sábado, 29 de octubre de 2016

Elias Canetti
AUTO DE FE (II)
Barcelona, 2006, Random House Mondadori.



“En el año 213 antes de Cristo y por orden del emperador chino Shih Huang Ti, un brutal usurpador que osó arrogarse los títulos de «Primero, Sublime y Divino», fueron quemados todos los libros de China. Aquel asesino brutal y supersticioso era demasiado inculto para apreciar debidamente el significado de unos libros en cuyo nombre se cuestionaba su tiránico gobierno. Pero su primer ministro Li Ssu, que sí era un hijo de sus propios libros y, por tanto, un despreciable renegado, supo instigarlo, mediante un hábil memorial, a tomar esa inaudita medida. Hasta el simple comentario oral sobre los textos clásicos de la poesía o de la historia chinas se castigaba con la muerte. La tradición oral debía ser abolida al mismo tiempo que la escrita. Sólo se excluyó de la confiscación una escasa minoría de libros, ya podéis imaginaros cuáles: obras de medicina, farmacopea, adivinación, agronomía y arboricultura; vale decir, toda una morralla de manuales prácticos.
(…)
Siempre que leo en algún historiador chino el relato de la gran quema de libros, no dejo de buscar también, en todas las fuentes existentes, el edificante final del asesino de masas Li Ssu. Por suerte ha sido descrito reiteradamente, pues yo necesito verlo morir serrado en dos al menos unas diez veces para recobrar la calma y conciliar el sueño.” (pp. 124-125)
Claudio Magris
NO HA LUGAR A PROCEDER
Barcelona, 2016, Anagrama.



“Fusilarlos a todos, el más joven tiene quince años, el más viejo, ochenta y cuatro, los niños son enviados a Chelmno para ser gaseados, cementerios, casas, huertos incendiados, destruidos, arrasados por los bulldozers. La orden de borrar Lídice del mapa para vengar el asesinato de Heydrich se sigue al pie de la letra, los nazis arrojan puñados de sal sobre el terreno quemado, algún oficial ha estudiado bien a los clásicos y eleva a la pequeña ciudad checa al nivel de la gran Cartago, sobre la que los romanos esparcieron sal. Tiene razón, toda hoguera aunque pequeña es igual a la más grande; es la hoguera, la destrucción, la que confiere a las víctimas, decenas o millones, una grandeza absoluta, las hogueras encendidas en siglos no se apagan jamás, esos cuerpos rodeados que se retuercen en el fuego son eternos.” (p. 143)

“Del cañón no salen sólo balas, sino también historias -historias de quien ha disparado, de quien fue alcanzado, de quien dejó caer el arma-. Sacar brillo al cañón es como frotar la lámpara de Aladino, el genio aparece y tiene muchas historias que contar, historias y figuras de humo.” (p. 218)

"La abuela Deborah sin embargo sí había sido quemada, y también tantos tantos otros, un par incluso por su culpa; quemados por canallas todavía más canallas que aquellos que habían quemado herejes y que aquellos que habían masacrado a los indios, y más canallas que los hijos de Ismael que vendían como esclavos a los hijos de Canaán y más canallas que Samuel, que había maldecido a Saúl porque no quería matar a los niños prisioneros y más canallas que aquellos hijos de Jacob que habían exterminado a todos los siquemitas después de haberlos hecho circuncidar. Por muy canallas que fueran aquellos anteriores al diluvio eran menos terribles que cuantos vinieron después; el Señor debió de empinar un poco el codo como su predilecto Noé cuando los ahogó a todos, evidentemente estaba confuso entre el antes y el después."



Elias Canetti
AUTO DE FE (I)
Barcelona, 2006, Random House Mondadori.



"Todo ser humano necesita una patria, pero no una tal como la entienden algunos patrioteros primitivos, ni tampoco una religión, insulso anticipo de una patria ultraterrena. No, una patria en la que el suelo, el trabajo, los amigos, las diversiones y el propio espacio espiritual confluyan en un todo natural y organizado, en una especie de cosmos personal. La mejor definición de patria es: biblioteca." (pp. 80-81)

“La ceguera es un arma contra el tiempo y el espacio. Nuestra existencia no es sino una inmensa y única ceguera, exceptuando lo poco que nuestros mezquinos sentidos -mezquinos tanto por su naturaleza como por su alcance- nos transmiten. El principio dominante en el cosmos es la ceguera. Permite yuxtaponer una serie de cosas que jamás coexistirían si pudieran verse unas a otras. Permite interrumpir el paso del tiempo cuando uno es incapaz de hacerle frente. ¿Qué es, por ejemplo, una espora enquistada, sino un trozo de vida que se envuelve en una capa de ceguera hasta nueva orden? Para escapar al tiempo, que es un continuum, solo hay un medio: no verlo de vez en cuando. Así lo reducimos a aquellos fragmentos que nos resultan conocidos.” (p. 99)

jueves, 15 de septiembre de 2016


Rafael Cansinos Assens
LA NOVELA DE UN LITERATO (1)
Madrid, 2005, Alianza Editorial.


“Hay un momento en la vida del escritor en que, cansado o desengañado, se siente reacio para la creación y vuelve la vista a sus recuerdos, que le brindan el argumento de una novela vivida en colaboración con sus contemporáneos.” (p. 15)

“Vino luego el desastre colonial y la reacción consiguiente en la opinión pública y en el tono de los escritores. Surgió ese movimiento literario que en la historia de nuestras letras se conoce ya con el nombre de «Generación del 98» y también con el de «Modernismo».
    Empezaron a sonar nombres desconocidos, que ya no eran los de Galdós, Pereda, Valera o Coloma, sino los de Martínez Ruiz, Baroja, Salvador Rueda, Valle-Inclán, Rubén Darío, no todos al mismo tiempo, pero unidos en una sucesión estrecha, como salvas de una misma descarga contra todo lo viejo, contra todo lo anterior al desastre, que la protesta juvenil confundía en el mismo anatema, sin hacer distinciones entre lo político y lo literario.
    (...)
   Conocía sobre todo a esos nuevos literatos por sus detractores, por los ataques de que los periodistas y las personas sensatas los hacían objeto. Y era una cosa curiosa que en aquella oposición a los escritores nuevos, que representaban la revolución literaria, no eran los revolucionarios políticos quienes ponían menos saña que los reaccionarios. Debíase eso, naturalmente, a que los nuevos escritores afectaban absoluta indiferencia en materia política, al modo de unos dandies de la pluma, y no se sumaban a los republicanos para pedir responsabilidades ni tratar de derrocar el régimen. Y así, mientras los reaccionarios los atacaban por su desdén a los clásicos, a la Retórica y a aun a la Gramática, los revolucionarios los combatían por su inhibición y su indiferencia ante los viejos fetiches monárquicos que ellos tendían a destruir.” (pp. 25-26)

viernes, 26 de agosto de 2016


Arturo Pérez-Reverte
HOMBRE BUENOS
Barcelona, 2015, Penguin Random House.


“Por la ventana de la alcoba, con sólo levantar los ojos, el bibliotecario alcanza a ver el convento de las Trinitarias, que está al extremo de la calle. Y no hay ocasión en que mire por esa ventana, concluye, que no se sienta inundado de melancolía. La rancia, deprimida e inculta nación que tanto necesita ideas que ilustren su futuro resume buena parte de sus dolencias endémicas tras aquellos muros de ladrillo. Miguel de Cervantes, el hombre que más gloria dio a las letras hispanas y universales, yace ahí mismo, en una fosa común. Sus huesos vueltos al polvo se perdieron con el tiempo. Murió pobre, abandonado de casi todos, arrojado al olvido por sus contemporáneos tras una vida desdichada, sin apenas gozar del éxito de su libro inmortal. Lo trajeron desde su modesta casa, a dos manzanas de aquí, en la esquina de la calle de Francos con la del León, sin acompañamiento ni pompa alguna, y fue enterrado en un rincón oscuro del que no se guardó memoria. Ninguneado por sus contemporáneos y sólo reivindicado más tarde, cuando en el extranjero ya devoraban y reimprimían su Quijote, ni siquiera una placa o una inscripción recuerdan hoy su nombre. Fueron sólo el tiempo, la sagacidad y la devoción de hombres justos —y extranjeros— los que le dieron, al fin, la gloria que sus compatriotas le negaron en vida y a la que todavía, en buena parte, la España cerril de toros, sainetes y majeza permanece indiferente. Triste símbolo, aquellos anónimos muros de ladrillo, de toda una nación inculta dormida entre los escombros de su pasado, suicidamente satisfecha y prisionera de sí misma. Amarga lección póstuma, esa tumba olvidada. La de aquel hombre bueno, soldado en Lepanto, cautivo en Argel, de vida desgraciada, que alumbró la novela más genial e innovadora de todos los tiempos.” (pp. 71-72)

“Detuve el coche en una venta, para tomar café mientras escampaba un poco, y permanecí sentado bajo el porche, consultando el mapa y las notas de mi cuaderno mientras consideraba que hay un ejercicio fascinante, a medio camino entre la literatura y la vida: visitar lugares leídos en libros y proyectar en ellos, enriqueciéndolos con esa memoria lectora, las historias reales o imaginadas, los personajes auténticos o de ficción que en otro tiempo los poblaron. Ciudades, hoteles, paisajes, adquieren un carácter singular cuando alguien se acerca a ellos con lecturas previas en la cabeza. Cambia mucho las cosas, en tal sentido, recorrer la Mancha con el Quijote en las manos, visitar Palermo habiendo leído El Gatopardo, pasear por Buenos Aires con Borges o Bioy Casares en el recuerdo, o caminar por Hisarlik sabiendo que allí hubo una ciudad llamada Troya, y que los zapatos del viajero llevan el mismo polvo por el que Aquiles arrastró el cadáver de Héctor atado a su carro.
    Pero eso no ocurre sólo con libros ya escritos, sino también con libros por escribir, cuando es el propio viajero quien puebla los lugares con su imaginación. Eso me ocurre con frecuencia, pues pertenezco a la clase de escritor que suele situar las escenas de sus novelas en sitios reales. Pocas sensaciones conozco tan agradables como caminar por ellos con maneras de cazador y el zurrón abierto mientras una historia fragua en tu cabeza; entrar en un edificio, caminar por una calle y decidir: este sitio me conviene, lo meto en mi historia. Imaginar a los personajes moviéndose por el mismo lugar, sentados donde estás, mirando lo que miras. Comparada con el acto de escribir, esa fase previa es aún más excitante y fértil, hasta el extremo de que ciertos momentos de la escritura, su materialización en tinta, papel o pantalla de ordenador, pueden presentarse luego como acto burocrático y hasta ingrato. Nada es parecido al impulso de inocencia original, el principio, la génesis primera de una novela cuando el escritor se acerca a la historia por contar como a alguien de quien acabara de enamorarse.” (pp. 150-151)

martes, 12 de julio de 2016

Steve Tesich
KAROO
Barcelona, 2013, Seix Barral.



“La respuesta que encuentro es la siguiente: la maldad monolítica resulta irresistible porque plantea la posibilidad de la bondad monolítica entendida como fuerza que la compensa. (…)
El mismo principio rige mis mentiras crónicas. No miento porque me dé miedo la verdad, sino más bien a modo de intento desesperado de preservar su existencia. Cuando miento, siento que me estoy escondiendo de la verdad. Lo que me da miedo es que si alguna vez dejo de esconderme de ella, tal vez descubra que la verdad no existe.” (pp. 157-158)

“Debido a que era un escritorzuelo de la peor calaña que jamás se había acercado ni tan sólo a concebir una obra de arte verdadera, yo veneraba el arte de una forma que los artistas de verdad no podrían entender nunca. Para un artista de verdad, era algo normal. Para mí, el arte era un milagro, el único milagro que podían hacer los hombres en la Tierra.” (p. 264)

“Y todo lo que sea irreversible me genera terror.” (p. 419)

Luther Blisset
Q
Barcelona, 2003, Random House Mondadori.


“El viento golpea contra las tablas de la puerta como un perro enloquecido. Las velas parecen vacilar también aquí dentro, como si pudieran ser alcanzadas por el gélido soplo del invierno. Así, los recuerdos se entremezclan y tiemblan, recorridos aún por los estremecimientos de aquella rabia: fueron los días de la tempestad. Yacijas, a cuyo lado este catre diríase un lecho principesco; niños flacos y sucios, rostros llenos de dignidad incapaces de un lamento que se henchían de ansias de liberación; siempre en camino, pasando por alquerías, burgos, aldeas. Éramos sembradores diligentes, que prendíamos la chispa de la guerra contra los usurpadores de la gloria de Dios, los opresores de Su pueblo. Vi hoces transformarse en espadas, azadas convertirse en lanzas, y hombres sencillos dejar el arado para trocarse en los más impávidos guerreros. Vi a un pequeño leñador tallar un gran crucifijo y ponerse a la cabeza de las filas de Cristo como el capitán del más invencible de los ejércitos. Vi todo esto y vi a aquellos hombres y a aquellas mujeres unir su fe y hacer de ella una bandera de venganza. El amor animaba los corazones con ese único fuego que nos inflamaba interiormente: éramos libres e iguales en el nombre de Dios y habíamos hendido las montañas, detenido los vientos, dado muerte a todos nuestros tiranos para hacer realidad Su reino de paz y de fraternidad. Podíamos hacerlo, por fin podíamos hacerlo: la vida nos pertenecía.” (p. 108)

sábado, 4 de junio de 2016

Johann Wolfgang von Goethe
FAUSTO
Madrid, 1997, Cátedra.



La vida del hombre está en la sangre, y ¿dónde bulle la sangre como en el joven? La sangre viva, en fresco vigor, es la que, de la vida, hace brotar una vida nueva. Allí todo se agita, allí se hace algo; lo débil sucumbe, lo fuerte progresa. En tanto que nosotros hemos conquistado medio mundo, ¿qué habéis hecho vosotros, pues? Dar cabezadas, cavilar, soñar, examinar; planes y siempre planes. No hay duda: la vejez es una fiebre fría en medio del calofrío de una impotencia caprichuda. Aquel que ha pasado de los treinta años, está ya lo mismo que muerto. Lo mejor fuera quitaros la vida a tiempo.” (p. 298)

Frederik Pohl
PÓRTICO
Barcelona, 2005, Ediciones B.



“Hay personas que nunca sobrepasan un cierto punto en su desarrollo emocional. No pueden llevar una vida normal, despreocupada y de concesiones mutuas con un compañero sexual más que un corto espacio de tiempo. Hay algo en su interior que no tolera la felicidad. Cuanto mayor es ésta, más necesidad tienen de destruirla.” (p. 226)

Julio Verne
LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS
Torrejón de Ardoz, 1984, Akal.


“Este barrio indígena de Yokohama se llama Benten, nombre de una diosa marina adorada en las islas cercanas. Allí se veían admirables alamedas de pinos y cedros; puertas sagradas de extraña arquitectura; puentes envueltos entre los cañaverales y bambúes; templos resguardados bajo su cúpula inmensa y melancólica de cedros seculares; monasterios bonzos tras cuyas paredes vegetaban sacerdotes budistas y sectarios de la religión de Confucio; calles interminables, donde hubiera podido recogerse una abundante cosecha de niños de tez sonrosada y mejillas rojas, figuritas que parecían recortadas de algún biombo indígena, y que jugaban entre caniches de piernas cortas y gatos amarillentos sin rabo, tan perezosos como mansos.
    En las calles todo era movimiento y vaivén incesante; bonzos que pasaban en procesión, redoblando sus monótonos tambores; yakuninos, oficiales de la aduana o de la policía; con sombreros puntiagudos incrustados de laca y dos sables en el cinto; soldados vestidos de percal azul con rayas blancas y armados con fusiles de percusión; soldados del mikado, embutidos en su justillo de seda, con loriga y cota de malla, y otros muchos militares de diversas condiciones, porque en el Japón la profesión de soldado es tan distinguida como despreciada en China. Además, hermanos postulantes, peregrinos de largas vestiduras, simples ciudadanos de cabellos lacios y negros como el ébano, cabeza abultada, busto largo, piernas delgadas, estatura baja y tez cuyo tono variaba desde el cobre oscuro hasta el blanco mate, pero nunca amarillo como los chinos, de quienes los japoneses se diferencian esencialmente. Por último, entre carruajes, palanquines, carros, carretillas, cangos mullidos (verdaderas literas de bambú), con los pies calzados con zapatos de tela, sandalias de paja o zuecos de madera labrada, circulaban con paso menudo mujeres de escasa hermosura, ojos oblicuos, pecho deprimido, dientes negros, a la usanza del día, pero vistiendo con elegancia el kirimón nacional, especie de vestido cruzado con una banda de seda, cuya ancho cinturón forma detrás un extravagante nudo que las modernas parisienses parecen haber copiado de las japonesas.” (pp. 176-177) 
[Las cursivas pertenecen al texto.]
Hans Magnus Enzensberger
MIGAJAS POLÍTICAS (II)
Barcelona, 1985, Anagrama.



“Un poder policial que se exhiba en la calle, de manera brutal y sin tapujos, tiene siempre una acción polarizante; empuja a millones de personas a la oposición y provoca conflictos profundos y duraderos. Su lógica es la de la guerra civil latente. Los nuevos métodos «científicos» del control social, por el contrario, apuntan a la integración; son demasiado clínicos, demasiado incruentos como para despertar fuertes sentimientos masivos, como el odio y la solidaridad.” (p. 83)

“-Pese a todo -apunté-, el conjunto se mueve todavía.
-Sí, pero, ¿por qué? Porque aquellos que intervienen en el tránsito no se atienen a las reglamentaciones. La estricta observancia del código de circulación sería el fin de la circulación. En todas las grandes ciudades germano-occidentales, de un 55 a un 60% de todos los casos de aparcamiento o parada de un vehículo son ilegales. La regla sólo puede ser mantenida al precio de su infracción continua. La anarquía evita el caos. Y si esto reza para la conducción de vehículos, puedo imaginarme entonces muy vívidamente cómo será en el caso de la política. No, señor canciller, en verdad que no es usted alguien a quien envidiar.” (p. 91)

“El mensaje más importante de la sección económíca, repetido involuntariamente día tras día, reza: allí donde se trata de dinero, nada se le ha perdido a la democracia.” (p. 103)

“Los únicos que siempre tienen razón cuando protestan contra la riqueza son los pobres. Su crítica es inequívoca, y sólo puede ser refutada por la práctica. Pero ésta no va encaminada a acabar con la riqueza, sino con la pobreza.” (p. 168)

“El concepto de normalidad es una bazofia terminológica, una masa con consistencia de gachas, que se endurece en las manos, pero que permanece viscosa y se desintegra en cuanto uno se la acerca con un instrumento cortante. De nada vale abordarla de manera definida. La normalidad se le despedaza a uno, sólo se puede tomar a cucharadas.” (p. 189)

Benito Pérez Galdós
MIAU
Madrid, 1999, Alianza Editorial.

 

“Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo afectaba no creer, o realmente no creía, iba por las tardes al Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose del expedienteo, fumando algún cigarrillo y sirviendo de asesor a los empleados noveles o inexpertos que le consultaban cualquier punto oscuro de la enrevesada Administración.
   Profesaba Villaamil entrañable cariño a la mole colosal del Ministerio; la amaba como el criado fiel ama la casa y familia cuyo pan ha comido durante luengos años; y en aquella época funesta de su cesantía visitábala él con respeto y tristeza, como sirviente despedido que ronda la morada de donde le expulsaron, soñando en volver a ella. Atravesaba el pórtico, la inmensa crujía que separa los dos patios, y subía despacio la monumental escalera encajonada entre gruesos muros, que tiene algo de feudal y de carcelario a la vez. Casi siempre encontraba por aquellos tramos a algún empleado amigote que subía o bajaba. «Hola, Villaamil, ¿qué tal?». «Vamos tirando.» Al llegar al principal titubeaba antes de decidir si entraría en Aduanas o en el Tesoro, pues en ambas Direcciones le sobraban conocidos; pero en el segundo prefería siempre Contribuciones o Propiedades. Los porteros le saludaban, y como Villaamil era tan afable, siempre echaba un párrafo con ellos. Si era tarde, les encontraba con la paletada de brasas, resto de las chimeneas, cuyo último fuego sirve para alimentar los braseros de las porterías; si temprano, llevando papeles de una oficina a otra o transportando bandejas con vasos de agua y azucarillos. «Hola, Bermejo, ¿cómo va?» «Tal cual, D. Ramón, y sintiendo mucho no verle a usted todos los días por aquí.» «Dígame, ¿y Ceferino?» «Ha pasado a Impuestos. El pobre Cruz fue el que cascó.» «¿Qué me cuenta usted? Hombre; si le vi el otro día tan bueno y tan sano. ¡Qué mundo éste! Vamos quedando pocos de aquella fecha. Cuando yo entré aquí, en tiempos de don Juan Bravo Murillo, ya estaba Cruz en la casa... Mire usted si ha llovido... Pobre Cruz, lo siento.»” (pp. 189-190)

[Las cursivas pertenecen al texto.]
Hans Magnus Enzensberger
MIGAJAS POLÍTICAS (I)
Barcelona, 1985, Anagrama.



“La encarnación del oportunismo predicaba contra el oportunismo, el perfecto acomodaticio desencadenaba su furia contra la adaptación, el versado imbécil ponía el grito en el cielo por la imbecilidad.” (p. 8)

“Un algo prescriptivo, hasta burocrático, es propio de todo radicalismo que no sabe basarse más que en principios. Quien habla de fidelidad a los principios ha olvidado que sólo puede traicionarse a personas, no a ideas.” (p. 13)

“Las salidas al dilema de principios de la etnología son exiguas y precarias. Se puede postular, naturalmente, la igualdad de derechos de todas las sociedades humanas y exigir que toda comunidad sea descrita y enjuiciada a partir de sus premisas propias. Pero esto es más fácil decirlo que hacerlo. Un relativismo consecuente presupone a un observador que estuviese en condiciones de dejarse en casa su propio bagaje cultural. Ese científico no sólo tendría que ser un maestro en el lavado de cerebro, sino que tendría que ser también capaz de aplicárselo a sí mismo. Sólo entonces se habría desembarazado, como etnólogo, de sus prejuicios europeos, pero con ellos, por cierto, también de su ciencia.” (p. 29)

[La cursiva pertenece al texto.]

“La fuerza vital de Occidente se basa, en última instancia, en lo negativo del pensamiento europeo, en su eterna insatisfacción, en su ávido desasosiego, en sus defectos. La duda, la autocrítica y hasta el odio a sí mismo son su fuerza productiva más importante. El que no podamos aceptarnos a nosotros ni a lo que nosotros hemos producido es nuestra fuerza. De ahí que observemos el eurocentrismo como un pecado de la conciencia. La civilización occidental se alimenta de lo que pone en tela de juicio, bien sean bárbaros o anarquistas, indios o bolcheviques. Y cuando ya no existe un exterior cultural, entonces producimos precisamente a nuestros propios salvajes: freaks tecnológicos, políticos, psíquicos, culturales morales y religiosos. El caos, el malestar y la ingobernabilidad son nuestra única oportunidad. La desunión hace la fuerza.” (p. 45)

“Todavía puedo acordarme muy bien de la policía política con la que nos las teníamos que ver en 1968. Los funcionarios eran de una ignorancia increíble. No tenían la más mínima idea de la historia del movimiento obrero y se imaginaban seriamente que todo aquel que participase en una manifestación estaba «pagado por Moscú». Muchos de ellos padecían de un claro fetichismo de las armas; sus energías inconscientes eran el resultado de una oscura mezcolanza de miedo, resentimiento, prejuicio y paranoia. Se aferraban con una especie de pasión a sus desvaríos, a los que solían llamar su filosofía propia. Entre ellos había muchos racistas. Por los juicios que emitían podía deducirse que detestaban a los extranjeros, a los judíos, a los comunistas, a las personas de cabello largo, a los homosexuales, a los artistas y a los intelectuales. Ante los argumentos críticos, no importa de qué índole, reaccionaban con estupor y rabia desmedida. Las concepciones que tenían sobre la realidad existente fuera de sus oficinas eran nebulosas, y su modo de pensar tenía rasgos más bien simbólicos que analíticos. De ahi que no tenga nada de asombroso el que las operaciones realizadas por aquellos mantenedores del orden público se viesen raramente coronadas por el éxito.” (pp. 76-77)
Francisco de Quevedo
POEMAS ESCOGIDOS
Madrid, 1981, Castalia.


CONVENIENCIAS DE NO USAR DE LOS OJOS, DE LOS
OÍDOS, Y DE LA LENGUA

Oír, ver y callar remedio fuera
en tiempo que la vista y el oído
y la Lengua pudieran ser sentido
y no delito que ofender pudiera.
Hoy, sordos los remeros con la cera,
golfo navegaré que (encanecido
de huesos, no de espumas) con bramido
sepulta a quien oyó voz lisonjera.
Sin ser oído y sin oír, ociosos
ojos y orejas, viviré olvidado
del ceño de los hombres poderosos.
Si es delito saber quién ha pecado,
los vicios escudriñen los curiosos:
y viva yo Ignorante, e Ignorado.” (p. 86)

Jean Echenoz
RELÁMPAGOS
Barcelona, 2012, Anagrama.



“De todos los financieros que Gregor habrá tenido ocasión de conocer, John Pierpont Morgan es el más rico. A decir verdad, incluso es el más poderoso del mundo, y despliega sus actividades y se embolsa dividendos en los ámbitos más clásicamente lucrativos y variados: petróleo, gas, carbón, madera, ferrocarriles, marina y construcción por ceñirse tan sólo a los principales: Júpiter del dólar, Frankestein en los negocios, John Pierpoint Morgan es un bruto insensible y colérico cuya envidiable divisa se reduce a tres directrices: piensen mucho, hablen muy poco, no escriban nada.
   Anormalmente fornido, hombros de paquidermo y mirada de pitón, John Pierpont Morgan prefiere asimismo que se le vea lo menos posible, que su imagen en cualquier caso no circule en absoluto. Pero el que odie por encima de todo que se le fotografíe no obedece tanto a un afán de discreción como a la existencia de su nariz. Jamás hombre alguno ha poseído ni poseerá tamaña nariz, ninguno sufrirá tanto por semejante apéndice enorme y violáceo, surcado de grietas, atestado de nódulos, atravesado por fisuras, prolongado por pedúnculos y enmarañado de pelos. En las contadas fotos suyas de que se dispone, por más que existan instrucciones de que sean retocadas so pena de muerte, parece ya a punto de mandar ejecutar al fotógrafo.” (pp. 95-96)
Italo Calvino
POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS
Barcelona, 1995, Tusquets.



“La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos oríginales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él.” (pp. 15-16)

“La naturaleza es eterna, sagrada y armoniosa, pero deja un amplio margen a la aparición de fenómenos prodigiosos inexplicables. ¿Qué conclusión general hemos de extraer? ¿Que se trata de un orden monstruoso, hecho enteramente de excepciones a la regla? ¿O de reglas tan complejas que escapan a nuestro entendimiento?” (p. 48)

“Podríamos reconocer las interrogaciones que acompañaron la constitución de la antropología como ciencia. ¿Debe una antropología tratar de salir de una perspectiva «humanista» para alcanzar la objetividad de una ciencia de la naturaleza? Los hombres del libro VII, ¿cuentan más en la medida en que son «otros», diferentes de nosotros, tal vez ya no o todavía no humanos? Pero, ¿es posible que el hombre salga de la propia subjetividad hasta el punto de tomarse a sí mismo como objeto de ciencia?” (p. 53)
[Calvino se refiere al libro VII de la Historia Natural de Plinio el Viejo.]

“Una de las páginas más bellas y más importantes del Dialogo (jornada I) es el elogio de la Tierra como objeto de alteraciones, mutaciones, generaciones. Galileo evoca con espanto la imagen de una Tierra de jaspe, de una Tierra de cristal, de una Tierra incorruptible, incluso transformada por la Medusa.
   «No puedo oír sin gran asombro y, diría, sin gran repugnancia de mi intelecto, que se atribuya a los cuerpos naturales que componen el universo, como título de gran nobleza y perfección, el ser impasibles, inmutables, inalterables, etc., y por el contrario que se estime una grave imperfección el hecho de ser alterables, engendrables, mudables, etc. Por mi parte, considero la Tierra muy noble y muy digna de ser admirada precisamente por las muchas y tan diversas alteraciones, mutaciones, generaciones, etc., que en ella constantemente se producen y si no estuviera sujeta a ningún cambio, si sólo fuera un vasto desierto o un bloque de jaspe, o si, después del diluvio, al retirarse las aguas que la cubrían sólo quedara de ella un inmenso globo de cristal donde no naciera ni se alterase o mudase cosa alguna, me parecería una masa pesada, inútil para el mundo, perezosa, en una palabra, superflua y como extraña a la naturaleza, y tan diferente de ella como lo sería un animal vivo de un animal muerto, y lo mismo digo de la Luna, de Júpiter y de todos los otros globos del mundo […]. Los que exaltan tanto la incorruptibilidad, la inalterabilidad, etc., creo que se limitan a decir esas cosas cediendo a su gran deseo de vivir el mayor tiempo posible y al terror que les inspira la muerte, y no comprenden que si los hombres fuesen inmortales, no hubieran tenido ocasión de venir al mundo. Estos merecerían encontrarse con una cabeza de Medusa que los transmutase en estatuas de jaspe o de diamante para hacerlos más perfectos de lo que son.»” (pp. 96-97)

[Calvino se refiere a la obra Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, de Galileo Galilei.]

“La división del espacio en un campo anterior y un campo posterior no es sólo una de las más elementales operaciones humanas con las categorías. Es un dato de partida común a todos los animales, que comienza muy pronto en la escala biológica, a partir del momento en que existen seres vivientes que se desarrollan ya no según una simetría radiada, sino según un esquema bipolar, localizando en una extremidad del cuerpo los órganos de relación con el mundo exterior: una boca y ciertas terminaciones nerviosas, algunas de las cuales se convertirán en aparato visual. Desde ese momento el mundo se identifica con el campo anterior, del que es complementaria una zona de lo incognoscible, del no-mundo, de la nada, que está detrás del observador. Desplazándose y sumando loscampos visuales sucesivos, el ser viviente logra construirse un mundo circular completo y coherente, pero siempre se trata de un modelo inductivo cuya verificación no será nunca satisfactoria.” (p. 219)
Nathanael West
EL DÍA DE LA LANGOSTA
Madrid, 2008, Planeta.



“Las lágrimas sólo les sirven a los que todavía tienen esperanzas. Cuando acaban de llorar, se sienten mejor. Pero los que, como Homer, no esperan nada, y cuya angustia es básica y permanente, nada bueno consiguen con llorar. Nada cambia para ellos. Normalmente lo saben, pero no pueden evitar las lágrimas.” (p. 85)
[Como curiosidad, hay que decir que el citado Homer, cuyo nombre completo es Homer Simpson, es el personaje que inspiró a a Matt Groening para su famosa serie de animación. Aparte de la homonimia, ambos personajes son radicalmente antitéticos.] 

 
“Se pasaba las noches en las diferentes iglesias de Hollywood, dibujando a los fieles. Visitó la «Iglesia Física de Cristo», donde se alcanzaba la santidad mediante el uso constante de cilicios y pesas sobre el pecho; la «Iglesia Invisible», donde adivinaban el porvenir y pedían a los muertos que encontrasen objetos perdidos; el «Tabernáculo del Tercer Adviento», donde una mujer vestida de hombre predicaba la «Cruzada contra la Sal»; y el «Templo Moderno», bajo cuyo techo de cristal y cromo enseñaban la «Respiración Cerebral, el Secreto de los Aztecas».” (p. 151)

“Volver al útero: qué manera tan perfecta de escapar. Mucho mejor que la religión o el arte o las islas de los mares del Sur. Allí se estaba tan caliente y a gusto, y la alimentación era automática. Un hotel perfecto. No era de extrañar que el recuerdo de aquel alojamiento persistiera en la sangre y los nervios de todo el mundo. Estaba oscuro, sí, pero qué tibia, qué agradable oscuridad. Nada que ver con una tumba. No era de extrañar que uno luchase tan desesperadamente para que no lo echasen de allí cuando acababan los nueve meses del contrato de arrendamiento.” (p. 198)


miércoles, 11 de mayo de 2016


Miguel Hernández
EL RAYO QUE NO CESA
Madrid, 1988, Espasa Calpe.


“Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.” (p. 118)

[De la Elegía a Ramón Sijé.]

Cesare Pavese
EL DIABLO SOBRE LAS COLINAS
Estella, 1982, Salvat Editores.



“En los bancos del jardín de la estación, bajo la escasa sombra de aquellos arbolillos, dormían a boca abierta dos mendigos. Descamisados, cabellos y barba revueltos, parecían gitanos. Los urinarios se hallaban cerca y, aunque la noche supiera a fresco de verano, reinaba en aquel lugar un tufo fuerte que se resentía de un largo día caluroso, sol, movimiento y barullo de sudor, de asfalto derretido, de multitud sin paz. Por la noche, en aquellos bancos -flaco oasis en el corazón de Turín-, suelen sentarse mujeres, solitarios, vendedores ambulantes, despistados, y se aburren, esperan, envejecen. ¿Qué es lo que esperan? Pieretto decía que algo grande: el hundimiento de la ciudad, el Apocalipsis. A veces una tormenta de verano los barría de allí y lavaba toda clase de huellas.” (p. 15)

“La noche antes habíamos dado vueltas y más vueltas por el pueblo, por la plaza, animados por el vino y por el fresco; saludábamos y reíamos con la gente; habíamos oído cantar. Había un grupo de jóvenes que gritaba y llamaban a Oreste; el párroco, que paseaba a la sombra de las casas, y no nos perdía de vista. Palabras y bromas cambiadas bajo las estrellas, sin ver bien las caras, con una mujer, con un viejo, con alguno de nosotros, y que me produjeron una extraña alegría, un sentido festivo e irresponsable que los asaltos del viento tibio, el parpadeo de las estrellas y las luces lejanas prolongaban hasta el porvenir, a la vida entera. Los niños en la plaza se perseguían ensordecedores. Habíamos hecho proyectos, nombrado los pueblos diseminados por los alrededores, hablado de los vinos que había que beber, de los placeres que nos esperaban, de la vendimia.” (p. 67)

Philip K. Dick
UBIK
Arganda del Rey, 2009, La Factoría de Ideas.


“-La verdadera amenaza son los comunistas, no los alemanes –manifestó Bliss-. Por ejemplo, la cuestión de los judíos: ¿sabe quién la desorbita? Los judíos que hay en este país, viviendo la mayoría no como ciudadanos sino como refugiados, a expensas del tesoro público. Desde luego, opino que los nazis se han excedido un poco en algunas de las cosas que les han hecho, pero básicamente la cuestión judía existía desde tiempo atrás y había que hacer algo al respecto. Aquí en los Estados Unidos tenemos problemas parecidos, con los judíos y los negrazos. A la larga habrá que hacer algo con ellos.” (pp. 177-178)

Andrea Camilleri
LA DANZA DE LA GAVIOTA
Barcelona, 2012, Salamandra.


“Se bebió el café de mala gana, pidió un periódico, se sentó y se puso a leer. Todo puro parloteo y cháchara.
El gobierno parloteaba, la oposición parloteaba, la Iglesia parloteaba, la patronal parloteaba y los sindicatos parloteaban, y además la prensa parloteaba sobre una pareja importante que se había separado, sobre un fotógrafo que fotografiaba lo que no debía, sobre el hombre más rico y poderoso del país, al cual su esposa había escrito una carta abierta para reprenderlo por ciertas palabras dichas a otra mujer, parloteaba y requeteparloteaba sobre los albañiles que caían como peras maduras de los andamios, sobre los inmigrantes clandestinos que morían ahogados en el mar, sobre los pensionistas reducidos a la miseria, sobre los niños violados...
Se parloteaba sin parar y por doquier de cualquier problema, siempre en vano, sin que el parloteo se transformara nunca en la más mínima medida, en ningún hecho concreto...
Montalbano decidió que había que modificar el artículo 1 de la Constitución en los siguientes términos: «Italia es una República basada en la venta de droga, el retraso sistemático y el parloteo vano.»” (pp. 12-13).

“Recordó una antigua orden de la marina borbónica que se daba cuando, después de días de bonanza, se quería poner en movimiento a la tripulación para que no se sumiera en el tedio: «A la orden de armen barullo / los que están en la proa pasan a popa / los que están en la popa pasan a proa / los que están en cubierta van abajo / los que están abajo suben a cubierta.» Una actividad tan frenética como inútil, que sólo servía para moverse sin ninguna finalidad. En el fondo, esa antigua orden borbónica era una metáfora de la burocracia.” (p. 88)

“Dulce y clara era la noche, y sin viento. Y la luna, en vez de hallarse sobre los huertos, flotaba sobre el mar. El otoño sentía que tenía los días contados y se abandonaba a su fin con una especie de melancólica languidez un tanto distraída, porque se dejaba invadir por días y noches primaverales sin oponer resistencia.” (p. 126)

[Camilleri hace referencia a los versos "Dolce e chiara è la notte e senza vento", pertenecientes al canto La sera del dí di festa, de G. Leopardi:

"Dolce e chiara è la notte e senza vento,
E queta sovra i tetti e in mezzo agli orti
Posa la luna, e di lontan rivela
Serena ogni montagna."

"Dulce y clara es la noche y calla el viento;
y quieta sobre huertos y tejados
posa la luna y a lo lejos muestra
serena cada monte."
[Trad. de María de la Nieves Muñiz Muñiz. Cátedra.]
Charles Dickens
OLIVER TWIST (I)
Madrid, 2012, Alianza Editorial



“Había leído montones de cosas sobre ladrones: tipos atractivos (en su mayoría amables), impecables de vestido, repletos de bolsillo, entendidísimos en caballos, decididos en porte, afortunados en el galanteo, estupendos con una copla, una botella, una baraja o un cubilete, y dignos émulos del más valiente. Pero nunca me había topado (excepto en Hogarth), con la lamentable realidad. Me pareció que agavillar a los criminales que existían en la vida real, describirlos en toda su fealdad, en toda su miseria, en toda la sórdida pobreza de sus vidas, mostrarlos tal y como son, zafándose eterna y desasosegadamente por los más inmundos senderos de la vida, con una enorme, negra y espantosa horca cerrándoles el camino se vuelvan hacia donde se vuelvan, me pareció, digo, que emprender esto era cosa que se estaba necesitando y que sería rendir un servicio a la sociedad. Por eso lo hice lo mejor que pude.” (pp. 8-9)
[La cita procede de la introducción que el propio Dickens hace de su obra. Aunque la edición que manejo no lo dice, he podido averiguar que se trata del prefacio a la tercera edición inglesa de 1841.]

viernes, 25 de marzo de 2016

Ignacio Martínez de Pisón
LA BUENA REPUTACIÓN
Barcelona, 2014, Seix Barral.



“Ocurría, simplemente que los problemas de la vida real quedaban reducidos a bien poca cosa cuando se ponía a escribir sobre ellos, y cualquier detalle que un rato antes podía haberla irritado o enfurecido parecía desactivarse en cuanto pasaba a formar parte del texto. El mero hecho de escribir la colocaba por encima del mundo, la hacía volar hasta una cumbre indeterminada desde la que todo parecía pequeño, insignificante, y en la que resultaba más fácil estar a buenas consigo misma y con los demás. Era como estar contemplando el presente desde un futuro lejano, cuando de esas heridas apenas si quedara el recuerdo de la cicatriz. Eso le proporcionaba, ¿cómo decirlo?, grandeza.” (p. 259)

“Pero ocurrió justo al revés. A medida que el paso de los días iba atenuando el miedo a la justicia, la culpa emergía como un islote en mitad de la niebla: rocosa, intacta, irreductible. La culpa estaba en todas partes. Era como un barniz que, aplicado sobre la realidad, la degradaba hasta volverla intolerable. La ciudad le hastiaba, los días soleados le repelían por soleados y los nublados por nublados, la gente le parecía hostil y chabacana, hasta la comida había perdido sabor... No encontraba nada a su alrededor que le procurara un mínimo de alivio o satisfacción, y todo le exigía un esfuerzo inmenso del que no se sentía capaz.”
Cornelius Castoriadis
EL AVANCE DE LA INSIGNIFICANCIA (IV)
Buenos Aires, 1997, EUDEBA.



“Que yo sepa no hubo una sola guerra entre naciones cristianas en que las armas de los beligerantes no hayan sido bendecidas por sus respectivas Iglesias. La razón de Estado es infinitamente más fuerte que la razón práctica y que los Diez Mandamientos.” (p. 259)

“Recordemos solamente, para remontarnos un poco en el tiempo, que Jehová entrega los Diez Mandamientos («incluyendo el no matarás») a Moisés en el desierto, pero cuando los hebreos entran en Palestina -tierra que les había prometido- exterminan con su consentimiento a todos los pueblos no judíos que habitaban el país. Pero los hebreos tienen al menos el mérito de que una vez completada la conquista se establecen allí y dejan a los demás en paz. No así los cristianos y musulmanes. Para éstos es imperativo convertir a los infieles a hierro, sangre y fuego.” (p. 260)



sábado, 19 de marzo de 2016



Cornelius Castoriadis
EL AVANCE DE LA INSIGNIFICANCIA (III)
Buenos Aires, 1997, EUDEBA.


“Por el contrario hay algo que es la especificidad, la singularidad y el pesado privilegio de Occidente: esta secuencia histórico-social que comienza con Grecia y vuelve a aparecer, a partir del siglo XI, en Europa occidental, es la única en la que se ve aparecer un proyecto de libertad, de autonomía individual y colectiva, de crítica y de autocrítica: el discurso de la denuncia de Occidente es la más impactante confirmación de la misma. Pues somos capaces en Occidente, al menos algunos de nosotros, de denunciar el totalitarismo y el colonialismo, la trata de negros o la exterminación de los indios en América. Pero no he visto a los descendientes aztecas, a los hindúes o a los chinos hacer una autocrítica análoga, y sigo viendo hoy a los japoneses negar las atrocidades que cometieron durante la Segunda Guerra Mundial. Los árabes denuncian sin cesar su colonización hecha por los europeos, imputándole todos los males que sufren -la miseria, la falta de democracia, la detención del desarrollo de la cultura árabe, etc.-. Pero la colonización de algunos países árabes hecha por los europeos duró, en el peor de los casos, ciento treinta años: es el caso de Argelia, de 1830 a 1962. Sin embargo, estos mismos árabes fueron reducidos al esclavismo y colonizados por los turcos durante cinco siglos. La dominación turca en el cercano Oriente comienza en el siglo XV y termina en 1918. Pero resulta que como los turcos eran musulmanes, los árabes no hablan de esto. La difusión de la cultura árabe se detuvo hacia el siglo XI, a lo sumo en el siglo XII, ocho siglos antes de que fuera objeto de una conquista por Occidente. Y esta misma cultura se había forjado sobre la conquista, sobre la exterminación y/o la conversión más o menos forzada de las poblaciones conquistadas. En Egipto, en el año 550 de nuestra era, no había árabes, no más que en Libia, en Argelia, en Marruecos o en Irak. Están allí como descendientes de los conquistadores que vinieron a colonizar estos países y a convertir, por las buenas o por las malas, a las poblaciones locales. No obstante, no veo ninguna crítica de estos hechos en el círculo de las civilizaciones árabes. Asimismo, se habla de la trata de negros por los europeos a partir del siglo XVI, pero nunca se dice que la trata y la reducción sistemática de negros a la esclavitud fueron introducidas en África por los mercaderes árabes a partir del siglo XI y XII (con la participación cómplice, como de costumbre, de los reyes y jefes de las tribus negras), que la esclavitud nunca fue abolida espontáneamente en ningún país islámico y que aún subsiste en cierto número de ellos. No digo que todo esto borre los crímenes cometidos por los occidentales, solamente digo esto: que la especificidad de la civilización occidental es esta capacidad de cuestionarse y autocriticarse. Hay en la historia occidental, como en todas las otras, atrocidades y horrores, pero sólo Occidente creó esta capacidad de cuestionamiento interno, de puesta en cuestión de sus propias instituciones y de sus propias ideas, en nombre de una discusión razonable entre seres humanos que sigue estando indefinidamente abierta y que no está sujeta a ningún dogma último.” (pp. 116-118)
Alfredo Conde
LOS OTROS DÍAS
Barcelona, 1991, Destino.



“Un instrumento no es un mueble. Stradivarius, Guarnierius, Amati, lo sabían muy bien. Una viola de gamba, por ejemplo la que yo fabricaba febrilmente durante los primeros días de mi reclusión, tiene comportamiento. Los muebles pueden crepitar por las noches, pero las violas se resfrían, o se sienten afectadas por los cambios atmosféricos, o por la temperatura del cuerpo humano y, en multitud de ocasiones, hay que arroparlas porque sus voces son otras y apagadas. ¡Cómo las abrazan sus dueños muchas veces, para darles calor con sus cuerpos y mantenerlas en la tensión que el concierto exige de ellas!” (p. 66.)
 
“Un director no es un marcador de compás, ni mucho menos; está al frente de la orquesta tan sólo para conformar el sentimiento de muchos y fundirlo en uno solo que es el suyo propio. Y no es poco. Cuando esos sentimientos se aúnan, cuando la armonía mana, surge el milagro y, quien lo contempla, puede al sollozo o al silente fluir de las lágrimas. Si los sentimientos del autor, orquesta, director y espectador llegan a ser el mismo, si eso llega a suceder, el tiempo entonces se detiene y el universo mundo queda pendiente de una nota, acaso de un silencio, quiza de un crescendo que galopa el aire como una estampida de alientos largamente contenidos.” (pp. 163-164)
Cornelius Castoriadis
EL AVANCE DE LA INSIGNIFICANCIA (II)
Buenos Aires, 1997, EUDEBA.



“La sociedad posee una capacidad terrible de sofocar cualquier divergencia verdadera, ya sea callándola o bien haciendo de ella un fenómeno entre otros, comercializado como los otros.
Podemos seguir detallando aún más. Tenemos la traición hecha por los críticos mismos de su rol de críticos; tenemos la traición de parte de los autores de su responsabilidad, de su rigor; tenemos la vasta complicidad del público, que está lejos de ser inocente en este asunto, ya que acepta el juego y se adapta a lo que se le da. El conjunto se instrumentaliza, se utiliza por un sistema que en sí mismo es anónimo. Todo esto no surge de un dictador, o de un puñado de capitalistas, o de un grupo de formadores de opinión: es una inmensa corriente histórico-social que va en esta dirección y que hace que todo se transforne en insignificante. La televisión ofrece, evidentemente, el mejor ejemplo de ello: el hecho de que algo se sitúa en el centro de la actualidad durante veinticuatro horas, se transforma en insignificante y deja de existir veinticuatro horas después porque ya se encontró o habrá que encontrar otra cosa que ocupe su lugar. Culto de lo efímero que exige al mismo tiempo una contracción extrema: lo que en la televisión norteamericana se llama attention span, es decir la duración útil de la atención de un espectador, era de diez minutos hace algunos años, reduciéndose gradualmente a cinco minutos, luego a un minuto y, ahora, a diez segundos. El spot televisivo de diez segundos es considerado como el medio de comunicación más eficaz, es el que se utiliza durante las campañas presidenciales, y es totalmente comprensible que estos spots no contengan nada sustancial, sino que estén dedicados a insinuaciones difamatorias. Aparentemente, es lo único que el espectador es capaz de asimilar. Esto es verdadero y falso a la vez. La humanidad no se ha degenerado biológicamente, la gente sigue siendo capaz de prestar atención a un discurso argumentado y relativamente largo; pero también es cierto que el sistema y los medios «educan» -a saber, deforman sistemáticamente- a la gente de manera tal que no puedan interesarse finalmente por algo que supere algunos segundos o, en rigor, algunos minutos.” (pp. 108-109)

[Las cursivas pertenecen al texto.]
Kjartan Fløgstad
GRAN MANILA (III)
Madrid, 2012, Lengua de Trapo.



"Por no hablar de cuando hacía el gesto más proletario del mundo: meter la mano derecha en el bolsillo trasero para sacar la cartera. Es la manera que tiene el pobre de mostrar que es una persona que puede y quiere pagar sus cuentas. El objeto que saca para esta demostración está hecho de piel y cuero, como si estuviera cosido con piel de su propio cuerpo, como si fuera un trozo de sí mismo lo que ofrece al sacar la cartera y abrirla. Pero ese movimiento hacia el bolsillo trasero se parece también al de rascarse el culo. De esa manera resulta doblemente sucio y plebeyo, y peor y más desagradable cuanto más gorda sea la cartera. Los indios americanos no entendían qué querían hacer los conquistadores españoles con todo ese oro que tanto anhelaban. En el sur de Chile se cuenta que la tribu mapuche hizo prisionero al conquistador Pedro de Valdivia. Con el fin de acabar de una vez por todas con su sed de oro, le obligaron a beber oro derretido. Tampoco los aztecas de México entendían esa sed de oro de los europeos. Para ellos, el oro estaba más bien relacionado con los excrementos, cuenta Tzvetan Todorov. El dinero y los excrementos vienen del mismo lugar. Tocas el bolsillo trasero, abres el monedero de piel y sacas los billetes." (p. 273)

“Pero recuerda que ahora es tan políticamente correcto ser políticamente incorrecto que se trata de ser políticamente correcto con el fin de volverse políticamente incorrecto.” (p. 320)

“En conjunto, se tiene la impresión de que el cálculo del Wall Street Journal de 1985 ofrece unas respuestas aceptables a las diferencias del valor humano dentro del sistema económico mundial como una función del producto nacional bruto. Según Ruben Bolling, en el Village Voice del 20 al 26 de abril de 2005, la agencia norteamericana de protección medioambiental (Environmental Protection Agency-EPA) emplea un análisis de coste-utilidad para decidir si una empresa debe reducir escapes tóxicos y contaminación. Basándose en exhaustivos análisis, EPA valora la vida de una niña en las cercanías de una industria química en 6,1 millones de dólares. Si la instalación de un scrubber para filtrar las emisiones cuesta 7 millones de dólares, entonces no merecerá la pena salvar a la niña, sino al contrario, alegar una pérdida de 900 000 dólares. La misma entidad tasa la vida de un jubilado algo más baja, en 3,7 millones de dólares. Será por tanto poco rentable gastar 4 millones en evitar las emisiones de arsénico, que pueden resultar letales para la gente mayor. Un obrero industrial que no morirá de mercurialismo hasta dentro de treinta años tiene su vida valorada en un millón de dólares. Así visto, parece absurdo o directamente ruinoso gastar dos millones en impedir las emisiones. Allí donde de aprecia la vida, la vida tiene poco valor. Y, como es bien sabido: allí donde la vida no vale nada, la muerte tiene su precio.” (pp. 330-331)

sábado, 12 de marzo de 2016


Cornelius Castoriadis
EL AVANCE DE LA INSIGNIFICANCIA (I)
Buenos Aires, 1997, EUDEBA.



“Ahora bien, lo que precisamente está en crisis hoy día, es la sociedad como tal para el hombre contemporáneo. Observamos, paradójicamente, al mismo tiempo que una hiper o sobre socialización (fáctica o externa) de la vida y de las actividades humanas, un «rechazo» de la vida social, de los otros, de la necesidad de la institución, etc. (…) El hombre contemporáneo se comporta como si la existencia en sociedad fuese una tarea odiosa que sólo una desgraciada fatalidad le impide evitar. (…) El hombre contemporáneo típico hace como si sufriera la sociedad a la que, por lo demás (bajo la forma del Estado o de otras formas), siempre está dispuesto a imputar todos sus males y a presentar -al mismo tiempo- sus demandas de asistencia o de «soluciones a sus problemas». Ya no aporta un proyecto relativo a la sociedad, ni el de su transformación, ni siquiera el de su conservación/reproducción. Ya no acepta las relaciones en las que se halla atrapado y que no reproduce sino en la medida en que no puede hacer otra cosa.” (pp. 30-31)
[Las cursivas pertenecen al texto.]

Andrea Camilleri
LA CONCESIÓN DEL TELÉFONO
Barcelona, 1999, Destino.



“-Señor Giliberto, ¿vamos a ponernos a repetir ahora historias más viejas que Matusalén?
-¡Sí, señor! ¡No me puedo olvidar de la cara de mi hija Annetta, entonces tenía trece años, era una chiquilla, cuando me dijo que usted, cada vez que se encontraba con ella en la escalera, le tocaba el culo! ¡Debería estar en chirona! ¡Aquella inocente subía la escalera contenta y despreocupada y usted, zas, la mano en el culo! ¡A mi hija!
-¿Me permite una palabra? Era sólo un juego. Estábamos conchabados. Annetta buscaba la manera de que nos encontráramos, se dejaba tocar, cogía la media lira que le daba...
-¡Usted, después de haberse aprovechado de ella, la quiere también difamar! ¿Qué quiere decir, que mi hija se vendía? ¡Yo lo mato!
-Señor Giliberto, deje inmediatamente ese cuchillo porque en cuanto se mueva le disparo. ¿Ve este revólver? Está cargado. Deje el cuchillo, sentémonos y razonemos. Así. ¡Oh, Dios bendito! Por tanto, aparte de la media lira que me costaba cada tocadita, cuando su hija le vino a contar la cosa... ¿Sabe por qué lo hizo? ¿No? Se lo digo yo. Había aumentado el precio, quería una lira por magreo y yo me negué. Cálmese. Acuérdese de que tengo el revólver. ¿Y usted qué hizo cuando lo supo? ¿Me denunció? ¿Armó un escándalo? No, señor, ni soñarlo. Vino a pedirme una indemnización de dos mil liras. Era mucho, pero se la di. ¿Es verdad o no?
-Sí, es verdad. Pero lo hice porque soy un hombre de buen corazón, no quería estropearle la vida haciendo que lo metieran en la cárcel.
-¿Y las otras dos mil que quiso seis meses después, cuando yo a su hija no la miraba ni con largavistas?
-Esta vez tenía una necesidad urgente.
-Y yo se las di. Pero usted cometió un error.
-¿Cuál?
-Que me lo escribió. Me mandó un billete. Que ahora tengo en el bolsillo. Lo leo, así se le refresca la memoria. «Señor Genuardi, usted debe darme inmediatamente dos mil liras, de otro modo le contaré el asunto de usted y mi hija a su mujer». Si llevo este billete al delegado Spinoso lo arrestará. ¿Sabe cómo se llama lo que ha hecho? Chantaje.
-Sí, pero usted va a la cárcel por corrupción de menores.
-Despacio, egregio amigo, despacio. Annetta ahora está comprometida, ¿verdad?
-Sí, tiene que casarse dentro de un año y medio.
-Si esta historia sale a la luz, adiós compromiso, adiós matrimonio. Perdido por perdido, haré saber a todos que no sólo le tocaba el culo, sino que me la follaba con todos los sacramentos. Cálmese. Quieto. Acuérdese del revólver. Y su hija Annetta no encontrará otro marido ni entre los caníbales. ¿Me explico?
-Se explica muy bien. ¿Qué carajo quiere de mí?
-Necesito que usted me autorice por escrito a poner algunos postes en un terreno de su propiedad.
-¿Pagando?” (pp. 157-159)