanté la barbilla para indicar que comenzáramos a carear. Omar arrimó al cenizo y el giro le arrancó un puñado de plumas con el pico.
  Careamos a los gallos hasta que afluyó su arraigada combatividad natural, y entonces dejé al giro en el suelo y le quité a Omar el cenizo. El cenizo estaba impaciente por abalanzarse sobre su contrincante amputado, pero lo sujeté fuerte por la cola y no dejé que se le acercará más que a lo que alcanzaba el pico. Cuando el giro se removía hacia él, yo le hacía recular tirándole de la cola. Sin patas, el giro no tenía equilibrio ni impulso para volar, y aunque batía las alas con furia no lograba sostenerse erguido. Constantemente se daba de bruces, y, tras un rato de lucha corajuda, se rindió por completo. Dejé que el cenizo se le acercara, sujetándolo todavía por la cola. El giro picaba sin parar, aunque había renunciado a tratar de sostenerse con los muñones. Al fin solté al cenizo, que describió un arco corto en el aire y aterrizó, espoleando, en medio del dorso del giro. El cenizo, teniendo al gallo postrado y bien sujeto con el pico, lo pateaba metódicamente con las botanas lo bastante fuerte como para que los golpes produjeran sonidos secos. Aquella era la primera vez que veía al cenizo en acción. Pensé que Ed Middleton me había hecho un verdadero favor regalándome a ese guerrero que había estado convaleciente. Un gallo que espoleaba con la precisión mortífera de ese cenizo Middleton podía ganar muchas peleas en la arena.
  El giro estaba demasiado indefenso para repeler el ataque del cenizo, así que cogí el ave calzada con botanas y se la di a Omar para que la sujetara un momento. Me saqué la lata de gas para cargar mecheros del bolsillo trasero del pantalón y rocié con abundante líquido al giro Mellhorn. Encendí el mechero, se lo apliqué al gallo y su plumaje ardió en llamas aceitosas.
  Omar me devolvió al cenizo y lo solté contra el ave en llamas desde la marca en el lado opuesto de la arena. Avanzó con las alas tiesas hacia el giro postrado, alargando el pescuezo y con la cabeza gacha cerca del suelo. El fuego le desconcertaba y preocupaba, y le daba miedo tirar con las botanas. Sin embargo, el cenizo picó ferozmente la cabeza del giro, aunque estuviera en llamas, y en su primer picotazo logró arrancarle un ojo.
  El giro probó otra vez a incorporarse, batiendo las alas en llamas, pero sus esfuerzos vehementes solo lograban avivar el fuego. El hedor acre y ácido de las plumas abrasadas llenaba el aire. Al tiempo que agarraba la cola del cenizo con la mano derecha, me tapé la nariz con la izquierda. Las llamas se iban extinguiendo y el giro yacía cada vez más quieto. Las plumas chamuscadas salpicaban su cuerpo desnudo como cerillas usadas o clavillos, y por un momento creía que había muerto. Pero al dejar que el cenizo furioso estrechara la distancia que los separaba a ambos, el Mellhorn moribundo alzó la cabeza y dio un picotazo ciego en la dirección aproximada del cenizo que se acercaba. Con aquella última acometida, un picotazo débil que le obligó a despegar la cabeza del suelo apenas dos centímetros, murió.” (pp. 189-192)

[Gallo giro: cualquier gallo de pelea de tono oscuro y con plumas de color amarillo o plateado en la zona de su cuello y alas. (criadeaves.com)]



Ana Iris Simón
FERIA (I)
Madrid, 2021, Círculo de Tiza.



“Creo que si Hilario hubiera podido estudiar y no se hubiera tenido que poner a trabajar con diez años habría sido profesor, aunque la paciencia no fuera su mayor virtud. Maestro, habría sido maestro. (…) Y el día que murió, murió también buena parte de nuestra memoria, y mi padre me pidió que escribiera algo para leer en el cementerio porque a Hilario no se le podía dar misa, con todos los improperios que había lanzado no solo contra Dios, sino también contra «todos los santos en hilera» y en ocasiones incluso contra «la virgen puta», en la que también se cagaba si la ocasión lo merecía.
   En los Simones, y esa es otra de las enseñanzas que no se explicitan, la blasfemia tiene grados, según lo grave que sea aquello que lo provoca o lo envalentonado que esté uno: me cago en Dios, me cago en Dios y en Cristo a caballo, me cago en Dios y en todos los santos en hilera y me cago en Dios y en la virgen puta.” (p. 65)

Steven Weinberg
PLANTAR CARA (II)
Barcelona, 2003, Paidós.



“Con o sin la religión, la buena gente se puede comportar bien y la mala gente puede hacer el mal, pero para que la buena gente haga el mal, para eso se requiere la religión.
(…)
Estoy por completo a favor de un diálogo entre la ciencia y la religión, pero no de un diálogo constructivo. Uno de los grandes logros de la ciencia ha sido, si no hacer imposible para la gente inteligente ser religiosa, al menos hacer posible para ellos no ser religiosos. No debemos apartarnos de este logro.” (p. 242)

Charles Willeford
GALLO DE PELEA (I)
Barcelona, 2015, Sajalín.



“Tiene gracia. Uno puede hacerle una promesa a su Dios y romperla cinco minutos después sin pararse a pensar en ello nunca más. Uno puede faltar también a promesas solemnes hechas a su madre, esposa o ser más querido con un indolente encogimiento de hombros y, salvo por una punzada de mala conciencia leve y momentánea, tampoco preocuparse demasiado. Pero si alguna vez uno rompe una promesa consigo mismo, se desintegra. Toda su personalidad y carácter se hacen pedazos, y nunca vuelve a ser el mismo. ” (p. 93)

viernes, 24 de septiembre de 2021

Steven Weinberg
PLANTAR CARA (I)
Barcelona, 2003, Paidós.




"Nuestro trabajo. aunque estamos encantados si tiene alguna utilidad, no está dirigido en particular hacia la utilidad. Tampoco hemos elegido los problemas en los que estamos trabajando porque sean divertidos o matemáticamente interesantes. […] Pero eso no es todo lo que hay. Nosotros, y quiero decir la comunidad de físicos de partículas elementales y aquellos de las disciplinas relacionadas de la cosmología y la astrofísica, tenemos un objetivo histórico en mente. El objetivo es la formulación de unos pocos principios simples que expliquen por qué todo es como es. Éste ese el sueño de Newton, y es nuestro sueño." (p. 47)

“Pero aunque nuestros valores puedan ser sistemáticos, hemos de vivir con el hecho de que en el fondo, en nuestros postulados de valor, no respondemos a ningún imperativo cósmico, sino que más bien inventamos valores para nosotros mismos sobre la marcha.” (p. 58)
Irene Vallejo
EL INFINITO EN UN JUNCO
Madrid, 2021, Siruela.



“Mientras sostenía aquel delicado pergamino entre las manos enguantadas para no dañarlo, pensé en la crueldad. Igual que en nuestra época las crías de foca mueren a bastonazos sobre la nieve para que podamos arrebujarnos en cálidos abrigos de pieles, también los manuscritos más lujosos del medievo exigían considerables dosis de sadismo. Existieron ejemplares bellísimos fabricados con pieles de color blanco profundo y textura sedosa, llamadas «vitelas», que procedían de crías recién nacidas o incluso de embriones abortados en el seno de su madre. Imagino los gemidos de los animales y su sangre derramada durante siglos para que las palabras del pasado hayan llegado hasta nosotros. Detrás del exquisito trabajo del pergamino y la tinta se esconden, como hermanos gemelos rechazados, la piel herida y la sangre —la barbarie que acecha en los ángulos ciegos de la civilización—. Preferimos ignorar que el progreso y la belleza incluyen dolor y violencia. En consonancia con esa extraña contradicción humana, muchos de esos libros han servido para difundir por el mundo torrentes de palabras sabias sobre el amor, la bondad y la compasión.  
   Un gran manuscrito podía causar la muerte de un rebaño entero. De hecho, hoy no habría animales suficientes en el mundo para la descomunal matanza que exigirían nuestras publicaciones. Según los cálculos del historiador Peter Watson, si suponemos que cada piel ocupara un área de medio metro cuadrado, un libro de ciento cincuenta páginas exigiría el sacrificio de entre diez y doce animales. Otros expertos asignan cientos de pieles a un solo ejemplar de la biblia de Gutenberg. Producir copias en pergamino de una obra, que era la única forma de favorecer su supervivencia, suponía un gasto enorme, al alcance de muy pocos. No es extraño que poseer un libro, incluso un ejemplar corriente, fuera durante largo tiempo privilegio exclusivo de nobles y órdenes religiosas. En una biblia del siglo XIII, el escriba, agobiado por la escasez de material, anota al margen: «Oh, si el cielo fuera de pergamino y el mar fuera de tinta».” (p. 84-85)


Alan Isler
FE DE ERRATAS (III)
Madrid, 2003, Akal.


“Dios se ha convertido en un asunto un tanto bochornoso, un tigre de papel, un coco con el que asustar a los niños. Si hoy en día tenemos fe en algo, es en el mal universal, una fe dura, sólo para adultos. Miramos a nuestro alrededor y vemos un mundo infestado de maldad, un mundo en el que el poder es necesariamente corrupto y la humanidad se ve necesariamente degradada. Sabemos, además, que no hay nada que podamos hacer. La creencia en el mal universal nos libra de la desesperación. Una vez más, somos capaces de percibir un horizonte último de sentido en tanto que especie, y eso, después de todo, era lo que anhelábamos. Con la fe en el mal universal e ineluctable recuperamos parte de lo que la humanidad perdió con la desaparición del Dios del ámbito de nuestras vidas cotidianas. Ahora que somos adultos podemos reconocer que vivimos en la peor y más caótica de las épocas posibles, que todo se ha hecho añicos, que se ha esfumado toda coherencia, que el miedo y no el cielo gobierna nuestras vidas y que la esperanza es el más cruel de los numerosos escarnios que hemos venido a sufrir a este mundo. A veces pienso que las únicas palabras veraces del Nuevo Testamento son: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Los antiguos creían que la historia se dividía en cuatro Edades: Oro, Plata, Bronce y Hierro. El mundo lleva mucho tiempo en la Edad de Hierro, que además, como subrayó el poeta Donne «está oxidado». Lo que esta nueva fe nos ofrece es una certeza epistemológica, sentimos en lo más hondo de nuestro ser que estamos en lo cierto.” (p. 153)


 


Eduardo Haro Tecglen
EL NIÑO REPUBLICANO (II)
Madrid, 1996, Alfaguara.


“Con ciento dieciocho conflictos causando víctimas todos los días, con las páginas de sucesos repletas de resultados criminales de los odios personales —incluso los de la relación directa odio-amor— no podemos presumir de que nuestro tiempo sea diferente de ningún otro. Al revés, si hemos producido un gran movimiento de disolución de un odio antiguo que era intrínsecamente el de capitalismo y el comunismo pero externamente el de los buenos y los malos, el de los despiadados y de los inocentes, el de los justos y los injustos (visto desde el lado que se mirara, sustituyendo únicamente nombres propios o geográficos), nos las hemos arreglado para tener inmediatamente después un nuevo enemigo, también con nombre propio pero, al mismo tiempo, con la acusación de fanatismo, de naturaleza criminal, de civilización odiosa. Y antigua, naturalmente.

   Quizá, en efecto, sea necesario, y más antiguo que el amor; y vaya a durar más que el amor, que algunos dicen que se extingue en su relación con lo material. Un factor de progreso. Pero cuesta bastante admitirlo dentro de uno mismo. (…) Odios de familias, de razas, de personas; odio incluso mezclado al amor, sentimiento ambivalente por una persona que, al mismo tiempo que nos completa, nos aliena... Sabios, filósofos, psicólogos, no saben si es un instinto o algo aprendido; ni si es una fuerza que impulsa el progreso hacia adelante o, por el contrario, lo congela...” (pp. 335-336)

Alan Isler
FE DE ERRATAS (II)
Madrid, 2003, Akal.


“Los católicos –tal y como los protestantes bien saben en los abismos freudianos de sus entrañas– son los cristianos originales, los auténticos cristianos (si prescindimos de los fundadores judíos del siglo I, naturalmente). ¡Por el amor de Dios, durante un milenio y medio fueron los católicos los que manejaron el cotarro! De ahí que los protestantes siempre hayan matado a los católicos con inquietud, con una cierta sensación de traición mientras que los católicos matan protestantes con total confianza en su Señor.” (p. 71)
[Las cursivas pertenecen al texto.]

Eduardo Haro Tecglen
EL NIÑO REPUBLICANO (I)
Madrid, 1996, Alfaguara.




“Al verano se le está dando un valor de libertad. Es una idea nórdica, como la mayor parte de las que nos configuran hoy: el frío es una opresión para el cuerpo, una dictadura de la que nos libra periódicamente el verano. Se piensa mucho en el cuerpo, y es una de las características actuales de esta civilización nórdica, que no hace mucho creía en la libertad por el espíritu.  
   Basta con observar las formas de la belleza. Años atrás se buscaba la blancura, la transparencia de la piel, cuidada por tocados, velos y sombrillas; la fragilidad, la levedad física. Incluso se definía con ello una superioridad: la sangre azul era el signo de quienes dejaban trasparecer sus venas -tan azules como las de todo el mundo- como contraste frente a quienes tenían la piel espesa, rugosa y rojiza por el trabajo al aire libre. Se veraneaba en el norte, donde hubiera menos exposición al sol. Ahora se producen las migraciones al sur y el sol, hacia el bronceado y el deporte, hacia el clima libre. Los grandes grupos sociales que han conseguido, en un trabajo de siglos, huir del campo, la montaña y el mar, y construir ciudades y casas resguardadas, y lugares de reunión íntimos y cerrados, se lanzan al regreso hacia aquello de lo que huyeron sus antepasados. Se cambia de piel.” (p. 93)

Alan Isler
FE DE ERRATAS (I)
Madrid, 2003, Akal.


“Bastien y yo estábamos entreteniendo al grupo con historias de nuestro paso por el orfanato y de cómo experimentamos la crueldad de aquellas monjas en nuestras propias carnes. Y sin duda «crueldad» es la palabra que mejor describe su forma de ser, o tal vez «sadismo». Aquellas viejas amargadas castigaban brutalmente a los niños indefensos como si fuera una especie de contrapartida al erial en que se habían convertido sus propias vidas. Nos apaleaban sin piedad, nos humillaban ante nuestros compañeros, nos hacían pasar sed para que no mojásemos nuestras camas y nos tenían mal vestidos para que no olvidáramos los sufrimientos de Nuestro Salvador.
(…)
–Entraban por la noche en el dormitorio –dijo Bastien– y si te pillaban durmiendo con las manos en algún lugar que no fuera encima del pecho y bien cruzadas, te despertaban de un zarandeo y luego te pegaban en las palmas. Me acuerdo sobre todo de la hermana Angélique, la de la mancha en la piel y los ojos tristones, que empleaba una caña de bambú de un metro de largo y no paraba hasta que te sangraban las manos.
   Twombly, que era pálido y delgado y que, aunque todavía no era calvo, ya apuntaba una suerte de tonsura natural, frunció los labios y nos enseñó por un momento su perfecta dentadura americana.
–Al menos –dijo– aprendisteis pronto a mantener las manos alejadas de los genitales.
–Nosotros tal vez sí –dije yo– pero eso no mantuvo las manos del padre Damien alejadas de nuestros genitales.” (pp. 57-58)

jueves, 23 de septiembre de 2021

Pablo Palacio
DÉBORA y UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS
La Puebla de Cazalla, 2012, Barataria.



“Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.
   ¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
   Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!
   Así:


¡Chaj!

                { con un gran espacio sabroso. 

¡Chaj!

    Y después: ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!

    ¡Como batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

¡Chaj!
¡Chaj! { vertiginosamente,

¡Chaj!

    en tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las tinieblas.” (pp. 83-84)

[Las negritas y las llaves pertenecen al texto.]

viernes, 10 de septiembre de 2021

Amos Oz
UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD (III)
Madrid, 2002, Siruela.



“En Israel había entonces una discusión cargada de histeria sobre si el Estado debía o no reclamar y aceptar de Alemania indemnizaciones por la pérdida de los bienes de los judíos asesinados en la época de Hitler. Algunos estaban de acuerdo con David Ben Gurión en que no se podía permitir que los asesinos fueran además herederos, y consideraban justo que los bienes judíos usurpados por los alemanes volvieran íntegramente al Estado de Israel y se permitiera acoger a los supervivientes del exterminio. Por el contrario otros, con Menahen Begin, el líder de la oposición, a la cabeza, opinaban con dolor y rabia que era un crimen moral y una profanación a la memoria de los asesinados que el país de las víctimas fuera a vender a los alemanes un cómodo perdón a cambio de un beneficio económico impuro.” (p. 690)

Miguel Ángel Cabrera
DESPUÉS DEL ETNOCENTRISMO
Madrid, 2020, Postmetropolis.


“La adopción de un enfoque ontológico implica, asimismo, que se ha de abandonar la noción de creencia y, por tanto, que la tarea del análisis no consiste en tratar de comprender las creencias del otro como si estas remitieran a un mundo objetivo único. Según el giro ontológico, la subjetividad humana no es un conjunto de creencias sobre el mundo, sino el efecto de una forma de concebir este. Los seres humanos no simplemente tienen creencias sobre la realidad, sino también supuestos implícitos sobre cómo ésta es y funciona y, por consiguiente, no creen en algo, sino que creen que algo es. No simplemente creen, por ejemplo, que existe dios, la naturaleza humana y el progreso histórico, sino que consideran que estos son esencias constitutivas del mundo. O por ejemplo, los modernos no simplemente creen en los derechos humanos naturales, sino en que estos son inherentes al hecho de ser un humano (razón por la cual llegaron a creer en esos derechos). Dios, naturaleza humana, progreso histórico y derechos naturales son categorías ontológicas sin las cuales las respectivas creencias subjetivas no serían concebibles ni posibles. Por tanto, no existe tal cosa como creencias sobre el mundo que puedan ser tomadas como objeto de análisis. Lo único que puede ser objeto de análisis son los procesos de objetivación que subyacen a las creencias.” (p. 144) 



 

Amos Oz
UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD (II)
Madrid, 2002, Siruela.



“Mi madre llevaba una vida solitaria, casi siempre estaba encerrada en casa. Aparte de sus amigas Lilenka, Esterke y Fania Weissman, que habían coincidido con ella en el instituto Tarbut de Rovno, mi madre no encontró en Jerusalén ninguna razón de ser: los lugares santos y los famosos enclaves antiguos no le gustaban. Las sinagogas, las escuelas rabínicas, las iglesias, los monasterios y las mezquitas le parecían lugares casi idénticos, malolientes, con ese agrio olor corporal de hombres fanáticos que se lavan muy de vez en cuando. Hasta bajo una espesa nube de incienso, su sensible nariz captaba con repulsión los efluvios de los cuerpos sin lavar.
   Mi padre tampoco sentía ningún afecto por la religión: los sacerdotes de todas las confesiones le parecían algo dudosos, ignorantes, instigadores de antiguos odios, propagadores del miedo, falsificadores de sermones engañosos y derramadores de lágrimas de cocodrilo, mercaderes de falsos objetos sagrados, de aparentes antigüedades, de todo tipo de creencias banales y prejuicios. De alguna manera todos los «hombres santos» que vivían de la religión le hacían sospechar toda clase de engañosas maquinaciones. Solía citar con satisfacción a Heinrich Heine, que afirmó que tanto el rabino como el cura huelen mal (según la versión suavizada de mi padre: «¡Ninguno de ellos huele bien! ¡Y por supuesto tampoco el gran mufti musulmán Haj Amin, el amigo de los nazis!»” (pp. 362-363)

[Amin al-Husayni fue un destacado lider palestino, famoso por colaborar con Hitler durante la II Guerra Mundial.]
Ernest Gellner
CULTURA, IDENTIDAD Y POLÍTICA
Barcelona, 2019, Gedisa.



“El pasado es como un país extranjero; allí hacen las cosas diferentemente. Pero no es sólo como un país extranjero. Si uno lo piensa bien es también un país oculto e innacesible. Uno puede conocerlo sólo por las marcas que ha dejado en el presente. Pero ¿cómo sabe uno que esas marcas que esas marcas se relacionan realmente con el pasado? Para establecer que existe verdaderamente esa relación habría necesitaría tener uno ante sí tanto el pasado como sus marcas en el presente, a fin de poder verificar u congruencia. Pero, como debemos admitirlo, sólo tenemos las marcas en el presente. Como eso es todo cuanto tenemos, nunca podemos verificar realmente si la conexión es pertinente. El pasado es pues algo oculto e inaccesible para siempre.” (pp. 70-71)
[La frase inicial “El pasado es como un país extranjero; allí hacen las cosas diferentemente”, en inglés “The past is a foreign country: they do things differently there.”, es original de la novela The Go-Between, de L. P. Hartley. Las cursivas pertenecen al texto.]
Amos Oz
UNA HISTORIA DE AMOR Y OSCURIDAD (I)
Madrid, 2002, Siruela.


“Una vez el tío Yosef me dijo algo así: «Querido, seguro que en el colegio te enseñan a detestar a ese judío trágico y extraordinario, pero espero que no te enseñen a escupir cuando pases delante de su imagen o de su cruz. Querido, cuando crezcas, a pesar de lo que digan tus maestros, lee el Nuevo Testamento y te darás cuenta de que ese hombre era carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, una especie de tzadik o de 'taumaturgo', era un soñador carente de cualquier conciencia política, pero a pesar de todo tendrá un lugar en el panteón de los grandes de Israel, junto a Baruch Spinoza, quien también fue anatemizado y también merece que le retiremos el anatema: y desde aquí, desde la Jerusalén renovada, debemos alzar a voz y decirles a Jesús y a Baruch Spinoza: '¡Eres nuestro hermano, eres nuestro hermano!'. Y debes saber que los acusadores no son más que judíos del pasado, cortos de miras y con escasa inteligencia, como topos en sus madrigueras. Y tú, cariño, para no ser como ellos debes leer buenos libros, ¡lee y sigue leyendo!»” (p. 95)