viernes, 17 de octubre de 2025

Mircea Cărtărescu
LAS BELLAS EXTRANJERAS (IV)
Madrid, 2013, Impedimenta.

 

“El arte es un entorno sofocante desde muchos puntos de vista: la aterradora competitividad, el enfrentamiento consigo mismo. Con el público, con tus compañeros de profesión y con la crítica -el arte es la guerra en la que estás solo contra todos-, la necesidad inhumana de progresar continuamente, de sobrevivir continuamente ante tus propios ojos. Todo esto es suficiente para arrastrarte a la autodestrucción. El artista es una cinta de Moebius en la que por un lado desfila la cultura, la civilización, la educación superior, la humanidad omnicomprensiva y omnicompasiva y, por el otro, el sufrimiento, la locura, las tendencias destructivas y autodestructivas. Las dos caras discurren juntas, nadie las puede separar.” (pp. 174-175)



Albert Einstein y Sigmund Freud
¿POR QUÉ LA GUERRA? (II)
Barcelona, 2008, Editorial Minúscula. 

 

“Yo creo lo siguiente: desde tiempos inmemoriales se desarrolla en la humanidad el proceso de la evolución cultural. (Ya sé que otros prefieren denominarlo «civilización»). A este proceso debemos lo mejor que hemos alcanzado, y también buena parte de lo que ocasiona nuestros sufrimientos. Sus causas y orígenes son oscuros; su resultado, dudoso; algunos de sus rasgos, fácilmente apreciables. Quizá lleve a la desaparición de la especie humana, pues inhibe la función sexual en más de un sentido, y en la actualidad las razas incultas y las capas atrasadas de la población ya se reproducen más rápidamente que las de cultura elevada. Quizá este proceso sea comparable a la domesticación de ciertas especies animales. Sin duda conlleva modificaciones físicas, pero aún no podemos familiarizarnos con la idea de que esta evolución cultural es un proceso orgánico. Las modificaciones psíquicas que acompañan la evolución cultural son notables e inequívocas. Consisten en un progresivo desplazamiento de los fines pulsionales y en una creciente limitación de las tendencias pulsionales. Sensaciones que eran placenteras para nuestros antepasados nos resultan indiferentes o aun desagradables; el hecho de que nuestras exigencias éticas y estéticas ideales se hayan modificado tiene un fundamento orgánico. Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen ser los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que comienza a dominar la vida pulsional, y la interiorización de las tendencias agresivas, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien: la guerra niega de la forma más violenta actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso cultural, y por eso nos eso nos alzamos contra la guerra: simplemente, ya no la soportamos, y no se trata aquí de una aversión intelectual y afectiva, sino de que en nosotros, los pacifistas, se agita una intolerancia constitucional, por así decirlo, una idiosincrasia magnificada. Y parecería que la degradación estética implícita en la guerra no contribuye menos a nuestra rebelión que sus crueldades.
   ¿Cuánto deberemos esperar hasta que también los demás se tornen pacifistas? Es difícil decirlo, pero quizá la esperanza de que la influencia de estos dos factores -la actitud cultural y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura- pongan fin a los conflictos bélicos en el curso de un plazo limitado no sea utópica. No es posible adivinar por qué caminos o rodeos se logrará este fin. Por ahora sólo podemos decirnos: todo lo que impulsa la evolución cultural actúa contra la guerra.” (pp. 92-94)

[El texto pertenece a la carta que Freud dirigió a Einstein en septiembre de 1932.]

 


Albert Einstein y Sigmund Freud
¿POR QUÉ LA GUERRA? (I)
Barcelona, 2008, Editorial Minúscula.

 

“¿Cómo es posible que la citada minoría pueda poner a las masas al servicio de sus deseos, si éstas, en el caso de una guerra, sólo obtendrán sufrimiento y pérdidas? (Cuando me refiero a las masas, no excluyo a aquellos que, en calidad de soldados de cualquier graduación, han hecho de la guerra su oficio, con la convicción de que sirven a la defensa de los bienes más preciados de su pueblo y de que, a veces, la mejor defensa es el ataque). Aquí la respuesta más indicada es: la minoría de los dominantes tiene sobre todo la escuela, la prensa y casi siempre también las organizaciones religiosas bajo su control. Con estos medios, domina y dirige los sentimientos de las masas, al tiempo que los convierte en sus instrumentos.
   Pero tampoco esta respuesta ofrece una solución completa, ya que puede plantearse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que las masas se dejen enardecer hasta llegar al delirio y la autodestrucción por medio de los recursos mencionados? La respuesta sólo puede ser: en los seres humanos anida la necesidad de odiar y de destruir. Esta predisposición permanece latente en las épocas en las que impera la normalidad y se manifiesta sólo en circunstancias excepcionales; puede, sin embargo, ser fácilmente despertada e intensificada hasta alcanzar la psicosis colectiva.
(…)
   Todo esto nos lleva a una última pregunta: ¿Es posible dirigir el desarrollo psíquico de los seres humanos de tal manera que estos se vuelvan más resistentes a la psicosis del odio y de la destrucción? De ninguna manera pienso aquí sólo en las llamadas masas incultas. De acuerdo con mi experiencia, son sobre todo los denominados intelectuales los que sucumben con mayor facilidad a las funestas sugestiones colectivas, puesto que no acostumbran tener un contacto directo con la realidad, sino que la experimentan por medio de su forma más cómoda y cabal, la del papel impreso.” (pp. 67-68)

[El texto pertenece a la carta que Einstein dirigió a Freud en julio de 1932.]

Mircea Cărtărescu
LAS BELLAS EXTRANJERAS (III)
Madrid, 2013, Impedimenta. 

 

“En el mundillo literario no importa quién seas o qué hagas, sino la forma en que apareces a ojos de los demás. Pero esta imagen, la mayoría de las veces grotesca, siempre falsa y ciertamente simplista, te la fabrican, minuciosamente, tus amigos y tus adversarios, a lo largo de una vida de convivencia. Los mediocres son los grandes vencedores en el capítulo de la imagen. Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales. Por ese motivo, puesto que tienes también que alabar y no solo criticar si no quieres perder tu credibilidad, los alabados son elegidos con gran cuidado entre los inofensivos, entre los tiernos fabricantes de «sofisticados destellos lingüísticos», como decía Salinger, mientras que los verdaderamente buenos están rodeados por el famoso cordón sanitario: o bien no se habla sobre ellos en absoluto, o bien se habla mucho, pero a sus espaldas (que, como decía aquel: yo soy un hombre de una pieza, lo que tengo que decir lo digo a la espalda…), o bien se les somete —para que se les bajen los humos— a un encarnizado tiroteo de insultos tan pronto como uno los ve en el objetivo. ” (pp. 111-112)

Eduardo Martínez de Pisón
LA TIERRA DE JULES VERNE (III)
Madrid, 2024, Fórcola.

 

“El autor de este ensayo se ha detenido gustoso en los cuadros de la naturaleza descritos por Verne, ha asistido paciente (o palpitante) al desenlace de las peripecias de los personajes, ha estado presente en las erupciones de volcanes que no existen y bajado ríos interminables entre caimanes de papel. Tras recorrido tan extenso, cientos de páginas no equivalentes a kilómetros, cree haber viajado por un mundo a la vez real y paralelo (la vuelta al mundo en ochenta novelas, decíamos en la introducción) y, al final, es como si hubiera regresado de una expedición compuesta por incontables expediciones encadenadas. Tengo aún presentes el aroma del trópico, el viento austral, el horizonte ocre del Sahara, el esmeralda profundo del corazón de la selva, la ventisca ártica, toda una geografía escrita sobre un planeta que existe en el sistema solar y sobre todo en la invención que los hombres somos capaces de regalarnos, pero en el que también me reconozco. Soy, claro está, de esta Tierra tangible, pero también me siento parte del fantástico planeta Verne, porque no sólo de territorio duro está hecho el hombre.” (pp. 381-382)

viernes, 3 de octubre de 2025

Mircea Cărtărescu
LAS BELLAS EXTRANJERAS (II)
Madrid, 2013, Impedimenta.

 

“Oh, París. París es París. En verano huele a pis. En invierno es sombrío y plomizo. El famoso metro es el más eficiente y el más accesible del mundo, pero es más feo que un dolor. ¿Y qué más da? Nosotros, los rumanos, tenemos París tan grabado en las circunvoluciones del cerebro como el sol en los pétalos y en el cogollo del girasol. Antes se vendían latas de «Air de Paris». Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero.” (p. 96)

Eduardo Martínez de Pisón
LA TIERRA DE JULES VERNE (II)
Madrid, 2024, Fórcola.


“¿Cómo y cuándo se fraguó la fama del Teide como la mayor montaña del mundo? Probablemente en fecha muy antigua, no precisable, entre los navegantes que veían sobresalir su cima de las nubes desde cierta lejanía. Puede reposar en as leyendas clásicas del Atlante que soportaba la bóveda celeste, materializado en la alejada y elevada montaña insular. Atlas, el titán vencido, penaba sosteniendo eternamente el pilar que separa cielo y tierra, hasta donde las nubes envuelven el lugar en que se alternan la noche y el día, y se transformó en piedra, a la vista de la cabeza de medusa. Esa montaña es el Teide, afirmaba Viera y Clavijo en 1776, es la «columna del cielo» de Heródoto, el monte en los mares lejanos llamado Atlante, «alto, rotundo y tan eminente que no se puede divisar bien su cumbre», y también el de Virgilio o Mela. Y además, en esta corriente, puede emparentarse con la montaña ideal en la que Dante se inspiraría a principios del siglo XIV para situar su Purgatorio poético, sobresaliendo en el océano bien llamado Atlántico: «El monte -escribía el poeta- que al cielo más se eleva de las aguas».” (p. 170)
[José Viera y Clavijo fue un prolífico escritor canario, autor, entre otras obras, del Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias. El Mela citado es Pomponio Mela, geógrafo romano del siglo I d. C.]

Mircea Cărtărescu
LAS BELLAS EXTRANJERAS (I)
Madrid, 2013, Impedimenta.


“¡Qué ciudad tan estupenda, Viena! Estuvimos allí un año pero nos habríamos quedado para siempre. Vivíamos en el distrito 17 y por las tardes olía maravillosamente a cacao, pues a un paso de nuestra casa estaban los antiguos edificios de la fábrica de dulces Manner, que elaboraba, desde hacía doscientos años, las más famosas, las más ligeras y más crujientes galletas que puedas imaginar, envueltas en papel de estaño rosado como los ocasos vieneses. En cuanto a los austriacos, ni rastro de ellos hasta donde alcanzaba la vista. En los parques infantiles -cuyos suelos estaban moteados por las cortezas de los árboles-, se arremolinaban mujeres árabes con velo, turcas corpulentas, búlgaras y serbias, montenegrinas y albanesas que gritaban todo el día a sus retoños, mientras los padres y los abuelos se apretujaban en los bancos, con los narguiles y los tableros de tablas reales, dejando a su alrededor montones de cáscaras de pipas.” (p. 68)

Juan José Saer
LA GRANDE (IV)
Barcelona, 2008, RBA.

 

“Durante buena parte de su juventud, Marcos fue comunista, pero gradualmente se fue alejando del partido, para romper en forma definitiva en los años de la dictadura. Pertenecía a esa especie de hombres que habían querido cambiar el mundo, hasta comprender que el mundo cambiaba por sí solo y vertiginosamente, pero en sentido opuesto al que ellos aspiraban, e incluso en direcciones inesperadas y extrañas, y entonces, sin candidez ni cinismo, trataban de salvar lo que quedaba de aceptable, aun si esa actitud a veces los podía hacer pasar por anticuados e incluso por conservadores -en todo caso ante los que, al mismo tiempo que se servían sin escrúpulos la porción más grande del queso, se autodefinían como modernos.” (p. 439)

 


Eduardo Martínez de Pisón
LA TIERRA DE JULES VERNE (I)
Madrid, 2024, Fórcola.



“Cierro este apartado con una experiencia personal del extraordinario mundo austral. Llevábamos más de un mes en las Shetland del Sur y no habíamos visto el sol ni un minuto, pues una borrasca había sucedido a otra día tras día. La tarde anterior a nuestra marcha de la Base Antártica subí a un peñasco desde donde se veía la bahía entera. Cuando, tras despedirme del paisaje, iba ya a a retirarme, se abrió una nube en el horizonte y un rayo verde que duró un instante cruzó el panorama de lado a lado e iluminó con un destello que parecía de otro mundo la pared de hielo del glaciar. Fue el modo de la Isla de Livingston de decirme también adiós.” (p. 109)
[La isla de Livingston pertenece, obviamente, a las Shetland del Sur. Me resulta dudosa la mayúscula en la palabra Isla.]