Mircea Cărtărescu
LAS BELLAS EXTRANJERAS (I)
Madrid, 2013, Impedimenta.
“¡Qué ciudad tan estupenda, Viena! Estuvimos allí un año pero nos habríamos quedado para siempre. Vivíamos en el distrito 17 y por las tardes olía maravillosamente a cacao, pues a un paso de nuestra casa estaban los antiguos edificios de la fábrica de dulces Manner, que elaboraba, desde hacía doscientos años, las más famosas, las más ligeras y más crujientes galletas que puedas imaginar, envueltas en papel de estaño rosado como los ocasos vieneses. En cuanto a los austriacos, ni rastro de ellos hasta donde alcanzaba la vista. En los parques infantiles -cuyos suelos estaban moteados por las cortezas de los árboles-, se arremolinaban mujeres árabes con velo, turcas corpulentas, búlgaras y serbias, montenegrinas y albanesas que gritaban todo el día a sus retoños, mientras los padres y los abuelos se apretujaban en los bancos, con los narguiles y los tableros de tablas reales, dejando a su alrededor montones de cáscaras de pipas.” (p. 68)