martes, 26 de agosto de 2025

Pío Baroja
ZALACAÍN EL AVENTURERO (I)
Madrid, 1995, Espasa Calpe.

 

“Martín se colocó entre el público. El espectáculo que ofrecía el domador de fieras era realmente repulsivo.
   Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas, había diez o doce perros flacos y sarnosos. El domador hizo restallar el látigo, y todos los perros a una comenzaron a ladrar y a aullar furiosamente. Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con la cabeza protegida por una cubierta de cuero.
   El domador obligó a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar con el palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta. Luego soltó un perro que se lanzó sobre el oso, y después de un momento de lucha se le colgó de la piel. Tras de éste soltó otro perro y luego otro y otro, con lo cual el público sé comenzó a cansar.
   A Martín no le pareció bien, porque el pobre oso estaba sin defensa alguna. Los perros se echaban con tal furia sobre el oso, que, para obligarles a soltar la presa, el domador o el viejo tenían que morderles la cola. A Martín no le agradó el espectáculo y dijo en voz alta, y algunos fueron de su opinión, que el oso atado no podía defenderse.
   Después todavía martirizaron más a la pobre bestia. El domador era un verdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el oso babeaba y gemía con unos gemidos ahogados.
— ¡Basta! ¡Basta! — gritó un indiano que había estado en California.
— Porque tiene el oso atado hace eso — dijo Martín— , si no, no lo haría.
   El domador se fijó en el muchacho y le lanzó una mirada de odio.” (pp. 79-80)