viernes, 17 de octubre de 2025

Albert Einstein y Sigmund Freud
¿POR QUÉ LA GUERRA? (I)
Barcelona, 2008, Editorial Minúscula.

 

“¿Cómo es posible que la citada minoría pueda poner a las masas al servicio de sus deseos, si éstas, en el caso de una guerra, sólo obtendrán sufrimiento y pérdidas? (Cuando me refiero a las masas, no excluyo a aquellos que, en calidad de soldados de cualquier graduación, han hecho de la guerra su oficio, con la convicción de que sirven a la defensa de los bienes más preciados de su pueblo y de que, a veces, la mejor defensa es el ataque). Aquí la respuesta más indicada es: la minoría de los dominantes tiene sobre todo la escuela, la prensa y casi siempre también las organizaciones religiosas bajo su control. Con estos medios, domina y dirige los sentimientos de las masas, al tiempo que los convierte en sus instrumentos.
   Pero tampoco esta respuesta ofrece una solución completa, ya que puede plantearse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que las masas se dejen enardecer hasta llegar al delirio y la autodestrucción por medio de los recursos mencionados? La respuesta sólo puede ser: en los seres humanos anida la necesidad de odiar y de destruir. Esta predisposición permanece latente en las épocas en las que impera la normalidad y se manifiesta sólo en circunstancias excepcionales; puede, sin embargo, ser fácilmente despertada e intensificada hasta alcanzar la psicosis colectiva.
(…)
   Todo esto nos lleva a una última pregunta: ¿Es posible dirigir el desarrollo psíquico de los seres humanos de tal manera que estos se vuelvan más resistentes a la psicosis del odio y de la destrucción? De ninguna manera pienso aquí sólo en las llamadas masas incultas. De acuerdo con mi experiencia, son sobre todo los denominados intelectuales los que sucumben con mayor facilidad a las funestas sugestiones colectivas, puesto que no acostumbran tener un contacto directo con la realidad, sino que la experimentan por medio de su forma más cómoda y cabal, la del papel impreso.” (pp. 67-68)

[El texto pertenece a la carta que Einstein dirigió a Freud en julio de 1932.]