LIMÓNOV (I)
Barcelona, 2013, Anagrama.
En este espacio encontrarás información sobre todas mis publicaciones: NARRATIVA, EDUCACIÓN, HISTORIA Y ANTROPOLOGÍA.
Javier Marías
TOMÁS NEVINSON (I)
Barcelona, 2021, Alfaguara.
“Tal vez sea eso mismo lo que lleva a algunos individuos a matar una y otra vez, porque sólo la ocupación en un nuevo crimen borra momentáneamente los anteriores, la plena dedicación, los cinco sentidos puestos en ello, los planes y la ejecución. Lo he pensado a menudo cuando he tratado de explicarme qué conduce a esas mujeres y hombres -muchos más hombres, desde luego- a la reincidencia innecesaria. Creo que la acumulación produce un efecto anestesiante, o acaso es narcotizante: para quienes conservan un rastro de conciencia, es más llevadero cargar con un montón de muertos que con uno o dos tan sólo, porque llega un momento en que esa conciencia no sabe atender a las cantidades enormes, su capacidad no es ilimitada, y se dispersa y se abruma y se desentiende. Quien hace que la gente muera como ganado no tiene tiempo para distinguirla ni para bajar persianas una a una, y así esa gente se le difumina, adquiere visos de irrealidad, pasa a ser número y carne, y cuanto más alto el número y más pesada la carne, más se entumece y se ve desbordado el sentimiento de culpa, y acaba desapareciendo al no dar abasto. Agregar y agregar, seguramente es la sola salida que les queda a los asesinos de masas, sean dictadores, terroristas, ministros que declaran guerras superfluas o generales que los aconsejan y azuzan.” (p. 68)
Annie Ernaux
LA PLACE
Paris, 1983, Gallimard.
«Personne à Y..., dans les classes moyennes, commerçants du centre, employés de bureau, ne veut avoir l'air de «sortir de sa campagne». Faire paysan signifie qu'on n'est pas évolué, toujours en retard sur ce qui se fait, en vêtements, langage, allure. Anecdote qui plaisait beaucoup: un paysan, en visite chez son fils à la ville, s'assoit devant la machine à laver qui tourne, et reste là, pensif, à fixer le linge brassé derrière le hublot. A la fin, il se lève, hoche la tête et dit à sa belle-fille: «On dira ce qu'on voudra, la télévision c'est pas au point.»
(…)
Lui et ma mère s'adressaient continnuellement la parole sur un ton de reproche, jusque dans le souci qu'ils avaient ľun de l'autre. «Mets ton cache-nez pour dehors!» ou «Reste donc assise un peu!», on aurait dit des injures. Ils chicanaient sans cesse pour savoir qui avait perdu la facture du limonadier, oublié ďéteindre dans la cave. Elle criait plus haut que lui parce que tout lui tapait sur le systéme, la livraison en retard, le casque trop chaud du coiffeur, les régles et les clients. Parfois: «Tu n'étais pas fait pour être commerçant» (comprendre: tu aurais dû rester ouvrier). Sous ľinsulte, sortant de son calme habituel: «CARNE! J'aurais mieux fait de te laisser où tu étais.» Échange hebdomadaire: Zero! — Cinglée!
Triste individu! — Vieille garce!
Etc. Sans aucune importance.
On ne savait pas se parler entre nous autrement que ďune manière râleuse. Le ton poli réservé aux étrangers. Habitude si forte que, tâchant de s'exprimer comme il faut en compagnie de gens, mon pere retrouvait pour m'interdire de grimper au tas de cailloux un ton brusque, son accent et des invectives normandes, détruisant le bon effet qu'il voulait donner. Il n'avait pas appris à me gronder en distingué et je n'aurais pas cru à la menace d'une gifle proférée sous une forme correcte.”
(pp. 48-50)
“Nadie en Y,,,, de la clase media, comerciantes del centro, oficinistas, quería parecer «salido del campo». Parecer de pueblo significa no haber evolucionado, vivir siempre atrasado en todo lo que se hace, en la ropa, en el lenguaje, en la forma de moverse. Una anécdota que gustaba mucho: un campesino, de visita en casa de su hijo en la ciudad, se sienta delante de la lavadora en marcha, y permanece así, pensativo, observando agitarse la colada detrás de la puerta. Al final se levanta, sacude la cabeza y le dice a su nuera: «Se diga lo que se diga, la televisión todavía no está a punto.»
(…)
Él y mi madre siempre se dirigían la palabra en tono de reproche, incluso cuando se preocupaban el uno por el otro. «¡Ponte la bufanda por fuera!» o «Quédate sentada un poco», parecían insultos. Discutían sin parar por saber quién había perdido la factura del proveedor de refrescos o quién había olvidado apagar la luz de la bodega. Ella gritaba más alto que porque todo le sacaba de quicio, el reparto con retraso, el secador demasiado caliente de la peluquería, el periodo y los clientes. A veces: «Tú no estàs hecho para ser comerciante» (entiéndase: deberías haber seguido siendo obrero). Bajo el insulto, saliendo de su calma habitual: ¡PILTRAFA! Mejor tendría que haberte dejado donde estabas. Intercambio semanal: ¡Nulidad!- ¡Chalada!
¡Canalla! - ¡Vieja pécora!
Etc. Nada de importancia.
Entre nosotros solo sabíamos hablar de manera gruñona. El tono educado quedaba para los de afuera. Este hábito era tan fuerte que, tratando de expresarse debidamente con la demás gente, si mi padre tenía que prohibirme trepar a un montón de piedras, recuperaba su tono brusco con sus acento y sus insultos normandos, destruyendo así el buen efecto que pretendía causar. Él no sabía reprenderme de manera cortés, y yo no me habría tomado en serio la amenaza de una bofetada proferida de forma correcta.”
[La traducción es mía.]
Steven Weinberg
PLANTAR CARA (II)
Barcelona, 2003, Paidós.
“Con o sin la religión, la buena gente se puede comportar bien y la mala gente puede hacer el mal, pero para que la buena gente haga el mal, para eso se requiere la religión.
(…)
Estoy por completo a favor de un diálogo entre la ciencia y la religión, pero no de un diálogo constructivo. Uno de los grandes logros de la ciencia ha sido, si no hacer imposible para la gente inteligente ser religiosa, al menos hacer posible para ellos no ser religiosos. No debemos apartarnos de este logro.” (p. 242)
Alan Isler
FE DE ERRATAS (III)
Madrid, 2003, Akal.
“Dios se ha convertido en un asunto un tanto bochornoso, un tigre de papel, un coco con el que asustar a los niños. Si hoy en día tenemos fe en algo, es en el mal universal, una fe dura, sólo para adultos. Miramos a nuestro alrededor y vemos un mundo infestado de maldad, un mundo en el que el poder es necesariamente corrupto y la humanidad se ve necesariamente degradada. Sabemos, además, que no hay nada que podamos hacer. La creencia en el mal universal nos libra de la desesperación. Una vez más, somos capaces de percibir un horizonte último de sentido en tanto que especie, y eso, después de todo, era lo que anhelábamos. Con la fe en el mal universal e ineluctable recuperamos parte de lo que la humanidad perdió con la desaparición del Dios del ámbito de nuestras vidas cotidianas. Ahora que somos adultos podemos reconocer que vivimos en la peor y más caótica de las épocas posibles, que todo se ha hecho añicos, que se ha esfumado toda coherencia, que el miedo y no el cielo gobierna nuestras vidas y que la esperanza es el más cruel de los numerosos escarnios que hemos venido a sufrir a este mundo. A veces pienso que las únicas palabras veraces del Nuevo Testamento son: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Los antiguos creían que la historia se dividía en cuatro Edades: Oro, Plata, Bronce y Hierro. El mundo lleva mucho tiempo en la Edad de Hierro, que además, como subrayó el poeta Donne «está oxidado». Lo que esta nueva fe nos ofrece es una certeza epistemológica, sentimos en lo más hondo de nuestro ser que estamos en lo cierto.” (p. 153)
Eduardo Haro Tecglen
EL NIÑO REPUBLICANO (II)
Madrid, 1996, Alfaguara.
“Con ciento dieciocho conflictos causando víctimas todos los días, con las páginas de sucesos repletas de resultados criminales de los odios personales —incluso los de la relación directa odio-amor— no podemos presumir de que nuestro tiempo sea diferente de ningún otro. Al revés, si hemos producido un gran movimiento de disolución de un odio antiguo que era intrínsecamente el de capitalismo y el comunismo pero externamente el de los buenos y los malos, el de los despiadados y de los inocentes, el de los justos y los injustos (visto desde el lado que se mirara, sustituyendo únicamente nombres propios o geográficos), nos las hemos arreglado para tener inmediatamente después un nuevo enemigo, también con nombre propio pero, al mismo tiempo, con la acusación de fanatismo, de naturaleza criminal, de civilización odiosa. Y antigua, naturalmente.
Quizá, en efecto, sea necesario, y más antiguo que el amor; y vaya a durar más que el amor, que algunos dicen que se extingue en su relación con lo material. Un factor de progreso. Pero cuesta bastante admitirlo dentro de uno mismo. (…) Odios de familias, de razas, de personas; odio incluso mezclado al amor, sentimiento ambivalente por una persona que, al mismo tiempo que nos completa, nos aliena... Sabios, filósofos, psicólogos, no saben si es un instinto o algo aprendido; ni si es una fuerza que impulsa el progreso hacia adelante o, por el contrario, lo congela...” (pp. 335-336)
Alan Isler
FE DE ERRATAS (II)
Madrid, 2003, Akal.
“Los católicos –tal y como los protestantes bien saben en los abismos freudianos de sus entrañas– son los cristianos originales, los auténticos cristianos (si prescindimos de los fundadores judíos del siglo I, naturalmente). ¡Por el amor de Dios, durante un milenio y medio fueron los católicos los que manejaron el cotarro! De ahí que los protestantes siempre hayan matado a los católicos con inquietud, con una cierta sensación de traición mientras que los católicos matan protestantes con total confianza en su Señor.” (p. 71)
[Las cursivas pertenecen al texto.]
Alan Isler
FE DE ERRATAS (I)
Madrid, 2003, Akal.
“Bastien y yo estábamos entreteniendo al grupo con historias de nuestro paso por el orfanato y de cómo experimentamos la crueldad de aquellas monjas en nuestras propias carnes. Y sin duda «crueldad» es la palabra que mejor describe su forma de ser, o tal vez «sadismo». Aquellas viejas amargadas castigaban brutalmente a los niños indefensos como si fuera una especie de contrapartida al erial en que se habían convertido sus propias vidas. Nos apaleaban sin piedad, nos humillaban ante nuestros compañeros, nos hacían pasar sed para que no mojásemos nuestras camas y nos tenían mal vestidos para que no olvidáramos los sufrimientos de Nuestro Salvador.
(…)
–Entraban por la noche en el dormitorio –dijo Bastien– y si te pillaban durmiendo con las manos en algún lugar que no fuera encima del pecho y bien cruzadas, te despertaban de un zarandeo y luego te pegaban en las palmas. Me acuerdo sobre todo de la hermana Angélique, la de la mancha en la piel y los ojos tristones, que empleaba una caña de bambú de un metro de largo y no paraba hasta que te sangraban las manos.
Twombly, que era pálido y delgado y que, aunque todavía no era calvo, ya apuntaba una suerte de tonsura natural, frunció los labios y nos enseñó por un momento su perfecta dentadura americana.
–Al menos –dijo– aprendisteis pronto a mantener las manos alejadas de los genitales.
–Nosotros tal vez sí –dije yo– pero eso no mantuvo las manos del padre Damien alejadas de nuestros genitales.” (pp. 57-58)
“Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.
¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!
Así:
¡Chaj!
{ con un gran espacio sabroso.
¡Chaj!
Y después: ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!
¡Como batiría la suela
del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!
¡Chaj!
¡Chaj! { vertiginosamente,
¡Chaj!
en tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las tinieblas.” (pp. 83-84)
[Las negritas y las llaves pertenecen al texto.]
Miguel Ángel Cabrera
DESPUÉS DEL ETNOCENTRISMO
Madrid, 2020, Postmetropolis.
“La adopción de un enfoque ontológico implica, asimismo, que se ha de abandonar la noción de creencia y, por tanto, que la tarea del análisis no consiste en tratar de comprender las creencias del otro como si estas remitieran a un mundo objetivo único. Según el giro ontológico, la subjetividad humana no es un conjunto de creencias sobre el mundo, sino el efecto de una forma de concebir este. Los seres humanos no simplemente tienen creencias sobre la realidad, sino también supuestos implícitos sobre cómo ésta es y funciona y, por consiguiente, no creen en algo, sino que creen que algo es. No simplemente creen, por ejemplo, que existe dios, la naturaleza humana y el progreso histórico, sino que consideran que estos son esencias constitutivas del mundo. O por ejemplo, los modernos no simplemente creen en los derechos humanos naturales, sino en que estos son inherentes al hecho de ser un humano (razón por la cual llegaron a creer en esos derechos). Dios, naturaleza humana, progreso histórico y derechos naturales son categorías ontológicas sin las cuales las respectivas creencias subjetivas no serían concebibles ni posibles. Por tanto, no existe tal cosa como creencias sobre el mundo que puedan ser tomadas como objeto de análisis. Lo único que puede ser objeto de análisis son los procesos de objetivación que subyacen a las creencias.” (p. 144)
Helena Curtis
BIOLOGÍA GENERAL
Barcelona, 1975, Omega.
“Finalmente, los seres vivos tienen lo que el premio Nobel francés Jacques Monod denomina teleonomía, y que quizás se puede definir mejor como «finalidad». Por finalidad no querems decir que cada organismo vivo tenga un sentido del propósito; una jirafa concreta no hace que su cuello crezca más a fin de alcanzar las ramas más altas, ni una flor desprende un suave olor a fin de atraer a las abejas, ni las células pancreáticas secretan insulina para moviizar el azúcar. No obstante las jirafas tienen cuellos largos, las flores emiten perfumes, y la secreción pancreática moviliza el azúcar; la razón por la que estos fenómenos ocurren realmente es que, en el curso de la evolución estas actividades y las estrucuturas que las hacen posibles han demostrado tener un valor de supervivencia para el individuo y para las especies.” (p. 20)
“—¿Tenés miedo de no tener suficiente comida o no pensás en eso?
—Sí, claro que pienso. Las noches que no les puedo dar nada a mis hijos pienso mucho. —¿Qué pensás?
—No sé, nada. Pienso.
Aï piensa, piensa mucho. Aï nunca tuvo comida suficiente, nunca fue a una ciudad, nunca tuvo luz eléctrica ni agua corriente ni un fuego de gas ni un inodoro, nunca parió en un hospital, nunca vio un programa de televisión, nunca se puso pantalones, nunca tuvo un reloj nunca una cama, nunca leyó un libro, nunca leyó un diario, nunca pagó una cuota, nunca tomó una cocacola, nunca comió una pizza, nunca eligió un futuro, nunca pensó que su vida pudiera ser distinta de lo que es.
Nunca pensó que quizá podría vivir sin preguntarse si va a comer mañana.” (p. 29)
[Aï es el nombre de una joven nigerina.]
“Y, entonces, el sentido más estricto de la palabra supervivencia: miles y miles de personas que se levantan cada día para ver si consiguen qué comer. El sentido más breve de la palabra supervivencia: no es fácil, con esa idea del mundo, en esas condiciones, pensar en nada a largo plazo —un mes, tres meses, año y medio, un siglo. El futuro es el lujo de los que se alimentan.” (p. 75)