Albert Einstein y Sigmund Freud
¿POR QUÉ LA GUERRA? (II)
Barcelona, 2008, Editorial Minúscula.
“Yo creo lo siguiente: desde tiempos inmemoriales se desarrolla en la humanidad el proceso de la evolución cultural. (Ya sé que otros prefieren denominarlo «civilización»). A este proceso debemos lo mejor que hemos alcanzado, y también buena parte de lo que ocasiona nuestros sufrimientos. Sus causas y orígenes son oscuros; su resultado, dudoso; algunos de sus rasgos, fácilmente apreciables. Quizá lleve a la desaparición de la especie humana, pues inhibe la función sexual en más de un sentido, y en la actualidad las razas incultas y las capas atrasadas de la población ya se reproducen más rápidamente que las de cultura elevada. Quizá este proceso sea comparable a la domesticación de ciertas especies animales. Sin duda conlleva modificaciones físicas, pero aún no podemos familiarizarnos con la idea de que esta evolución cultural es un proceso orgánico. Las modificaciones psíquicas que acompañan la evolución cultural son notables e inequívocas. Consisten en un progresivo desplazamiento de los fines pulsionales y en una creciente limitación de las tendencias pulsionales. Sensaciones que eran placenteras para nuestros antepasados nos resultan indiferentes o aun desagradables; el hecho de que nuestras exigencias éticas y estéticas ideales se hayan modificado tiene un fundamento orgánico. Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen ser los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que comienza a dominar la vida pulsional, y la interiorización de las tendencias agresivas, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien: la guerra niega de la forma más violenta actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso cultural, y por eso nos eso nos alzamos contra la guerra: simplemente, ya no la soportamos, y no se trata aquí de una aversión intelectual y afectiva, sino de que en nosotros, los pacifistas, se agita una intolerancia constitucional, por así decirlo, una idiosincrasia magnificada. Y parecería que la degradación estética implícita en la guerra no contribuye menos a nuestra rebelión que sus crueldades.
¿Cuánto deberemos esperar hasta que también los demás se tornen pacifistas? Es difícil decirlo, pero quizá la esperanza de que la influencia de estos dos factores -la actitud cultural y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura- pongan fin a los conflictos bélicos en el curso de un plazo limitado no sea utópica. No es posible adivinar por qué caminos o rodeos se logrará este fin. Por ahora sólo podemos decirnos: todo lo que impulsa la evolución cultural actúa contra la guerra.” (pp. 92-94)
[El texto pertenece a la carta que Freud dirigió a Einstein en septiembre de 1932.]