viernes, 19 de abril de 2019


Qiu Xiaolong
EL ENIGMA DE CHINA
Barcelona, 2014, Tusquets.



“La entrada del blog se titulaba a LOS CRIADORES DE CERDOS NO COMEN CARNE DE CERDO, y revelaba el hecho alarmante de que la mayoría de los cerdos eran alimentados con el mal llamado «pienso compuesto». En realidad, se trataba de un pienso adulterado con aditivos, entre los que había hormonas para que los cerdos crecieran más deprisa, somníferos para que durmieran todo el día y aumentaran de peso más rápidamente y arsénico para que adquirieran un color rosado y saludable. Entre los diversos aditivos empleados, uno de los compuestos químicos más habituales era la esencia de carne magra a base de ractopamina o clenbuterol, con la que los criadores podían producir más carne magra y reducir la cantidad de pienso a un tiempo. A los criadores de cerdos no les importaban las consecuencias que estos aditivos pudieran tener para los consumidores. Sin embargo, para consumo propio criaban uno o dos cerdos alimentados con piensos naturales.
(…)
Por otra parte, había oído que los altos cargos del Partido contaban con un suministro secreto de carne de cerdo, así como de otros animales criados en granjas especiales orgánicas. Dicha carne podía ser cara, pero la pagaba el Gobierno.
(…)
Y el problema no se limitaba a la carne de cerdo tóxica, pensó Peiqin mientras se levantaba para servirse una taza de té. Las verduras estaban rociadas con DDT, el pescado era criado en agua contaminada, e incluso se decía que las hojas de té —al menos algunas— estaban pintadas de verde. No pudo evitar mirar con recelo el contenido de su taza.
—¿Qué está pasando en China?” (pp. 39-40)


Elmore Leonard
CIUDAD SALVAJE
Barcelona, 1989, Círculo de Lectores.



“Una vez a Clement le arrolló un tren y sobrevivió. Fue un mercancías de treinta y seis vagones de Cheasapeaked & Ohio, con dos máquinas y un furgón de cola.
   Clement estaba con una chica. Estaban parados en un paso a nivel en Redford Township a eso de las once de la noche, con los discos rojos encendidos y bajada la barrera a rayas, cuando Clement se bajó del coche y se puso en medio de la vía, de espaldas al foco de la locomotora, que avanzaba a setenta kilómetros por hora en su dirección. Sí, estaba un poco borracho, pero no demasiado. Pensaba quitarse de en medio en el último segundo, de espaldas al tren que se aproximaba, pero entonces vio a través del parabrisas los ojos de la chica, a punto de salirse de sus órbitas. En vez de saltar fuera de las vías, Clement cambió de opinión y se tumbó entre los dos raíles. El maquinista le vio y pisó a fondo el freno de emergencia, pero no a tiempo. Veintiún vagones pasaron por encima de Clement antes de que el tren se detuviera y él saliera a rastras de debajo del que hacía el número veintiuno. El maquinista, Harold Howell,de Grand Rapids, dijo: «No tenía ninguna excusa para hacerlo». Clement fue conducido al hospital Garden City, donde le trataron contusiones en la espalda y le dieron de alta. Interrogado por la policía de Redford Township, Clement dijo: «¿He violado alguna ley? Enséñeme dónde dice que no me puedo tumbar en una vía delante de un tren».” (p. 54)
Gabriel Chevallier
EL MIEDO (III)
Barcelona, 2009, Acantilado. 
 

“Los soldados hablan con naturalidad de estas cosas, sin aprobarlas o censurarlas, porque la guerra los ha habituado a encontrar natural lo que es monstruoso. A su modo de ver, la suprema injusticia es que se disponga de su vida sin consultarles, que se les haya que se designaba a los soldados de infantería. Fue usada durantela guerra por los traído aquí con mentiras. Esta injusticia legalizada vuelve caducas todas las morales y consideran que las convenciones promulgadas por la gente de la retaguardia, en lo relativo al honor, al valor, a la belleza de una actitud, no pueden concernirles a ellos, gente de la vanguardia. La zona de los obuses tiene sus propias leyes, de las que son sus únicos jueces. Declaran sin vergüenza: «¡Estamos aquí porque no podemos evitarlo!». Sienten que son la mano de obra de la guerra, y saben que los beneficios sólo aprovechan al patrón. Los dividendos irán a parar a los generales, a los políticos, a los industriales. Los héroes regresarán al arado y al banco de carpintero, pordioseros como antes. Este término de héroe les provoca una risa amarga. Se llaman entre sí buenos hombres, es decir, pobres tipos, ni belicosos ni agresivos, que avanzan, matan, sin saber por qué. Los buenos hombres, es decir, la lamentable, enfangada, gemebunda y sangrante hermandad de los PCDF, como ellos se designan tan irónicamente. En fin, carne de cañón. En fin, carne de cañón. «Aspirante a fiambre», como dice Chassignole.” (pp. 198-199)
[PCDF: Abreviatura de pauvre couillon/con du front (‘pobre gilipollas del frente’), con la propios combatientes, y denunciaba implícitamente a los enchufados que conseguían escapar del frente y del peligro.] La nota aclaratoria pertenece al propio texto.

John Connolly
MÁS ALLÁ DEL ESPEJO
Barcelona, 2014, Tusquets.



“En cierto modo era un milagro que hubiesen seguido juntos. Como policía y como investigador privado había visto cómo se desintegraban matrimonios bajo el peso del dolor. La gente habla de la pena compartida, pero a menudo la muerte de un niño no afecta por igual al padre y a la madre. Aunque se experimenta de forma simultánea, la aflicción es de una individualidad insidiosa. Las parejas se ahogan en ella, se hunden bajo su superficie incapaces de tenderse la mano y tocarse, sin poder buscar consuelo en el amor mutuo que sienten, o en su día sintieron. Resulta especialmente atroz para quienes pierden a un hijo único. El gran lazo entre ellos se rompe, y en algunos casos sencillamente se dejan arrastrar por la soledad y el aislamiento.” (p. 30)
Gabriel Chevallier
EL MIEDO (II)
Barcelona, 2009, Acantilado.



“Finalmente, nos lanzamos hacia delante. Tras el monte Saint-Éloi, el campo de batalla, invadido por la bruma y las humaredas, descendía delante de nosotros en suave pendiente. Distinguíanse a lo lejos unas llamaradas rojas, y se oía un ruido terrible, punteado por las diabólicas ametralladoras. Era allí adonde nos dirigíamos, inquietos y silenciosos. El ver a los heridos nos puso más sombríos todavía. Estaban cubiertos de lodo, sin el equipo, como fugitivos, muy pálidos, y nosotros percibíamos en sus miradas ese atisbo de locura que era resultado de haber vislumbrado la muerte. Se retiraban en grupos gemebundos, apoyándose los unos en los otros, y no podíamos apartar la vista de la mancha blanca de los apósitos, con partes sucias de sangre. La sangre seguía goteando de ellos, señalaba su paso. Luego pasaron unas camillas silenciosas, de las que pendían unas manos pálidas y crispadas. Cuatro enfermeros transportaban a hombros a un pobre desgraciado que había perdido un brazo, que mostraba los músculos al vivo, deshilachados. Lanzaba unos gritos espantosos, con la cara vuelta al cielo cubierto, como para avergonzar a Dios.” (pp. 73-74)

“—¡Dartemont, la Patria!
—¿La Patria? Una palabra más que usted, a distancia, rodea de un cierto halo de ideal. ¿Quiere reflexionar sobre lo que es la patria? Pues ni más ni menos que una junta de accionistas, una forma de propiedad, espíritu burgués y vanidad. Piense en el número de individuos que se niega usted a frecuentar en su patria, y verá que los vínculos son muy convencionales... Le aseguro que ninguno de los hombres que he visto caer a mi alrededor murió pensando en la patria, con «la satisfacción del deber cumplido». Y creo que muy pocos han ido a la guerra con la idea del sacrificio, como hubieran tenido que hacerlo unos verdaderos patriotas.
(...)
—Pero ¿y la libertad?
—Mi libertad sigue conmigo. Está en mi pensamiento; para mí Shakespeare es una patria y otra es Goethe. Podrá usted cambiarme la etiqueta que llevo en la frente, pero lo que no podrá es cambiar mi cerebro. Gracias a mi cerebro escapo a los destinos, a las promiscuidades, a las obligaciones que toda civilización, toda colectividad, me va a imponer. Yo me hago una patria con mis afinidades, mis preferencias, mis ideas, y esto no es posible arrebatármelo, e incluso puedo difundirlo a mi alrededor. No frecuento, en la vida, a multitudes, sino a individuos. Con cincuenta individuos escogidos en cada nación, tal vez compondría la sociedad capaz de darme las máximas satisfacciones. Mi primer bien soy yo mismo; es preferible exiliarlo que perderlo, cambiar algunas costumbres que anular mis facultades humanas. El hombre no tiene más que una patria, que es la Tierra.” (pp. 138-140)

martes, 2 de abril de 2019

Norman Mailer
LOS EJÉRCITOS DE LA NOCHE
Barcelona, 2003, Anagrama.



“El marxismo precisaría quizá un Marx redivivo para explicar de modo concluyente por qué la clase media condenaba una guerra imperialista en la última nación capitalista, y por qué la aceptaba la clase proletaria. Pero era la clase media urbana de los Estados Unidos quien se había sentido siempre más desarraigada, más alienada de la propia Norteamérica, y por tanto más instintivamente crítica con su país, pues ni trabajaba con las manos ni poseía poder real alguno, de forma que no es jamás su torno ni sus sesenta acres de tierra, ni ciertamente su autoridad lo que se acepta, porque sus miembros no son simples ciudadanos de Norteamérica, y en esa tierra la clase media urbana ha sido la última en alcanzar un estatus respetable, ha sido la más mimada y protegida (sus dólares son la gran madre nutricia de los bienes de consumo) y al tiempo la más espiritualmente desvalida, pues hasta el propio concepto de crisis de identidad parece de su exclusivo patrimonio. Los hijos e hijas de esa clase media urbana se veían en su infancia alienados para siempre de todas las sencillas alegrías y populares triquiñuelas de la clase proletaria, como ganar una arriesgada pelea a puñetazos a los ocho años, conocer el sexo antes de los catorce, emborracharse hasta perder el sentido a los dieciséis, recibir una paliza mortal a manos del padre, formar parte de una orgullosa y pendenciera pandilla callejera, vivir en guerra declarada contra el sistema educativo, saber cómo burlarse solapadamente del patrón, andar en bicicleta con las manos sueltas, participar en el torneo de boxeo Gloden Gloves, alistarse en la Marina, pasar una temporada en chirona... y, amén de todo ello, el sentido del entusiasmo vital, de la camaradería, pues los amigos son el maná de la clase obrera, clase que muestra una escéptica indiferencia innata hacia la escuela, la moralidad y el trabajo. La clase obrera es fiel a los amigos, no a las ideas. No es extraño que la vida militar no perturbe a sus hijos lo más mínimo. Pero a los hijos de la clase media les perturba la clase obrera, les perturba su fácil y firme virilidad, su valor físico al parecer innato... Los hijos de la clase media sentían a un tiempo miedo y hondo respeto ante la idea de que aquella clase obrera viril, indiferente y despiadada que acabaría exterminándoles con la misma facilidad con que ellos exterminaban a los asiáticos. Y no se menciona aquí ese sentido de mudo temor reverencial que anegaba a todo hijo de la clase media urbana al contemplar al genuino hijo norteamericano de la pequeña población y de la granja, ese protagonista de todo ámbito de la vida convencional norteamericana, esa criatura de mirada vacía y nariz chata y respingona, inocente, perplejo, testarudo, de pelo cortado a cepillo...” (pp. 296-297)
[La cita hace referencia a la guerra de Vietnam.]
Platón
LA REPÚBLICA O EL ESTADO (II)
Madrid, 1988, Espasa-Calpe.


“–Al verlos, ¿no dirás que esto es lo mismo que cuando un esclavo calvo y de menguada estatura que acaba de verse libre de las cadenas y de los grillos, que ha reunido un poco de dinero, y que, después de limpiarse en el baño y de vestirse con un traje nuevo, va a casarse con la hija de su amo, reducida a esta cruel extremidad por la pobreza y abandono en que se halla?
–La comparación es exacta.
–¿Qué hijos saldrán de semejante matrimonio? Indudablemente hijos contrahechos y degenerados.
–Así debe ser.” (p. 190; Libro sexto.)

“–Con las demás cualidades del alma sucede poco más o menos como con las del cuerpo; cuando no se han obtenido de la naturaleza, se adquieren mediante la educación y la cultura. Pero respecto a la facultad de saber, como es de una naturaleza más divina, jamás pierde su virtud; se hace solamente útil o inútil, ventajosa o perjudicial, según la dirección que se le da. ¿No has observado hasta dónde llevan su sagacidad esos hombres conocidos con el nombre de embaucadores? ¿Con qué penetración su alma ruin discierne todo lo que les interesa? Su vista no está ni debilitada ni turbada, y como la obligan a servir como instrumento de su malicia, son tanto más maléficos cuanto son más sutiles y perspicaces.
–Esa observación es exacta.” (p. 209; Libro séptimo.)

“–Sin embargo, estos usureros ávidos, preocupados con su negocio y sin reparar en los que han arruinado, continúan prestando con un interés exorbitante y enriqueciéndose, abriendo brechas terribles en el patrimonio de sus muchas víctimas y multiplicando por este medio en el Estado la raza de los zánganos y de los pobres.” (p. 241; Libro octavo.)

Gabriel Chevallier
EL MIEDO (I)
Barcelona, 2009, Acantilado.



“Los hombres son imbéciles e ignorantes. De ahí les viene su miseria. En lugar de reflexionar, se creen lo que les cuentan, lo que les enseñan. Eligen jefes y amos sin juzgarlos, con un gusto funesto por la esclavitud.
  Los hombres son unos mansos corderos. Es lo que hace posible los ejércitos y las guerras. Mueren víctimas de su estúpida docilidad.
  Cuando se ha visto la guerra como yo la acabo de ver, uno se pregunta: «¿Cómo se puede aceptar una cosa así? ¿Qué tratado de fronteras, qué honor nacional puede legitimar semejante cosa? ¿Cómo se puede maquillar de ideal lo que es simple bandidaje, y obligar a admitirlo?».
  Se dijo a los alemanes: «¡Adelante con la guerra lozana y alegre! ¡Nach Paris y Dios sea con nosotros, por una Alemania más grande!». Y los buenos alemanes pacíficos, que se lo toman todo en serio, se movilizaron para la conquista, se convirtieron en bestias feroces.
  Se dijo a los franceses: «Nos atacan. Es la guerra del derecho y de la revancha. ¡A Berlín!». Y los franceses pacifistas, los franceses que no se toman nada en serio, interrumpieron sus ensoñaciones de pequeños rentistas para ir a batirse.
  Y lo mismo ocurrió con los austriacos, los belgas, los ingleses, los rusos, los turcos y a continuación los italianos. En una semana, veinte millones de hombres civilizados, ocupados en vivir, en amar, en ganar dinero, en labrarse un futuro, han recibido la consigna de interrumpirlo todo para ir a matar a otros hombres. Y esos veinte millones de individuos han aceptado esta consigna porque se los había convencido de que tal era su deber.
  Veinte millones, todos de buena fe, todos de acuerdo con Dios y con su príncipe... Veinte millones de imbéciles... ¡Como yo!
  O mejor dicho, no, yo no creí en ese deber. Ya a los diecinueve años no pensaba que hubiera la menor grandeza en hundirle un arma en la tripa a un hombre, en alegrarme de su muerte.
  Pero fui igualmente.” (pp. 17-18)
 [La cita hace referencia a la I Guerra Mundial.]

lunes, 1 de abril de 2019

Platón
LA REPÚBLICA O EL ESTADO (I)
Madrid, 1988, Espasa-Calpe.



“La vejez, en efecto, es un estado de reposo y de libertad respecto de los sentidos. Cuando la violencia de las pasiones se ha relajado y se ha amortiguado su fuego, se ve uno libre, como decía Sófocles, de una multitud de furiosos tiranos. En cuanto a las lamentaciones de los ancianos de que hablo, a los malos tratamientos de que se quejan, hacen muy mal, Sócrates, en achacarlos a su ancianidad, cuando la causa es su carácter. Con costumbres suaves y convenientes, la vejez es soportable; pero con un carácter opuesto, lo mismo la vejez que la juventud son desgraciadas.” (p. 45; Libro primero, Sócrates.)

“En cada Estado, la justicia no es más que la utilidad del que tiene la autoridad en sus manos, y, por consiguiente, del más fuerte. De donde se sigue, para todo hombre que sabe discurrir, que la justicia y lo que es ventajoso al más fuerte en todas partes y siempre es una misma cosa.” (p. 55; Libro primero, Sócrates.)

“Porque el mayor castigo para el hombre de bien, cuando rehúsa gobernar a los demás, es el verse gobernado por otro menos digno” (p. 62; Libro primero, Sócrates.)

“–He aquí dos cosas en que nuestros magistrados deberán poner gran cuidado, para que no entren en nuestro Estado.
–¿Cuáles son?
–La opulencia y la pobreza, porque la una engendra la molicie, la holgazanería y el amor a las novedades; y la otra este mismo amor a las novedades, la bajeza y el deseo de hacer mal.” (pp. 125-126; Libro cuarto.)

lunes, 25 de marzo de 2019



Edward Bulwer Lytton
LA RAZA FUTURA
https://archive.org



“En una sociedad de tal norma moral, en que no hay crímenes, ni tristezas, de las cuales la tragedia pueda extraer elementos de piedad y de compasión, ni vicios manifiestos o tonterías, sobre los cuales la comedia pueda ejercitar su sátira divertida, no hay oportunidad de producir un Shakespeare o un Moliére.”  

Texto original, tomado de http://www.gutenberg.org: “and where a society attains to a moral standard, in which there are no crimes and no sorrows from which tragedy can extract its aliment of pity and sorrow, no salient vices or follies on which comedy can lavish its mirthful satire, it has lost the chance of producing a Shakespeare, or a Moliere, or a Mrs. Beecher Stowe.”
[Ignoro por qué se omite a Beecher Stowe en la traducción al español.]
Cixin Liu
EL FIN DE LA MUERTE (II)
Barcelona, 2018, Penguin Random House.



“Cuenta la leyenda que el maestro Batuo, fundador del monasterio de Shaolin, meditó frente a una pared durante diez años hasta que su sombra quedó grabada en la piedra.” (p. 203)

“Érase una vez un reino llamado el Reino sin Cuentos. 
   Aquel reino no tenía cuentos. No tener cuentos es algo bueno para un reino, porque sus habitantes son más felices. Y es que los cuentos implican contratiempos y desgracias. 
   El Reino sin Cuentos tenía un rey sabio, una reina bondadosa, unos ministros justos y capaces y unos campesinos trabajadores y honestos. La vida en el reino era tan apacible como la superficie de un espejo: ayer era igual que hoy, hoy era igual que mañana, el año pasado era igual que este año, y este año era igual que el año próximo. Nunca había historias que contar.” (p. 384)

Blaise Pascal
PENSAMIENTOS



“Certainement s'il la connaissait il n'aurait pas établi cette maxime, la plus générale de toutes celles qui sont parmi les hommes, que chacun suive les moeurs de son pays. L'éclat de la véritable équité aurait assujetti tous les peuples. Et les législateurs n'auraient pas pris pour modèle, au lieu de cette justice constante, les fantaisies et les caprices des perses et allemands. On la verrait plantée par tous les états du monde, et dans tous les temps, au lieu qu'on ne voit rien de juste ou d'injuste qui ne change de qualité en changeant de climat, trois degrés d'élévation du pôle renversent toute la jurisprudence, un méridien décide de la vérité. En peu d'années de possession les lois fondamentales changent, le droit a ses époques, l'entrée de Saturne au Lion nous marque l'origine d'un tel crime. Plaisante justice qu'une rivière borne. Vérité au-deçà des Pyrénées, erreur au-delà.
  Ils confessent que la justice n'est pas dans ces coutumes, mais qu'elle réside dans les lois naturelles communes en tout pays. Certainement ils le soutien draient opiniâtrement si la témérité du hasard qui a semé les lois humaines en avait rencontré au moins une qui fût universelle. Mais la plaisanterie est telle que le caprice des hommes s'est si bien diversifié qu'il n'y en a point.
  Le larcin, l'inceste, le meurtre des enfants et des pères, tout a eu sa place entre les actions vertueuses. Se peut-il rien de plus plaisant qu'un homme ait droit de me tuer parce qu'il demeure au-delà de l'eau et que son prince a querelle contre le mien, quoique je n'en aie aucune avec lui. Il y a sans doute des lois naturelles, mais cette belle raison corrompue a tout corrompu (...)”

[Pascal, Les Pensées, Paris, 1896, P. Lethielleux, Libreur-Éditeur;pagina 70. Tomado, a su vez, de http://maxencecaron.fr/wp-content/uploads/2010/09/Pensees-de-Pascal.pdf ]


“Con toda seguridad, si la hubiese conocido, no hubiera establecido esta máxima, la más general de todas las que corren entre los hombres: que cada uno siga las costumbres de su país; el brillo de la verdadera equidad habría subyugado a todos los pueblos, y los legisladores no habrían tomado como modelo, en lugar de esta justicia constante, las fantasías y los caprichos de los persas y de los alemanes. La veríamos implantada por todos los Estados del mundo y en todos los tiempos, en lugar de contemplar que nada hay justo o injusto que no cambie de cualidad cambiando de clima. Tres grados de elevación hacia el polo echan por tierra toda la jurisprudencia; un meridiano decide de la verdad; a los pocos años de ser poseídas, las leyes fundamentales cambian; el derecho tiene sus épocas; la entrada de Saturno en Leo nos indica el origen de tal crimen. ¡Valiente justicia la que está limitada por un río! Verdad aquende el Pirineo, error allende.
  Conceden que la justicia no se halla en estas costumbres, sino que reside en las leyes naturales conocidas en todo el país. Seguramente lo sostendrían tercamente, si la temeridad del azar, que ha sembrado las leyes humanas, hubiese encontrado por lo menos una que fuera universal; pero la broma es tal que el capricho de los hombres le ha diversificado tanto que no hay ninguna que lo sea.
  El latrocinio, el incesto, el asesinato de hijos y de padres, todo ha sido reconocido entre las acciones virtuosas. ¿Puede haber nada más gracioso que el que un hombre tenga derecho de matarme porque viva allende el vado y su príncipe esté querellado con el mío, aunque yo no lo esté con él?
  Hay sin duda leyes naturales; pero esta espléndida razón corrompida lo ha corrompido todo (...)”

[Blaise Pascal, Pensamientos, Espasa Calpe, 1940, sección IV-294. Tomado, a su vez, de http://www.cervantesvirtual.com]


Chester Himes
ALGODÓN EN HARLEM / CUANDO EL CALOR ARRECIA (II)
Barcelona, 1980, Mundo Actual de Ediciones.


“—Eres mi amigo, sí o no? —preguntó el gigante.
  Tenía una voz que chirriaba como un serrucho cuando muerde un nudo de la madera.
  —Con lo grandullón que eres, ¿para qué necesitas un amigo? —dijo, bromeando, el enano.
  —Contesta a mi pregunta —insistió el gigante.
  Era un negro albino, de piel lechosa, con ojos rosados, labios estropeados, orejas de coliflor y un pelo espeso, crespo, de color cremoso. Llevaba una blanca camisa de vaquero, pantalones negros mugrientos ceñidos a la cintura con un trozo de cuerda de cáñamo, y calzaba zapatos azules de lona con suela de goma.
  El enano compuso una expresión de hipócrita solicitud. Se arremangó el brazo y lanzó una ojeada a la esfera luminosa de su reloj de pulsera. Era la una y veintidós minutos de la mañana. Lanzó un leve suspiro de alivio. No había por qué apresurarse.
  Era jorobeta, con la piel de un amarillo sucio, algo más oscura que la del albino. Tenía una cara ratonil y en ella brillaban inquietos, fugaces, dos ojos como negros abalorios. Pero el hombre iba muy bien vestido: terno hecho a la medida, bien cortado por un sastre caro, de fino hilo y color azulado; zapatos con puntera de seda y un sombrero panamá negro con una cinta color naranja.
  Su mirada huidiza se fijó un instante en el nudo de la cuerda de cáñamo que ceñía la cintura del gigante, justo a nivel de sus ojos. El hombrachón tenía cuatro veces su tamaño, pero esto no intimidaba al jorobeta. Para éste, el gigante no era más que uno de los muchos mandangosos que acudían a él para sus dosis cotidianas de C, H o de morisqueta.” (pp. 285-286)

“Aun pasadas las dos de la madrugada, el «valle», ese espacio de tierra baja de Harlem, al este de la Séptima Avenida, era como una sartén del infierno. El calor brotaba del pavimento, bullendo desde el asfalto, y la presión atmosférica volvía a empujarlo hacia la tierra como la tapa de una olla.
  La gente de color se cocía en sus atestados cuartos, en las calles, en las tascas, en los burdeles; sazonados con vicio, enfermedad y crimen.
  Efluvios de hedores cálidos ascendían de la sartén, y flotaba en el aire quieto y bochornoso, a la altura de los tejados, el olor de la chamuscada barbacoa, del pelo frito, de los humos de escape, de la basura que se pudre, de los perfumes baratos, de los cuerpos sudorosos y sucios, de los edificios ruinosos, de los excrementos de los perros, de las ratas y de los gatos, de whisky y vómito; de, en fin, todos los hedores de la pobreza.” (p. 315)

[Las citas pertenecen a la novela Cuando el calor arrecia.]
Platón
EL BANQUETE / FEDÓN (II)
Barcelona, 1987, Planeta.


“Por último, todos los que son sección de macho, persiguen a los machos, y mientras son muchachos, como lonchas de macho que son, aman a los varones y se complacen en acostarse y en enlazarse con ellos; éstos son precisamente los mejores entre los niños y los adolescentes, porque son en realidad los más viriles por naturaleza. Algunos, en cambio, afirman que son unos desvergonzados. Se equivocan, pues no hacen esto por desvergüenza, sino por valentía, virilidad y hombría, porque sienten predilección por lo que es semejante a ellos. Y hay una gran prueba de que es así: cuando llegan al término de su desarrollo, son los de tal condición los únicos que resultan viriles en la política. Mas una vez que llegan a adultos, aman a su vez a los mancebos, y si piensan en casarse y tener hijos, no es por natural impulso, sino por obligación legal; les basta con pasarse la vida en mutua compañía sin contraer matrimonio. Y ciertamente el que es de tal índole se hace «pederasta», amante de los mancebos, y «filerasta», amigo del amante, porque siente apego a lo que le es connatural.” (p. 29)
[La cita pertenece al diálogo El banquete.]

domingo, 24 de marzo de 2019

Erich Fromm
EL ARTE DE AMAR
Barcelona, 1982, Paidós.



“La tierra prometida (la tierra es siempre un símbolo materno) se describe como «plena de leche y miel». La leche es el símbolo del primer aspecto del amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar vivo. La mayoría de las madres son capaces de dar «leche», pero sólo unas pocas pueden dar «miel» también. Para estar en condiciones de dar miel, una madre debe ser no sólo una «buena madre», sino una persona feliz -y no son muchas las que logran alcanzar esa meta-. No hay peligro de exagerar el efecto sobre el niño. El amor de la madre a la vida es tan contagioso como su ansiedad. Ambas actitudes ejercen un profundo efecto sobre la personalidad total del niño; indudablemente, es posible distinguir, entre los niños -y los adultos- los que sólo recibieron «leche» y los que recibieron «leche y miel».” (p. 55)

“Para el hombre moderno, sin embargo, es tan difícil practicar la paciencia como la disciplina y la concentración. Todo nuestro sistema industrial alienta precisamente lo contrario: la rapidez. Todas nuestras máquinas están diseñadas para lograr rapidez: el coche y el aeroplano nos llevan rápidamente a destino -y cuanto más rápido mejor-. La máquina que puede producir la misma cantidad en la mitad del tiempo es muy superior a la más antigua y lenta. Naturalmente, hay para ello importantes razones económicas. Pero, al igual que en tantos otros aspectos, los valores humanos están determinados por los valores económicos. Lo que es bueno para las máquinas debe serlo para el hombre -así dice la lógica-. El hombre moderno piensa que pierde algo -tiempo- cuando no actúa con rapidez; sin embargo, no sabe qué hacer con el tiempo que gana -salvo matarlo-.” (p. 107)

“La concentración es, con mucho, más difícil de practicar en nuestra cultura, en la que todo parece estar en contra de la capacidad de concentrarse.” (p. 109)

Chester Himes
ALGODÓN EN HARLEM / CUANDO EL CALOR ARRECIA (I)
Barcelona, 1980, Mundo Actual de Ediciones.



“En el «Cotton Club», la pista de baile se encontraba sobre una plataforma, a nivel de la superficie de las mesas, y servía también como escenario para las atracciones. En la parte trasera, unas encortinadas puertas daban paso a los camerinos.
(…)
  El piano sonaba frenéticamente, el saxofón gemía con ritmo afrodisíaco, el contrabajo latía de forma sugestiva, la trompeta sonaba imperiosa y la guitarra suplicaba. Un foco provisto de filtro azul y colocado por encima de las cabezas de los clientes bañaba con su luz el casi desnudo cuerpo de Billie, que bailaba en torno a una bala de algodón. Su figura se estremecía y sus caderas se agitaban como si estuviera haciendo el amor. De vez en cuando, su cuerpo era recorrido por espasmos, tras los cuales se tiraba convulsivamente sobre la bala de algodón. Frotaba el vientre contra ella, luego se volvía y hacía lo mismo con las nalgas, provocando en sus desnudos pechos un extático temblor. Tenía los rojos labios separados, como si jadease, y sus blancos dientes brillaban bajo la azulada luz. Billie creaba la completa ilusión de estar siendo seducida por una bala de algodón.
  Entre el público reinaba un absoluto silencio. Las mujeres miraban a la bailarina con brillantes ojos llenos de avidez y envidia. Los hombres la contemplaban palpitantes de deseo, con los párpados entornados para ocultar sus pensamientos. La danza se hizo más rápida y el auditorio se estremeció. Billie, con loco deseo, se echó sobre el algodón. Las mujeres del público se vieron sacudidas por un incontrolable espasmo. En el local, la lujuria crecía como la levadura.
  El número estaba llegando a su clímax. Billie contorsionaba el cuerpo y movía las caderas con estremecedora rapidez. Rodeó completamente la bala de algodón y luego, de cara al público, se abrió de brazos y, dando una última sacudida de caderas, gritó:
  —¡Oh, papá algodón!
  Bruscamente las luces se encendieron y el público estalló en frenéticos aplausos. El suave y voluptuoso cuerpo de Billie estaba cubierto de sudor y brillaba como la materialización de un sueño libertino.” (pp. 259-260)

[La cita pertenece a la novela Algodón en Harlem.]

Platón
EL BANQUETE / FEDÓN (I)
Barcelona, 1987, Planeta.



“—Oh Sócrates, todo lo demás me parece que está bien dicho, pero lo relativo al alma produce en los hombres grandes dudas por el recelo que tienen de que, una vez que se separe del cuerpo, ya no exista en ninguna parte, sino que se destruya y perezca en el mismo día en que el hombre muera, y que tan pronto como se separe del cuerpo y de él salga, disipándose como un soplo o como el humo se marche en un vuelo y ya no exista en ninguna parte. Pues, si verdaderamente estuviera en alguna parte ella sola, concentrada en sí misma y liberada de esos males que hace un momento expusiste, habría una grande y hermosa esperanza, oh Sócrates, de que es verdad lo que tú dices. Pero tal vez requiera una justificación y una demostración no pequeña eso de que existe el alma cuando el hombre ha muerto, y tiene capacidad de obrar y entendimiento.” (p. 93)

“—Y además —repuso Cebes interrumpiéndole—, según ese argumento, Sócrates, que tú sueles con tanta frecuencia repetir, de que el aprender no es sino el recordar, resulta también, si dicho argumento no es falso, que es necesario que nosotros hayamos aprendido en un tiempo anterior lo que ahora recordamos. Mas esto es imposible, a no ser que existiera nuestra alma en alguna parte antes de llegar a estar en esta figura humana. De suerte que también según esto parece que el alma es algo inmortal.” (p. 97)

[Las citas pertenecen al diálogo Fedón.]
Pío Baroja
ZALACAÍN EL AVENTURERO
Madrid, 1995, Espasa Calpe.



“Contó el tal viejo varias historias de la guerra carlista anterior. Una de ellas era verdaderamente odiosa y cobarde. Una vez cerca de un río, yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos que lavaban sus camisas en el agua.
  —A bayonetazos acabamos con todos —dijo el hombre sonriendo; luego añadió hipócritamente:
  —Dios nos lo habrá perdonado.
  Durante la cena, el repulsivo viejo estuvo contando hazañas por el estilo. Aquel tipo miserable y siniestro era fanático, violento y cobarde, se recreaba contando sus fechorías, manifestaba crueldad bastante para disimular su cobardía, tosquedad para darla como franqueza y ruindad para darle el carácter de habilidad. Tenía la doble bestialidad de ser católico y de ser carlista.
  Este desagradable y antipático personaje se puso después a clasificar los batallones carlistas según su valor: primero eran los navarros, como era natural, siendo él navarro; luego los castellanos, después los alaveses, luego los guipuzcoanos y, al último, los vizcaínos.
  Por el curso de la conversación, se veía que había allá un ambiente de odios terribles: navarros, vascongados, alaveses, aragoneses y castellanos se odiaban a muerte. Todo ese fondo cabileño que duerme en el instinto provincial español estaba despierto. Unos se reprochaban a otros el ser cobardes, granujas y ladrones.” (pp. 172-173)

jueves, 14 de marzo de 2019

Pietro Citati 
EL MAL ABSOLUTO (II) 
Barcelona, 2006, Galaxia Gutenberg. 


“No amar a Dickens es pecado mortal; quien no lo ama, no ama tampoco la novela y no comprende que el arte del siglo XIX tal vez alcanzó su culminación cuando mezcló la risa loca con el más impertérrito descenso a las tinieblas.” (p. 232) 

“Dickens tenía una intensa necesidad de Londres, de aquella «inmensa linterna mágica» de la que surgen todos sus personajes. Cuando vivía en Lausana, en Génova o en el campo inglés, frecuentemente se le atascaba la pluma sobre el papel y sus personajes, cuando no estaban rodeados por el bullicio de la gente, parecían proclives al estancamiento. Pero bastaba con que se subiese a una diligencia, se aproximase a la ciudad, bajase en uno de aquellos alojamientos que tantas veces había descrito, cruzase un mercado, viese el rostro de un camarero, un banquero o un vagabundo, vislumbrase las luces de gas que iluminaban los comercios, bajase las escaleras del Támesis, para que la pluma se reanimase. Como Rimbaud y Dostoievski, se daba «baños de multitud»: recorría las calles de noche, sumergiéndose entre la gente en movimiento continuo, cargándose de la electricidad de las grandes multitudes y perdiendo los propios espectros entre aquellos espectros vivientes, o atravesaba la desierta ciudad dormida. Londres era para él una madre edípica, odiosa e inmensamente amada: no tenía colores, era gélida, negra, tétrica; sin embargo, sólo en aquel laberinto podían alimentarse sus sueños, sólo en aquel amasijo de deshechos y de fango su mirada encontraba, como Baudelaire, los codiciados tesoros de la fantasía.” (p. 249) 

“Quien conoce la noche conoce también el mal. Dickens creía en el mal, en el helado, inexorable mal absoluto; lo sentía disperso por las calles de Londres o Birmingham, concentrado en lugares privilegiados, en el techo de una estancia donde alguien había cometido un delito o en una húmeda habitación abandonada, o en el lívido rayo que penetra por el agujero de una contraventana; y lo recogía en figuras inolvidables. Desde joven sabía que la tétrica furia sádica que se agazapa en el corazón de los hombres se desencadena sobre todo contra los niños, como si el mundo quisiera golpear su propia parte más tierna e indefensa, y así ofenderse mejor a sí mismo. No hay pecado más grande, como aprendió de él Dostoiesvki.” (p. 257)
VISNÚ PURANA (Historia de Visnú) 
Madrid, 1986, Miraguano. 
(Reproducción de la edición de 1928, perteneciente 
a la “Biblioteca de Teosofía y Orientalismo” de la 
editorial barcelonesa B. Bauzá.) 


“El ignorante que no se apercibe de que la naturaleza del mundo es la de la sabiduría, y lo juzga solamente como un objeto que ha caído bajo sus sentidos, se ha perdido en el océano de la ignorancia espiritual.” (p. 23) 

“Donde hay energía hay prosperidad, y la prosperidad descansa en la energía. ¿Cómo, pues, pueden tener energía los que han sido abandonados por la prosperidad? Sin valor y sin fuerza, se convierten en objeto del desprecio general.” (p. 38)

domingo, 10 de marzo de 2019

Cixin Liu 
EL FIN DE LA MUERTE (I) 
Barcelona, 2018, Penguin Random House. 


“Una nueva tecnología puede transformar la sociedad, pero cuando esta se encuentra en pañales son muy pocas las personas capaces de ver todo su potencial. El ordenador sirve como ejemplo, ya que cuando fue inventado era una mera herramienta que aumentaba la eficiencia, lo cual llevó a algunas personas a pensar que cinco ordenadores bastarían para el mundo entero. Ocurría igual con la hibernación artificial: Antes de ser una realidad, la gente tan solo pensaba que ofrecería una oportunidad para que los pacientes con enfermedades terminales encontraran una cura en el futuro. Al ir más allá, la gente se daría cuenta de que la técnica resultaba útil para los viajes interestelares. Pero al observarla a través del prisma de la sociología, era posible darse cuenta de que su aparición constituía un cambio radical para la civilización humana. 
   Todo se basaba en una única idea: «El mañana será mejor.»” (p. 85)
Deepak Chopra 
SINCRODESTINO 
Madrid, 2008, Punto de Lectura. 


“Toda creatividad se basa en saltos cuánticos e incertidumbre. Las ideas verdaderamente novedosas surgen del sustrato colectivo de información en momentos especiales. Estas ideas no se originan en el afortunado individuo, sino en la conciencia colectiva. Por eso es frecuente que dos o más personas realicen descubrimientos científicos significativos al mismo tiempo. Las ideas circulan en el inconsciente colectivo y las mentes preparadas están listas para traducir esa información. Ésta es la naturaleza del genio; ser capaz de comprender lo conocible aun cuando nadie más reconozca que está ahí. En un momento, la innovación o la idea creativa no existe y al siguiente es parte de nuestro mundo consciente. Mientras tanto, ¿en dónde estuvo? En el ámbito virtual, en el nivel del espíritu universal donde todo es potencial. En ocasiones, este potencial genera algo previsible; otras, algo nuevo, pero en este reino ya existen todas las posibilidades.” (p. 65) 

“La intención genera coincidencias; esta es la razón por la que, cuando pensamos en algo, ocurre. La intención es la razón por la cual algunas personas tienen remisiones espontáneas o se curan solas. La intención organiza toda la creatividad del Universo; nosotros, como seres humanos somos capaces de crear cambios positivos en nuestra vida a través de la intención. ¿Por qué entonces perdemos esa habilidad? La habilidad se pierde cuando la imagen de uno mismo eclipsa al ser, cuando sacrificamos nuestro ser verdadero a favor del ego. […] La intención funciona aprovechando las fuerzas creativas inherentes al Universo. Así como tenemos nuestra creatividad personal, el Universo también manifiesta creatividad. 
 El Universo está vivo y consciente, y responde a nuestras intenciones cuando mantenemos la relación íntima con él y lo vemos no como algo separado, sino como una prolongación de nuestro cuerpo.” (pp. 90-91)

viernes, 8 de febrero de 2019

Morten A. Strøksnes 
EL LIBRO DEL MAR (II) 
Barcelona, 2018, Salamandra. 


“Compañías noruegas con sede en las ciudades de Larvik, Tønsberg y Sandefjord cazaron ballenas de forma industrial durante más de cincuenta años en el océano Ártico y en aguas de Australia, África, Brasil y Japón. En algunos astilleros noruegos se construyeron unos buques factoría inmensos y se transportaron hornos de procesamiento sumamente eficaces a Georgia del Sur y a isla Decepción. Sólo en esta isla hubo treinta y seis calderas de presión, con una capacidad de diez mil litros cada una, en la década de los veinte. Antes de que la ballena azul estuviera en peligro de extinción, los balleneros cazaron miles de ejemplares cada temporada, además de varios de otras especies. De las entrañas de las ballenas azules preñadas se sacaban las crías vivas y las tiraban a las calderas, que permanecían en funcionamiento día y noche. Las jornadas no se contaban en horas, sino en número de ballenas y litros de aceite producidos. […] Una ballena azul puede contener más de ocho mil litros de sangre en el cuerpo, y los descuartizadores vadeaban entre grasa, sangre y carne los cuatro meses que duraba la temporada. 
   El olor a muerte y putrefacción era indescriptible. Con frecuencia, los hornos de procesamiento y los buques factoría no daban abasto y algunas ballenas se quedaban tiradas en el bajío hasta que fermentaban y los gases las inflaban como zepelines. Cuando los cadáveres explotaban, o alguien los perforaba, el hedor era tan penetrante que la gente llegaba a desmayarse. Las orillas de alrededor parecían cementerios de ballenas gigantescos donde se pudrían miles de esqueletos y de huesos. Algunas personas decían que nunca consiguieron librarse de ese olor y que lo siguieron notando muchos años después.” (pp. 65-66) 

“Si Tanzania hubiese empezado a buscar petróleo en el Serengueti, el mundo entero, seguro que con Noruega a la cabeza, habría protestado. Nos habría parecido una barbarie, y tal vez hubiéramos dado mil millones de coronas para que no lo hicieran. Noruega está repartiendo ya miles de millones para salvar las selvas tropicales de Brasil, Ecuador, Indonesia, Congo y otros espacios. Nosotros tenemos un lugar igual de extraordinario, un Serengueti debajo del agua. Y en este lugar es probable que el país más rico del mundo ponga en marcha una prospección petrolífera.” (p. 183) 


Pietro Citati 
EL MAL ABSOLUTO (I) 
Barcelona, 2006, Galaxia Gutenberg. 


“Quizá Balzac vivió sólo durante los años de la juventud. Entonces se interrogaba sobre los misterios del universo: la energía, las fuerzas, las relaciones, los presentimientos; estudiaba apasionadamente filosofía y, desde las alturas de la mansarda en que habitaba, sus ojos escudriñaban el mundo real e imaginario. Paseaba por París, se encontraba con hombres y fantasmas, absorbía una enorme riqueza de hechos y personas, se apropiaba como un vampiro de lo que veía y sentía. Después todo se depositaba en los meandros de la memoria, donde las ideas y los acontecimientos se conservaban maravillosamente activos. Cuando a partir de los treinta años, comenzó a escribir La comedia humana, lo que había conocido fermentó y se multiplicó dentro de él como un bosque de árboles y matorrales vivientes, con las ramas llenas de linfa y sangre.” (p. 110)
Morten A. Strøksnes 
EL LIBRO DEL MAR (I) 
Barcelona, 2018, Salamandra. 


“Es verano y hace una mañana calurosa y soleada, de las que abundan tan poco en el norte más septentrional. Los pajarillos cantan como si hubieran desayunado con champán, los abejorros zumban perezosos entre las flores. Hay tréboles rojos, margaritas, geraniáceas, y por todas partes esa flor amarilla y regordeta que tiene tantos nombres: zapatos de la Virgen, loto carunculado, pie de gallo, trébol criollo, trébol de las arenas y corona del rey. Esta flor tiene un olor tan particular que los lugareños le han puesto también unos apodos de naturaleza bastante más profana: «flor huele a mierda» y «diarrea de Satán». Además del nombre más feo que se haya dado a una flor: «hierba para limpiarse el culo».” (pp. 31-32) 

“Los pescadores a menudo hablan de los barcos como si se tratara de seres vivos. Si uno les insiste mucho, reconocen que son un objeto inanimado, claro, pero en el fondo creen que la gente está equivocada. Tal vez sea porque el vínculo que los une —a pescador y barco— es muy fuerte: en situaciones extremas, las cualidades del segundo pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Es crucial que el pescador conozca la personalidad de la embarcación, sus caprichos, sus puntos fuertes y sus flaquezas. Juntos pueden dominar el mar, sobre todo si se trata al barco con respeto.” (pp. 41-42)

jueves, 7 de febrero de 2019

Francisco Zamora Loboch 
LA REPÚBLICA FANTÁSTICA DE ANNOBÓN (II) 
Madrid, 2017, SIAL / Casa de África. 


“Cierto día, Mapudul encontró al sargento Castilla amontonando unas palabras sobre otras. 
—Tito. 
—Sí. 
—Eso que haces de poner unas palabras sobre otras ¿qué es? 
—Se llama poesía. 
—¿Y qué es poesía? 
—Poesía eres tú, niña mía. —Y se echó a reír. 
—¿Por qué te ríes de mí? —preguntó ella, molesta. 
—No me río de ti. 
—¿Y de quién te ríes, entonces? 
—¿De quién va a ser? De la poesía.” (pp. 107-108) 

Pietro Citati 
ALEJANDRO MAGNO 
Barcelona, 2015, Gatopardo. 


“Quizá ningún otro hombre llegó a integrar en sí mismo tantas personalidades distintas, dispuestas en torno a un centro que, hoy en día, continúa escapándosenos. Fue multiforme, múltiple, un manojo imprevisible de contradicciones que no nos parece que pueda pertenecer a la estirpe de los poderosos, sino a la de los escritores grandes —Shakespeare y Balzac— que llevan en sus seno a todas las criaturas, las cosas posible e imposibles, las ciudades reales e imaginarias. Puesto que no era uno, sino muchos, podía comprender cualquier situación y aceptarla con la mayor flexibilidad o disimulo. Si debía conducir las tropas al asedio de una ciudad, era Aquiles; Hércules, si debía dar ejemplo de templanza; Dioniso cuando atravesaba la India; y Ciro cuando dirigía las filas de un imperio universal. Alternaba el entusiasmo y la frialdad, la temeridad y la prudencia, la velocidad y la lentitud, el desenfreno y la moderación, la crueldad y la compasión, la arrogancia y la benevolencia, el impulso hacia el infinito y la atención por los más pequeños detalles.” (pp. 15-16) 

“Entre la representación que cada uno de nosotros se hace de un acontecimiento cualquiera y el acontecimiento real, entre nuestros sueños y la realidad, y, sobre todo, entre la imagen que un poderoso se forma de sus propias empresas y las empresas mismas, se abre a menudo un abismo insondable. La expedición de Alejandro a la India no guardó ningún parecido con el viaje tranquilo y triunfal de Dioniso, ni las armas fueron sustituidas por hojas de hiedra, coronas de flores y cántaros de vino. En aquellos años, Alejandro fundó una ciudad tras otra (…) Selló pactos de alianza con el rey Taxiles y el rey Poros, y continuó con la política que había aplicado en Asia Menor y en Persia. Sin embargo, otros testimonios no dicen lo mismo. Ciudades tomadas por asalto, poblaciones masacradas, brahmanes ajusticiados, represiones, pactos incumplidos... parecen revelarnos, detrás de la benévola máscara del vencedor de Darío, el rostro del conquistador más feroz. Para nosotros, el motivo de este cambio de actitud no queda claro: ignoramos si Alejandro ya no comprendía a sus enemigos, si el ejército escapaba a su control o si, por el contrario, él mismo ya no era capaz de controlar su propia ira destructiva.” (pp. 53-54)
Francisco Zamora Loboch 
LA REPÚBLICA FANTÁSTICA DE ANNOBÓN (I) 
Madrid, 2017, SIAL/Casa de África. 


“En aquel tiempo, los únicos blancos capaces de resistir la soledad, el carácter peculiar y las costumbres de estos isleños eran los misioneros. Aquí llegaba el barco correo una vez al año. De modo que los frailes pidieron y obtuvieron del gobernador general, no recuerdo si sería Osorio o Montes de Oca, el permiso para ejercer de policías, fiscales, jueces y jurado. El gobernador les dio el sí, y ellos nombraron sheriff al hermano Coll, quien respaldado por los padres Serrallonga y Daunis, se encargó de hacer respetar no tanto las leyes de la monarquía como las de la Iglesia. La vida y el alma de los annoboneses pertenecían por completo al hermano Coll y su somatén. 
—¿Y cómo es que un pueblo tan orgulloso y celoso de su libertad no hizo frente a los frailes? 
—Les tomó por sorpresa. No contaban con la agresividad de los claretianos quienes, además, disponían de las únicas armas de fuego que había en la isla. Y el diácono Coll ataviado de misionero trabucaire andaba armado día y noche patrullando por el pueblo en busca de malhechores y arrejuntados. Los castigos iban desde los consabidos chicotazos hasta la quema de la morada del pecador. Te hallaban en plena faena con la tercer o cuarta parienta, y en el mejor momento, aparecía el hermano Coll con su espingarda, y te hacía detener para acto seguido quemar aquel antro de perversión. Si se te ocurría salir de pesca en domingo, mandaba a reventar el cayuco. Y si aprovechabas un día de guardar para ir en busca de vino de palma, el castigo consistía en romper tus tinajas y desparramar el mosto por los suelos. 
—Al parecer esos benditos frailes no se andaban con chiquitas. 
—La gente estaba tan desesperada que muchas familias decidieron establecerse en Awal y Mebana que, por su lejanía y difícil acceso, permitían librarse de las iras de la Misión. 
—El otro día estuve en Mebana, con Mapudul. Es un lugar con especial encanto. 
—Fue en aquella época cuando los misioneros aprovecharon las circunstancias de un censo para cambiar los apellidos auténticos de los ambos por otros españoles, sobre todo por nombres de capitales de provincia. Cuando los annoboneses quisieron darse cuenta, en el registro de la Misión figuraban inscritos como hijos de Cáceres, Zaragoza, Zamora, Gerona o Ballovera, como tu querida Mapudul, en lugar de Menfoy, Macus o Loboch. 
—¿Y tampoco en esta ocasión se rebelaron? 
—Como fuera que ellos siguieron empleando sus nombres de pila, apenas le dieron importancia a aquello. El problema se planteaba cuando se precisaba un documento oficial como el que hacía falta para ir a trabajar a Santa Isabel y se topaban con sus nuevos y flamantes apellidos.” (pp. 91-92)