En este espacio encontrarás información sobre todas mis publicaciones: NARRATIVA, EDUCACIÓN, HISTORIA Y ANTROPOLOGÍA.
A FAVOR DEL PENSAMIENTO LIBRE
jueves, 5 de diciembre de 2019
Arthur Schopenhauer
EL ARTE DE SER FELIZ (I)
Madrid, 2018, Nórdica Libros.
“Al menos nueve décimas partes de nuestra felicidad se basan exclusivamente en la salud. Pues antes que nada depende de ella que estemos alegres: allí donde se da, las situaciones externas desfavorables y hostiles se vuelven más soportables que las más felices cuando la enfermedad nos pone de mal humor o nos angustia. Solo hay que comparar la forma en que se ven las mismas cosas en días de salud y alegría, con la forma en la que se ven en días de enfermedad. No nos hace felices o infelices lo que las cosas sean realmente en relación con la experiencia, sino lo que son para nosotros en nuestra concepción de las mismas. De este modo la salud y la alegría que las acompaña pueden sustituir todo lo demás, pero no a la salud misma. Al fin y al cabo, sin ella no es posible disfrutar ninguna alegría externa, de manera que para el enfermo que tiene alguna, es como si no existiera. Con ella todo es fuente de placer; por eso un mendigo sano es más feliz que un rey enfermo. Así que no le falta razón al hecho de que uno se interese siempre por el estado de salud del prójimo, no por otras cosas, y que mutuamente nos deseemos salud, porque ella constituye las nueve décimas partes de toda la felicidad. De ello se deduce que la mayor de las necedades es sacrificar la salud sea por lo que sea, por adquirir algo, por erudición, por fama, por promociones y, sobre todo, por pasiones carnales y placeres fugaces. Más bien hay que supeditar siempre a ella todas y cada una de las cosas.” (pp. 72-73)
EL ARTE DE SER FELIZ (I)
Madrid, 2018, Nórdica Libros.
“Al menos nueve décimas partes de nuestra felicidad se basan exclusivamente en la salud. Pues antes que nada depende de ella que estemos alegres: allí donde se da, las situaciones externas desfavorables y hostiles se vuelven más soportables que las más felices cuando la enfermedad nos pone de mal humor o nos angustia. Solo hay que comparar la forma en que se ven las mismas cosas en días de salud y alegría, con la forma en la que se ven en días de enfermedad. No nos hace felices o infelices lo que las cosas sean realmente en relación con la experiencia, sino lo que son para nosotros en nuestra concepción de las mismas. De este modo la salud y la alegría que las acompaña pueden sustituir todo lo demás, pero no a la salud misma. Al fin y al cabo, sin ella no es posible disfrutar ninguna alegría externa, de manera que para el enfermo que tiene alguna, es como si no existiera. Con ella todo es fuente de placer; por eso un mendigo sano es más feliz que un rey enfermo. Así que no le falta razón al hecho de que uno se interese siempre por el estado de salud del prójimo, no por otras cosas, y que mutuamente nos deseemos salud, porque ella constituye las nueve décimas partes de toda la felicidad. De ello se deduce que la mayor de las necedades es sacrificar la salud sea por lo que sea, por adquirir algo, por erudición, por fama, por promociones y, sobre todo, por pasiones carnales y placeres fugaces. Más bien hay que supeditar siempre a ella todas y cada una de las cosas.” (pp. 72-73)
John P. Meier
UN JUDÍO MARGINAL. NUEVA VISIÓN DEL JESÚS HISTÓRICO (II)
(Tomo I: Las raíces del problema y la persona)
Estella, 1998, Verbo Divino.
“Cuando buscamos referencias acerca de Jesús en escritos no canónicos del siglo I o II d. C., nos sentimos al principio desilusionados por la falta de ellas. Tenemos que recordar que los judíos y los paganos de ese período, si de algún modo eran conscientes de la aparición de un nuevo fenómeno religioso, conocerían más al naciente grupo de los llamados «cristianos» que a Jesús, su supuesto fundador. Algunos de aquellos escritores, al menos, habían tenido contacto directo o indirecto con cristianos; pero ninguno de ellos lo había tenido con el Cristo que los cristianos adoraban. Esto simplemente viene a recordarnos que Jesús era un judío marginal que dirigía un movimiento marginal en una provincia marginal del vasto Imperio romano. Lo asombroso sería que algún erudito judío o pagano hubiese tenido algún conocimiento de él o lo hubiese mencionado de algún modo en el siglo l o en la primera parte del II. Pues bien, sorprendentemente hay cierto número de posibles referencias a Jesús, aunque la mayor parte están plagadas de problemas en cuanto a la autenticidad y a la interpretación.” (p. 79)
UN JUDÍO MARGINAL. NUEVA VISIÓN DEL JESÚS HISTÓRICO (II)
(Tomo I: Las raíces del problema y la persona)
Estella, 1998, Verbo Divino.
“Cuando buscamos referencias acerca de Jesús en escritos no canónicos del siglo I o II d. C., nos sentimos al principio desilusionados por la falta de ellas. Tenemos que recordar que los judíos y los paganos de ese período, si de algún modo eran conscientes de la aparición de un nuevo fenómeno religioso, conocerían más al naciente grupo de los llamados «cristianos» que a Jesús, su supuesto fundador. Algunos de aquellos escritores, al menos, habían tenido contacto directo o indirecto con cristianos; pero ninguno de ellos lo había tenido con el Cristo que los cristianos adoraban. Esto simplemente viene a recordarnos que Jesús era un judío marginal que dirigía un movimiento marginal en una provincia marginal del vasto Imperio romano. Lo asombroso sería que algún erudito judío o pagano hubiese tenido algún conocimiento de él o lo hubiese mencionado de algún modo en el siglo l o en la primera parte del II. Pues bien, sorprendentemente hay cierto número de posibles referencias a Jesús, aunque la mayor parte están plagadas de problemas en cuanto a la autenticidad y a la interpretación.” (p. 79)
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Santiago de la Vorágine
LA LEYENDA DORADA (II)
Madrid, 1996, Alianza Editorial.
“En casa de un devoto de san Jadoc, en cierta ocasión, se desencadenó un fuego tan violento, que en poco rato cuanto había en ella quedó reducido a cenizas. A cenizas quedó reducida también la cuna en que dormía un niño de corta edad, hijo del hombre de quien estamos hablando. Pero, como este individuo era tan devoto del santo, pidiòle a su santo amigo que salvara la vida del niño, y cuando pudieron llegar al sitio en que se hallaba la cuna con el niño dentro, al tomar a éste en brazos, cuna, pañales, envueltas y ropitas del pequeño se desparramaron por el suelo, convertidas en pavesas, en tanto que la criatura estaba incólume. Evidentemente, san Jadoc había protegido al pequeño infante, puesto que sus tiernas carnes no sufrieron la menor chamuscadura de aquel fuego tan voraz e intenso que le quemó sus ropitas, abrasó maderas y hasta calcinó piedras. El niño creció, y años después, cuando tuvo edad adecuada para ello, ingresó como monje en el monasterio del santo que le había salvado la vida.” (Tomo-2, p. 837)
LA LEYENDA DORADA (II)
Madrid, 1996, Alianza Editorial.
“En casa de un devoto de san Jadoc, en cierta ocasión, se desencadenó un fuego tan violento, que en poco rato cuanto había en ella quedó reducido a cenizas. A cenizas quedó reducida también la cuna en que dormía un niño de corta edad, hijo del hombre de quien estamos hablando. Pero, como este individuo era tan devoto del santo, pidiòle a su santo amigo que salvara la vida del niño, y cuando pudieron llegar al sitio en que se hallaba la cuna con el niño dentro, al tomar a éste en brazos, cuna, pañales, envueltas y ropitas del pequeño se desparramaron por el suelo, convertidas en pavesas, en tanto que la criatura estaba incólume. Evidentemente, san Jadoc había protegido al pequeño infante, puesto que sus tiernas carnes no sufrieron la menor chamuscadura de aquel fuego tan voraz e intenso que le quemó sus ropitas, abrasó maderas y hasta calcinó piedras. El niño creció, y años después, cuando tuvo edad adecuada para ello, ingresó como monje en el monasterio del santo que le había salvado la vida.” (Tomo-2, p. 837)
Alexandre Dumas
LEYENDAS DEL CÁUCASO Y DE LA ESTEPA
Madrid, 2005, Siruela,
"—Nubes de primavera, criaturas también de este mundo, ¿por qué os detenéis en las cimas de las peñas? ¿Por qué os detenéis en las cimas de las peñas, como si fuerais forajidos lesguios? Bien está que os guste vagar por las montañas y reposar en cumbres graníticas, cubiertas de nieve. Pero, caprichosos seres del aire, ¿no podríais entreteneros en algo que no sea absorber toda la humedad de nuestros pastos para arrojarla, más tarde, en bosques inaccesibles para el hombre, que no devuelven a nuestros valles sino cataratas de guijarros, tan parecidos a los huesos resecos de vuestras víctimas? Contemplad cómo nuestra pobre tierra muestra las bocas abiertas por millares. Se muere de sed, e implora un poco de lluvia. Fijaos en las temblorosas espigas: se quiebran en cuanto una mariposa comete la imprudencia de posarse en ellas; sin embargo, alzan la cabeza, al acecho de un poco de humedad, pero sólo para hacer frente a los rayos de un sol que las consume como el fuego. Los pozos están secos; las flores ya no huelen; se marchitan y caen al suelo las hojas de los árboles; los pastos se agostan, la granza se pierde; los grillos ya no pueden cantar, mientras las cigarras emiten sin cesar su metálico sonido; los búfalos se baten por un poco de barro húmedo, y nuestros jóvenes se pelean por dos gotas de agua. ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué será de nosotros? La sequía es la madre del hambre; el hambre engendra la peste, y ésta es la hermana del bandidaje. ¡Fresca brisa de las montañas, tráenos en tus alas la bendición de Alá! Vosotras, nubes, que sois las ubres de la vida, derramad sobre esta tierra vuestra leche celestial. Tornaos tormentas, si así lo deseáis, pero refrescad estos parajes. Acabad con los pecadores, si tal es vuestro deseo, pero saciad a quienes son inocentes. Grises nubes, iguales que las alas de los ángeles, traednos un poco de fresco. ¡Venid, acudid, volad! Apresuraos: seréis más que bienvenidas.” (pp. 71-72)
[La cita pertenece a la novela corta La bola de nieve.]
LEYENDAS DEL CÁUCASO Y DE LA ESTEPA
Madrid, 2005, Siruela,
"—Nubes de primavera, criaturas también de este mundo, ¿por qué os detenéis en las cimas de las peñas? ¿Por qué os detenéis en las cimas de las peñas, como si fuerais forajidos lesguios? Bien está que os guste vagar por las montañas y reposar en cumbres graníticas, cubiertas de nieve. Pero, caprichosos seres del aire, ¿no podríais entreteneros en algo que no sea absorber toda la humedad de nuestros pastos para arrojarla, más tarde, en bosques inaccesibles para el hombre, que no devuelven a nuestros valles sino cataratas de guijarros, tan parecidos a los huesos resecos de vuestras víctimas? Contemplad cómo nuestra pobre tierra muestra las bocas abiertas por millares. Se muere de sed, e implora un poco de lluvia. Fijaos en las temblorosas espigas: se quiebran en cuanto una mariposa comete la imprudencia de posarse en ellas; sin embargo, alzan la cabeza, al acecho de un poco de humedad, pero sólo para hacer frente a los rayos de un sol que las consume como el fuego. Los pozos están secos; las flores ya no huelen; se marchitan y caen al suelo las hojas de los árboles; los pastos se agostan, la granza se pierde; los grillos ya no pueden cantar, mientras las cigarras emiten sin cesar su metálico sonido; los búfalos se baten por un poco de barro húmedo, y nuestros jóvenes se pelean por dos gotas de agua. ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué será de nosotros? La sequía es la madre del hambre; el hambre engendra la peste, y ésta es la hermana del bandidaje. ¡Fresca brisa de las montañas, tráenos en tus alas la bendición de Alá! Vosotras, nubes, que sois las ubres de la vida, derramad sobre esta tierra vuestra leche celestial. Tornaos tormentas, si así lo deseáis, pero refrescad estos parajes. Acabad con los pecadores, si tal es vuestro deseo, pero saciad a quienes son inocentes. Grises nubes, iguales que las alas de los ángeles, traednos un poco de fresco. ¡Venid, acudid, volad! Apresuraos: seréis más que bienvenidas.” (pp. 71-72)
[La cita pertenece a la novela corta La bola de nieve.]
Santiago de la Vorágine
LA LEYENDA DORADA (I)
Madrid, 1996, Alianza Editorial.
“Ayunamos en primavera para refrenar la lujuria, que procede de la influencia que la humedad del ambiente ejerce sobre nuestro cuerpo. Ayunamos en el verano para contener la tendencia a la avaricia, provocada en nosotros por la acción nociva del calor. Ayunamos en otoño para neutralizar la sequedad de la soberbia. Ayunamos, finalmente, en invierno para protegernos del frío, de la infidelidad y de la malicia.” (Tomo-1, p. 153)
“El padre ordenó:
-¿Llevadla ahora mismo de nuevo a la cárcel, y mañana, en cuanto amanezca, decapitadla!
En efecto, fue conducida otra vez a la cárcel. Aquella misma noche, su padre, que se llamaba Urbano, murió repentinamente.
Al muerto sucedió en el oficio otro hombre inicuo que mandó meter a Cristina en una cuna de hierro llena de aceite hirviendo a la que, para que más pronto el cuerpo de la doncella se friera, ordenó que agregaran resina y pez y que cuatro verdugos balancearan el recipiente. Mientras éstos mecían la cuna, Cristina daba gracias a Dios y luego, dirigiéndose a quienes le estaban aplicando tan horrendo suplicio, les dijo:
-Habéis tenido un gran acierto: puesto que acabo de renacer a la vida por el bautismo, resulta muy oportuno que me acunéis como a un niño pequeño.” (Tomo-1, pp. 395-396)
[El relato se refiere, obviamente, a santa Cristina.]
LA LEYENDA DORADA (I)
Madrid, 1996, Alianza Editorial.
“Ayunamos en primavera para refrenar la lujuria, que procede de la influencia que la humedad del ambiente ejerce sobre nuestro cuerpo. Ayunamos en el verano para contener la tendencia a la avaricia, provocada en nosotros por la acción nociva del calor. Ayunamos en otoño para neutralizar la sequedad de la soberbia. Ayunamos, finalmente, en invierno para protegernos del frío, de la infidelidad y de la malicia.” (Tomo-1, p. 153)
“El padre ordenó:
-¿Llevadla ahora mismo de nuevo a la cárcel, y mañana, en cuanto amanezca, decapitadla!
En efecto, fue conducida otra vez a la cárcel. Aquella misma noche, su padre, que se llamaba Urbano, murió repentinamente.
Al muerto sucedió en el oficio otro hombre inicuo que mandó meter a Cristina en una cuna de hierro llena de aceite hirviendo a la que, para que más pronto el cuerpo de la doncella se friera, ordenó que agregaran resina y pez y que cuatro verdugos balancearan el recipiente. Mientras éstos mecían la cuna, Cristina daba gracias a Dios y luego, dirigiéndose a quienes le estaban aplicando tan horrendo suplicio, les dijo:
-Habéis tenido un gran acierto: puesto que acabo de renacer a la vida por el bautismo, resulta muy oportuno que me acunéis como a un niño pequeño.” (Tomo-1, pp. 395-396)
[El relato se refiere, obviamente, a santa Cristina.]
H. G. Wells
UNA UTOPÍA MODERNA (III)
librodot.com
“Nuestra generación ha visto levantarse contra ese universalismo una mugidora ola de reacción. Los grandes movimientos intelectuales que irradian de la obra de Darwin han acabado por coincidir en que la vida es una lucha entre los tipos inferiores y los tipos superiores; han impuesto la idea de que los valores específicos de supervivencia tienen un significado primordial en el desarrollo del mundo; y multitud de inteligencias inferiores han aplicado a los problemas humanos versiones complicadas y exageradas de tales generalizaciones. Los discípulos sociales y políticos de Darwin han confundido evidentemente la raza con la nacionalidad y han caído en el cepo natural de la vanidad patriótica. La resistencia que la clase gubernamental colonial ha opuesto a las primeras aplicaciones de las medidas liberales en las Indias, se ha expresado con gran elocuencia por boca de Kipling, en quien la falta de reflexión intelectual sólo es comparable a la extensión de sus facultades poiéticas. La busca de una base para una nueva síntesis de las simpatías adaptables, fundada en las afinidades lingüísticas, se debe en gran parte a la inexplicable afirmación de Max Müller, al decir que el lenguaje indica un parentesco, afirmación que conduce directamente a una etimología locamente especulativa y al descubrimiento de una raza céltica, de una raza teutónica, de una raza indoeuropea, y así sucesivamente. Un libro que ejerció también enorme influencia en esta materia, por efecto de su uso en la enseñanza, es la Short History of the English People, de J. R. Green, con sus grotescas teorías sobre el anglosajonismo. Ahora padece el mundo otro delirio respecto a las razas y a las luchas de las razas. El britano, olvidando a Defoe, el judío olvidando hasta la palabra prosélito, el alemán olvidando sus variaciones antropométricas, el italiano olvidándolo todo, están obsesionados por la singular pureza de su sangre y por el peligro de contaminación que representa la simple continuación de otras razas. Conforme a la ley según la cual toda agregación lleva consigo el desenvolvimiento de un espíritu de oposición a cuanto le es ajeno, se insiste en la intensificación de las definiciones de las razas; la indignidad, la inhumanidad, la incompatibilidad de las razas extrañas se van aumentando progresivamente. Esta ciencia bastarda explota la tendencia natural de todo ser humano a contemplarse a sí mismo y a los de su especie con una vanidad estúpida y a despreciar absurdamente toda desemejanza. Con la debilitación de las referencias nacionales, con la detención que precede a la reconstrucción de las creencias religiosas, estos prejuicios arbitrarios y quiméricos relativos a las razas se han hecho más formidables cada día. Modelan la política, modifican las leyes y tendrán una gran parte de responsabilidad en las guerras, las crueldades y los sufrimientos que un porvenir reserva a nuestro globo.
No se trata ya, respecto de las razas, de generalizaciones demasiado extravagantes para la ardiente curiosidad de nuestros tiempos. Nunca se ha hecho una tentativa para determinar las diferencias entre las cualidades inherentes (que son las verdaderas diferencias de raza) y las diferencias artificiales debidas a la educación. Tampoco parece que se quiera aprovechar la lección que ofrecen las incidencias variables del proceso civilizador en una raza y otra raza. Los pueblos que ahora se hallan en su cuarto creciente político, son considerados como razas superiores, comprendiendo en estas razas al jornalero de las granjas de Sussex, al rufián del Bowery, al matón de Londres y al apache de París. A las razas que ahora no disfrutan de prosperidad política, como los egipcios, los griegos, los españoles, los moros, los chinos, los indios, los peruanos y todos los pueblos incivilizados, se las estima como razas inferiores, indignas de colocarse en pie de igualdad con las otras, indignas de asociarse a las otras, indignas de tener voz siquiera en los negocios humanos. Para la imaginación popular de la Europa Occidental, el chino es una especie de diablo amarillo, indescriptiblemente abominable en todos sus aspectos; los pueblos negros, con su crespa cabellera, su nariz aplastada y casi sin pantorrillas, se ven rechazados del seno de la humanidad. Estas supersticiones toman cuerpo según las líneas simplistas de la lógica popular. La despoblación del Estado Libre del Congo por los belgas, las horribles matanzas de chinos por la soldadesca europea durante la expedición a Pekín, se disculpan como parte penosa, pero necesaria, del proceso civilizador. La supresión universal de la esclavitud se efectuó en el siglo XIX a pesar de la fuerza recalcitrante de un necio orgullo que, ahora, animado por nuevas ilusiones, vuelve a adquirir preponderancia.” (Capítulo décimo: “Las razas en Utopía”; apartado 2)
UNA UTOPÍA MODERNA (III)
librodot.com
“Nuestra generación ha visto levantarse contra ese universalismo una mugidora ola de reacción. Los grandes movimientos intelectuales que irradian de la obra de Darwin han acabado por coincidir en que la vida es una lucha entre los tipos inferiores y los tipos superiores; han impuesto la idea de que los valores específicos de supervivencia tienen un significado primordial en el desarrollo del mundo; y multitud de inteligencias inferiores han aplicado a los problemas humanos versiones complicadas y exageradas de tales generalizaciones. Los discípulos sociales y políticos de Darwin han confundido evidentemente la raza con la nacionalidad y han caído en el cepo natural de la vanidad patriótica. La resistencia que la clase gubernamental colonial ha opuesto a las primeras aplicaciones de las medidas liberales en las Indias, se ha expresado con gran elocuencia por boca de Kipling, en quien la falta de reflexión intelectual sólo es comparable a la extensión de sus facultades poiéticas. La busca de una base para una nueva síntesis de las simpatías adaptables, fundada en las afinidades lingüísticas, se debe en gran parte a la inexplicable afirmación de Max Müller, al decir que el lenguaje indica un parentesco, afirmación que conduce directamente a una etimología locamente especulativa y al descubrimiento de una raza céltica, de una raza teutónica, de una raza indoeuropea, y así sucesivamente. Un libro que ejerció también enorme influencia en esta materia, por efecto de su uso en la enseñanza, es la Short History of the English People, de J. R. Green, con sus grotescas teorías sobre el anglosajonismo. Ahora padece el mundo otro delirio respecto a las razas y a las luchas de las razas. El britano, olvidando a Defoe, el judío olvidando hasta la palabra prosélito, el alemán olvidando sus variaciones antropométricas, el italiano olvidándolo todo, están obsesionados por la singular pureza de su sangre y por el peligro de contaminación que representa la simple continuación de otras razas. Conforme a la ley según la cual toda agregación lleva consigo el desenvolvimiento de un espíritu de oposición a cuanto le es ajeno, se insiste en la intensificación de las definiciones de las razas; la indignidad, la inhumanidad, la incompatibilidad de las razas extrañas se van aumentando progresivamente. Esta ciencia bastarda explota la tendencia natural de todo ser humano a contemplarse a sí mismo y a los de su especie con una vanidad estúpida y a despreciar absurdamente toda desemejanza. Con la debilitación de las referencias nacionales, con la detención que precede a la reconstrucción de las creencias religiosas, estos prejuicios arbitrarios y quiméricos relativos a las razas se han hecho más formidables cada día. Modelan la política, modifican las leyes y tendrán una gran parte de responsabilidad en las guerras, las crueldades y los sufrimientos que un porvenir reserva a nuestro globo.
No se trata ya, respecto de las razas, de generalizaciones demasiado extravagantes para la ardiente curiosidad de nuestros tiempos. Nunca se ha hecho una tentativa para determinar las diferencias entre las cualidades inherentes (que son las verdaderas diferencias de raza) y las diferencias artificiales debidas a la educación. Tampoco parece que se quiera aprovechar la lección que ofrecen las incidencias variables del proceso civilizador en una raza y otra raza. Los pueblos que ahora se hallan en su cuarto creciente político, son considerados como razas superiores, comprendiendo en estas razas al jornalero de las granjas de Sussex, al rufián del Bowery, al matón de Londres y al apache de París. A las razas que ahora no disfrutan de prosperidad política, como los egipcios, los griegos, los españoles, los moros, los chinos, los indios, los peruanos y todos los pueblos incivilizados, se las estima como razas inferiores, indignas de colocarse en pie de igualdad con las otras, indignas de asociarse a las otras, indignas de tener voz siquiera en los negocios humanos. Para la imaginación popular de la Europa Occidental, el chino es una especie de diablo amarillo, indescriptiblemente abominable en todos sus aspectos; los pueblos negros, con su crespa cabellera, su nariz aplastada y casi sin pantorrillas, se ven rechazados del seno de la humanidad. Estas supersticiones toman cuerpo según las líneas simplistas de la lógica popular. La despoblación del Estado Libre del Congo por los belgas, las horribles matanzas de chinos por la soldadesca europea durante la expedición a Pekín, se disculpan como parte penosa, pero necesaria, del proceso civilizador. La supresión universal de la esclavitud se efectuó en el siglo XIX a pesar de la fuerza recalcitrante de un necio orgullo que, ahora, animado por nuevas ilusiones, vuelve a adquirir preponderancia.” (Capítulo décimo: “Las razas en Utopía”; apartado 2)
[En
la traducción de librodot.com existe una errata que hemos corregido
aquí. Donde dice: “... por boca de Kipling, en quien la falta de
reflexión intelectual sólo es comparable a la extensión de sus
facultades poliéticas”, debería decir: “... por boca de
Kipling, en quien la falta de reflexión intelectual sólo es
comparable a la extensión de sus facultades poiéticas”,
que es la errata que hemos subsanado. En el original en inglés (A
modern Utopia; Thomas Nelson and Sons Ltd., London, sin fecha; p.
315; tomado de: archive.org), encontramos: “... in
Mr. Kipling, whose want of intellectual deliberation is only equalled
by his poietic
power.”]
Knut Hamsun
PAN
Barcelona, 2006, Anagrama.
“A una milla por debajo de mí veo el mar. Está lloviendo y me encuentro en la montaña, una gran piedra me protege de la lluvia, me fumo una pipa, me fumo una pipa tras otra, y cada vez que la enciendo, el tabaco se mueve entre la ceniza como gusanillos candentes, al igual que los pensamientos hormiguean en mi cabeza. En el suelo, delante de mí, hay un montón de ramas secas procedentes de un nido despedazado de pájaro. Cual ese nido de pájaro se encuentra mi alma.” (p. 95)
“¡Gracias por esta noche solitaria, por las montañas, por el murmullo del mar y de la oscuridad, ese murmullo que atraviesa mi corazón! ¡Gracias por mi vida, por mi respiración, por vivir esta noche, doy gracias de todo corazón! ¡Escucha al este y al oeste, escucha! ¡Es el Dios eterno! Este silencio que murmura junto a mi oído es la sangre de la naturaleza hirviendo, Dios que entreteje al mundo y a mí. Veo una reluciente telaraña en el resplandor de la hoguera, oigo remar un bote en el puerto, la aurora boreal se desliza por el cielo al norte. ¡Por mi alma inmortal, también doy efusivamente las gracias por ser yo quien está sentado aquí!” (p. 107)
“Amo tres cosas, digo por fin. Amo un sueño que tuve antaño sobre el amor, te amo a ti y amo este trozo de tierra.
¿Y cuál amas más de las tres?
El sueño.” (p. 108)
“Al cabo de una hora mis sentidos empiezan a vibrar a un ritmo determinado, yo mismo resueno en el gran silencio. Veo la luna, posada en el cielo como una concha blanca, y me lleno de amor por ella, noto que me sonrojo. ¡Es la luna!, digo en silencio y con pasión, ¡es la luna! Y mi corazón se golpea contra ella en lentas palpitaciones. Dura unos minutos. Sopla una suave brisa, me llega un viento desconocido, una extraña presión atmosférica. ¿Qué es? Miro a mi alrededor y no veo a nadie. El viento me llama y mi alma se inclina receptiva hacia él, siento como si me elevaran de mi entorno, como si me estrecharan contra un pecho invisible, se me empañan los ojos, tiemblo. Dios está en algún lugar cercano contemplándome. También eso dura unos minutos. Vuelvo la cabeza, desaparece la extraña presión y veo algo parecido a la espalda de un espíritu que se aleja en silencio por el bosque...” (p. 111)
PAN
Barcelona, 2006, Anagrama.
“A una milla por debajo de mí veo el mar. Está lloviendo y me encuentro en la montaña, una gran piedra me protege de la lluvia, me fumo una pipa, me fumo una pipa tras otra, y cada vez que la enciendo, el tabaco se mueve entre la ceniza como gusanillos candentes, al igual que los pensamientos hormiguean en mi cabeza. En el suelo, delante de mí, hay un montón de ramas secas procedentes de un nido despedazado de pájaro. Cual ese nido de pájaro se encuentra mi alma.” (p. 95)
“¡Gracias por esta noche solitaria, por las montañas, por el murmullo del mar y de la oscuridad, ese murmullo que atraviesa mi corazón! ¡Gracias por mi vida, por mi respiración, por vivir esta noche, doy gracias de todo corazón! ¡Escucha al este y al oeste, escucha! ¡Es el Dios eterno! Este silencio que murmura junto a mi oído es la sangre de la naturaleza hirviendo, Dios que entreteje al mundo y a mí. Veo una reluciente telaraña en el resplandor de la hoguera, oigo remar un bote en el puerto, la aurora boreal se desliza por el cielo al norte. ¡Por mi alma inmortal, también doy efusivamente las gracias por ser yo quien está sentado aquí!” (p. 107)
“Amo tres cosas, digo por fin. Amo un sueño que tuve antaño sobre el amor, te amo a ti y amo este trozo de tierra.
¿Y cuál amas más de las tres?
El sueño.” (p. 108)
“Al cabo de una hora mis sentidos empiezan a vibrar a un ritmo determinado, yo mismo resueno en el gran silencio. Veo la luna, posada en el cielo como una concha blanca, y me lleno de amor por ella, noto que me sonrojo. ¡Es la luna!, digo en silencio y con pasión, ¡es la luna! Y mi corazón se golpea contra ella en lentas palpitaciones. Dura unos minutos. Sopla una suave brisa, me llega un viento desconocido, una extraña presión atmosférica. ¿Qué es? Miro a mi alrededor y no veo a nadie. El viento me llama y mi alma se inclina receptiva hacia él, siento como si me elevaran de mi entorno, como si me estrecharan contra un pecho invisible, se me empañan los ojos, tiemblo. Dios está en algún lugar cercano contemplándome. También eso dura unos minutos. Vuelvo la cabeza, desaparece la extraña presión y veo algo parecido a la espalda de un espíritu que se aleja en silencio por el bosque...” (p. 111)
H. G. Wells
UNA UTOPÍA MODERNA (II)
librodot.com
“El desarrollo casi catastrófico de las nuevas maquinarias, el descubrimiento de materiales nuevos y la aparición de nuevas posibilidades sociales, gracias a las investigaciones organizadas de la ciencia material, han proporcionado facilidades enormes y sin precedente al espíritu de innovación. El viejo orden local está roto o a punto de romperse de un extremo a otro de la tierra; en todas partes los hombres bracean en medio del naufragio de sus convicciones arrastradas por la inundación, y, llenos de estupefacción, aún no se dan clara cuenta de lo que ha pasado. Las viejas ortodoxias locales de jerarquía y de preeminencia, las distracciones y las ocupaciones desde hace tanto tiempo aceptadas, el viejo ritual de conducta en las importantes pequeñas cosas de la vida diaria, y el viejo ritual del pensamiento en las cosas que alimentan la discusión, están despedazados, diseminados o mezclados de una manera discorde, usos y costumbres confundidos, sin que ninguna práctica universal de la tolerancia, ninguna aceptación cortés de las desigualdades, ningún acuerdo más amplio los haya reemplazado aún. Por eso reina soberanamente sobre la tierra y en la sociedad moderna una confusión antipática. Los unos son intolerantes para con los otros; todo contacto provoca las comparaciones, las agresiones, las persecuciones, las defecciones, y las gentes más sutiles y finas se ven atormentadas excesivamente por el sentimiento de que se las observe siempre con antipatía y frecuentemente con hostilidad. Vivir sin apartarse hasta cierto punto, de la masa, es imposible, y ese apartamiento se halla exactamente en proporción con la superioridad individual que se posea.” (Capítulo segundo: “Acerca de las libertades”; apartado 2)
UNA UTOPÍA MODERNA (II)
librodot.com
“El desarrollo casi catastrófico de las nuevas maquinarias, el descubrimiento de materiales nuevos y la aparición de nuevas posibilidades sociales, gracias a las investigaciones organizadas de la ciencia material, han proporcionado facilidades enormes y sin precedente al espíritu de innovación. El viejo orden local está roto o a punto de romperse de un extremo a otro de la tierra; en todas partes los hombres bracean en medio del naufragio de sus convicciones arrastradas por la inundación, y, llenos de estupefacción, aún no se dan clara cuenta de lo que ha pasado. Las viejas ortodoxias locales de jerarquía y de preeminencia, las distracciones y las ocupaciones desde hace tanto tiempo aceptadas, el viejo ritual de conducta en las importantes pequeñas cosas de la vida diaria, y el viejo ritual del pensamiento en las cosas que alimentan la discusión, están despedazados, diseminados o mezclados de una manera discorde, usos y costumbres confundidos, sin que ninguna práctica universal de la tolerancia, ninguna aceptación cortés de las desigualdades, ningún acuerdo más amplio los haya reemplazado aún. Por eso reina soberanamente sobre la tierra y en la sociedad moderna una confusión antipática. Los unos son intolerantes para con los otros; todo contacto provoca las comparaciones, las agresiones, las persecuciones, las defecciones, y las gentes más sutiles y finas se ven atormentadas excesivamente por el sentimiento de que se las observe siempre con antipatía y frecuentemente con hostilidad. Vivir sin apartarse hasta cierto punto, de la masa, es imposible, y ese apartamiento se halla exactamente en proporción con la superioridad individual que se posea.” (Capítulo segundo: “Acerca de las libertades”; apartado 2)
Elia Barceló
EL CONTRINCANTE
Barcelona, 2004, Minotauro.
“Salió suavemente, preguntándose por qué tantos hombres querían estar solos cuando sufrían, por qué se negaban a dejarse ayudar. Quizá por temor a perder su imagen de macho fuerte, sin saber que las mujeres desean sentir que pueden ayudarlos, que el mejor regalo que pueden hacerles es mostrarles que con ellas no tienen que fingir y abrirles su alma, su debilidad, su dolor. No comprendían que sólo quien ha compartido la tristeza puede compartir plenamente la felicidad.” (p. 243)
EL CONTRINCANTE
Barcelona, 2004, Minotauro.
“Salió suavemente, preguntándose por qué tantos hombres querían estar solos cuando sufrían, por qué se negaban a dejarse ayudar. Quizá por temor a perder su imagen de macho fuerte, sin saber que las mujeres desean sentir que pueden ayudarlos, que el mejor regalo que pueden hacerles es mostrarles que con ellas no tienen que fingir y abrirles su alma, su debilidad, su dolor. No comprendían que sólo quien ha compartido la tristeza puede compartir plenamente la felicidad.” (p. 243)
H. G. Wells
UNA UTOPÍA MODERNA (I)
librodot.com
“Nunca podemos predecir cuál de nuestras bases, seguras aparentemente, quedará afectada por la próxima mudanza. ¡Qué locura la de soñar en la delimitación de nuestros espíritus con palabras, por generalizadas que estén, y proporcionar una terminología y un idioma a los infinitos misterios del porvenir! Nosotros seguimos el filón, extraemos y acumulamos nuestro tesoro, pero, ¿quién puede denunciar la dirección que tomará el filón? El lenguaje es el alimento del pensamiento y sólo sirve en cuanto sufre la acción de las fuerzas metabólicas; se convierte en idea, vive, y el mismo acto de vivir le acarrea la muerte. Vosotros, hombres de ciencia, con vuestras locuras de desear una terrible exactitud en el lenguaje y fundamentos indestructibles establecidos «para siempre», estáis maravillosamente desnudos de toda imaginación.” (Capítulo primero: “Consideraciones topográficas”; apartado 5 )
UNA UTOPÍA MODERNA (I)
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“Nunca podemos predecir cuál de nuestras bases, seguras aparentemente, quedará afectada por la próxima mudanza. ¡Qué locura la de soñar en la delimitación de nuestros espíritus con palabras, por generalizadas que estén, y proporcionar una terminología y un idioma a los infinitos misterios del porvenir! Nosotros seguimos el filón, extraemos y acumulamos nuestro tesoro, pero, ¿quién puede denunciar la dirección que tomará el filón? El lenguaje es el alimento del pensamiento y sólo sirve en cuanto sufre la acción de las fuerzas metabólicas; se convierte en idea, vive, y el mismo acto de vivir le acarrea la muerte. Vosotros, hombres de ciencia, con vuestras locuras de desear una terrible exactitud en el lenguaje y fundamentos indestructibles establecidos «para siempre», estáis maravillosamente desnudos de toda imaginación.” (Capítulo primero: “Consideraciones topográficas”; apartado 5 )
sábado, 26 de octubre de 2019
Margaret Atwood
EL CUENTO DE LA CRIADA (III)
Barcelona, 2017, Salamandra.
“Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente, ametrallaron el Congreso y el ejército declaró el estado de excepción. En ese momento culparon a los fanáticos islamistas.
Hay que conservar la calma, aconsejaban por la televisión. Todo está bajo control.
Yo no daba crédito. Como todo el mundo, ya lo sé.
Era difícil de creer. El gobierno entero se había esfumado. ¿Cómo lo lograron, cómo ocurrió?
Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. Dijeron que sería algo transitorio. Ni siquiera había disturbios callejeros. Por la noche la gente se quedaba en su casa viendo la televisión y esperando instrucciones. No existía un enemigo al cual denunciar.
Ten cuidado, me advirtió Moira por teléfono. Se acerca.
¿Qué es lo que se acerca?, pregunté.
Espera y verás, repuso. Lo tienen todo planeado. Tú y yo terminaremos ante el paredón, querida. Estaba citando una frase típica de mi madre, pero no pretendía sonar graciosa.” (pp. 242-243)
EL CUENTO DE LA CRIADA (III)
Barcelona, 2017, Salamandra.
“Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente, ametrallaron el Congreso y el ejército declaró el estado de excepción. En ese momento culparon a los fanáticos islamistas.
Hay que conservar la calma, aconsejaban por la televisión. Todo está bajo control.
Yo no daba crédito. Como todo el mundo, ya lo sé.
Era difícil de creer. El gobierno entero se había esfumado. ¿Cómo lo lograron, cómo ocurrió?
Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. Dijeron que sería algo transitorio. Ni siquiera había disturbios callejeros. Por la noche la gente se quedaba en su casa viendo la televisión y esperando instrucciones. No existía un enemigo al cual denunciar.
Ten cuidado, me advirtió Moira por teléfono. Se acerca.
¿Qué es lo que se acerca?, pregunté.
Espera y verás, repuso. Lo tienen todo planeado. Tú y yo terminaremos ante el paredón, querida. Estaba citando una frase típica de mi madre, pero no pretendía sonar graciosa.” (pp. 242-243)
Robert Walser
JAKOB VON GUNTEN
Madrid, 2003, Siruela.
“Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene de ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores? A mí me encantaría ser rico, pasear en berlina y malgastar dinero.” (p. 9)
“¡Qué sueño más horrible tuve hace unos días! Soñé que me había convertido en un hombre muy malo, perverso, ¿cómo así?, no lograba explicármelo. Era un ser brutal de pies a cabeza, un trozo de carne humana emperejilado, torpe, cruel. Estaba gordo y, por lo visto, las cosas me iban viento en popa. Anillos centelleaban en los dedos de mis deformes manos, y de mi barriga pendían, negligentemente, quintales de carnosa dignidad. Me sentía plenamente autorizado a impartir órdenes y dar rienda suelta a mis caprichos. A mi lado, sobre una mesa ricamente servida, brillaban objetos dignos de una voracidad y dipsomanía insaciables, botellas de vino y licores, así como los más refinados platos fríos. Me bastaba con estirar la mano, cosa que de rato en rato hacía. En los cuchillos y tenedores se habían pegado las lágrimas de mis enemigos ajusticiados, y al tintineo de los vasos se unían los sollozos de innumerables desgraciados; sin embargo, las estelas de las lágrimas sólo me hacían reír, mientras que los sollozos de desesperación adquirían un sonido musical a mis oídos. Necesitaba música para amenizar el banquete, y la tenía. En apariencia, había hecho excelentes negocios a costa del bienestar de otros, lo cual me producía un gozo profundo y visceral. ¡Oh, cómo me complacía la idea de haber dejado en el aire a varios de mis congéneres! Y cogí una campanilla y llamé. Un anciano entró…, perdón, se introdujo a rastras —era la sabiduría de la vida—, y a rastras se llegó hasta mis botas, para besármelas. Y yo se lo permití a ese ser degradado. Pensad un poco: la experiencia, principio noble y bueno entre todos, lamiéndome los pies. Es lo que yo llamo ser rico. Y como me vino en gana, volví a llamar, pues sentía, no sé bien dónde, un acuciante deseo de divertirme; y apareció una tierna jovencita, un auténtico bocado para un libertino como yo. Dijo llamarse «inocencia infantil» y, mirando furtivamente el látigo que había a mi lado, empezó a besarme, lo que me reanimó a un grado increíble. El miedo y la corrupción precoz aleteaban en sus hermosos ojos de cierva. Cuando tuve bastante, volví a llamar y entró un joven esbelto y bello, pero pobre: el lado serio de la vida. Era uno de mis lacayos, y yo, frunciendo el ceño, le ordené que hiciera pasar a esa fulana, ¿cómo se llamaba?, ah, sí, las ganas de trabajar. Poco después hizo su entrada el empeño, y me di el gusto de asestarle a ese hombre íntegro, a ese trabajador de extraordinario físico, un sonoro latigazo en el centro de la plácida y expectante cara: ¡para morirse de risa! Y él, que era el afán, la prístina energía creadora, lo toleró sin protestar. Cierto es que luego le invité a un vaso de vino con gesto perezoso y altanero, y el pobre idiota bebió a sorbos el vino de la vergüenza. «Anda, trabaja para mí», le dije, y él obedeció. Luego compareció la virtud, figura femenina de una belleza avasalladora para todo el que aún no esté completamente congelado. Entró llorando; yo la senté en mis rodillas e hice disparates con ella. Cuando le hube robado su inefable tesoro, el ideal, la eché entre expresiones de sarcasmo y, a un silbido mío, se presentó Dios en persona. «¿Cómo? ¿Tú también?», grité, y me desperté bañado en sudor...” (pp. 69-70)
JAKOB VON GUNTEN
Madrid, 2003, Siruela.
“Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada. La enseñanza que nos imparten consiste básicamente en inculcarnos paciencia y obediencia, dos cualidades que prometen escaso o ningún éxito. Éxitos interiores, eso sí. Pero ¿qué ventaja se obtiene de ellos? ¿A quién dan de comer las conquistas interiores? A mí me encantaría ser rico, pasear en berlina y malgastar dinero.” (p. 9)
“¡Qué sueño más horrible tuve hace unos días! Soñé que me había convertido en un hombre muy malo, perverso, ¿cómo así?, no lograba explicármelo. Era un ser brutal de pies a cabeza, un trozo de carne humana emperejilado, torpe, cruel. Estaba gordo y, por lo visto, las cosas me iban viento en popa. Anillos centelleaban en los dedos de mis deformes manos, y de mi barriga pendían, negligentemente, quintales de carnosa dignidad. Me sentía plenamente autorizado a impartir órdenes y dar rienda suelta a mis caprichos. A mi lado, sobre una mesa ricamente servida, brillaban objetos dignos de una voracidad y dipsomanía insaciables, botellas de vino y licores, así como los más refinados platos fríos. Me bastaba con estirar la mano, cosa que de rato en rato hacía. En los cuchillos y tenedores se habían pegado las lágrimas de mis enemigos ajusticiados, y al tintineo de los vasos se unían los sollozos de innumerables desgraciados; sin embargo, las estelas de las lágrimas sólo me hacían reír, mientras que los sollozos de desesperación adquirían un sonido musical a mis oídos. Necesitaba música para amenizar el banquete, y la tenía. En apariencia, había hecho excelentes negocios a costa del bienestar de otros, lo cual me producía un gozo profundo y visceral. ¡Oh, cómo me complacía la idea de haber dejado en el aire a varios de mis congéneres! Y cogí una campanilla y llamé. Un anciano entró…, perdón, se introdujo a rastras —era la sabiduría de la vida—, y a rastras se llegó hasta mis botas, para besármelas. Y yo se lo permití a ese ser degradado. Pensad un poco: la experiencia, principio noble y bueno entre todos, lamiéndome los pies. Es lo que yo llamo ser rico. Y como me vino en gana, volví a llamar, pues sentía, no sé bien dónde, un acuciante deseo de divertirme; y apareció una tierna jovencita, un auténtico bocado para un libertino como yo. Dijo llamarse «inocencia infantil» y, mirando furtivamente el látigo que había a mi lado, empezó a besarme, lo que me reanimó a un grado increíble. El miedo y la corrupción precoz aleteaban en sus hermosos ojos de cierva. Cuando tuve bastante, volví a llamar y entró un joven esbelto y bello, pero pobre: el lado serio de la vida. Era uno de mis lacayos, y yo, frunciendo el ceño, le ordené que hiciera pasar a esa fulana, ¿cómo se llamaba?, ah, sí, las ganas de trabajar. Poco después hizo su entrada el empeño, y me di el gusto de asestarle a ese hombre íntegro, a ese trabajador de extraordinario físico, un sonoro latigazo en el centro de la plácida y expectante cara: ¡para morirse de risa! Y él, que era el afán, la prístina energía creadora, lo toleró sin protestar. Cierto es que luego le invité a un vaso de vino con gesto perezoso y altanero, y el pobre idiota bebió a sorbos el vino de la vergüenza. «Anda, trabaja para mí», le dije, y él obedeció. Luego compareció la virtud, figura femenina de una belleza avasalladora para todo el que aún no esté completamente congelado. Entró llorando; yo la senté en mis rodillas e hice disparates con ella. Cuando le hube robado su inefable tesoro, el ideal, la eché entre expresiones de sarcasmo y, a un silbido mío, se presentó Dios en persona. «¿Cómo? ¿Tú también?», grité, y me desperté bañado en sudor...” (pp. 69-70)
Margaret Atwood
EL CUENTO DE LA CRIADA (II)
Barcelona, 2017, Salamandra.
EL CUENTO DE LA CRIADA (II)
Barcelona, 2017, Salamandra.
“En la esquina existe una tienda llamada Pergaminos Espirituales. Es un santuario: hay Pergaminos Espirituales en el centro de cada ciudad, en cada suburbio, o eso dicen. Deben de producir pingües beneficios.
El escaparate de Pergaminos Espirituales es de cristal inastillable. Detrás de él se ven varias hileras de máquinas impresoras; estas máquinas se conocen con el nombre de Rollos Sagrados, pero sólo entre nosotras, porque es un nombre irrespetuoso, un mote. Lo que imprimen las máquinas son plegarias, rollos y más rollos que nunca terminan de salir. Los pedidos se hacen por Compufono; un día, por casualidad, oí que la Esposa del Comandante lo hacía. El hecho de pedir plegarias a Pergaminos Espirituales es una muestra de piedad y lealtad al régimen, de modo que, naturalmente, las Esposas de los Comandantes lo hacen muy a menudo. Beneficia las carreras de sus esposos.
Existen cinco tipos diferentes de plegarias: para la salud, la riqueza, una muerte, un nacimiento, un pecado. Escoges la que quieres, marcas el número de tu cuenta para que te carguen el importe, y luego indicas la cantidad de copias que deseas de la plegaria.
Mientras imprimen las plegarias, las máquinas hablan; si quieres, puedes entrar y escuchar sus voces inexpresivas y metálicas que repiten la misma cantinela una y otra vez. Cuando las plegarias han sido pronunciadas e impresas, el papel vuelve a entrar por otra ranura y se recicla para un nuevo uso. En el interior del edificio no hay nadie: las máquinas funcionan solas. Desde afuera no se oyen; sólo llega un murmullo, un canturreo, como el de una devota multitud arrodillada. Cada máquina tiene pintado al costado un ojo dorado, flanqueado por dos pequeñas alas del mismo color.” (pp. 233-234)
José María Merino
UN LUGAR SIN CULPA
Madrid, 2007, Alfaguara.
“La gente era como ha sido siempre la gente, la condición inteligente, el progreso material, no llevan consigo el progreso moral, cada generación humana está preparada para causar el mismo horror que cualquier otra de sus antecesoras, desde el origen mismo de la especie, (…) los humanos somos mucho más sanguinarios y crueles que las lagartijas, porque estamos acosados por la inclemencia de sentirnos tiempo, algo que se extingue enseguida.
De la rabia de saberse tiempo sale toda la furia, el odio es tiempo, el hambre es tiempo, el ser humano concibe el infinito en forma de tiempo que transcurre sin concluir, como el infierno para nosotros es tiempo, tiempo de sufrimiento que no se agota, somos incapaces de imaginarnos fuera del tiempo, las pasiones son tiempo, de puro tiempo están hechas tanto la esperanza como la desesperación, la avaricia, la crueldad” (p. 25)
UN LUGAR SIN CULPA
Madrid, 2007, Alfaguara.
“La gente era como ha sido siempre la gente, la condición inteligente, el progreso material, no llevan consigo el progreso moral, cada generación humana está preparada para causar el mismo horror que cualquier otra de sus antecesoras, desde el origen mismo de la especie, (…) los humanos somos mucho más sanguinarios y crueles que las lagartijas, porque estamos acosados por la inclemencia de sentirnos tiempo, algo que se extingue enseguida.
De la rabia de saberse tiempo sale toda la furia, el odio es tiempo, el hambre es tiempo, el ser humano concibe el infinito en forma de tiempo que transcurre sin concluir, como el infierno para nosotros es tiempo, tiempo de sufrimiento que no se agota, somos incapaces de imaginarnos fuera del tiempo, las pasiones son tiempo, de puro tiempo están hechas tanto la esperanza como la desesperación, la avaricia, la crueldad” (p. 25)
Margaret Atwood
EL CUENTO DE LA CRIADA (I)
Barcelona, 2017, Salamandra.
“Recuerdo un programa de televisión que vi una vez, una reposición de un programa hecho varios años antes. Yo debía de tener siete u ocho años, era demasiado joven para entenderlo. Era el tipo de programa que a mi madre le encantaba ver: histórico, educativo. Más adelante intentó explicármelo, contarme que las cosas que se veían allí habían ocurrido realmente, pero para mí no era más que un cuento, creía que alguien se lo había inventado. Supongo que todos los niños piensan lo mismo de cualquier historia anterior a su propia época. Si sólo es un cuento, parece menos espantoso.
Era un documental sobre una de aquellas guerras. Entrevistaban a la gente y mostraban fragmentos de películas de la época, en blanco y negro, y fotografías. No recuerdo mucho del documental, pero aún conservo en mi memoria la textura de las imágenes, en las que todo parecía cubierto por una mezcla de luz del sol y polvo, y lo oscuras que eran las sombras bajo las cejas y los pómulos.
Las entrevistas a las personas que aún estaban vivas habían sido rodadas en color. La que mejor recuerdo es la que le hacían a una mujer que había sido amante del jefe de uno de los campos donde encerraban a los judíos antes de matarlos. En hornos, según decía mi madre; pero no había ninguna imagen de los hornos, de modo que me formé el concepto, algo confuso, de que esas muertes habían tenido lugar en la cocina. Para un niño, una idea así encierra algo especialmente aterrador. Los hornos sirven para cocinar, y cocinar es lo que se hace antes de comer. Me imaginaba que a aquellas personas se las habían comido. Y supongo que, en cierto modo, es lo que les ocurrió.” (p. 207)
EL CUENTO DE LA CRIADA (I)
Barcelona, 2017, Salamandra.
“Recuerdo un programa de televisión que vi una vez, una reposición de un programa hecho varios años antes. Yo debía de tener siete u ocho años, era demasiado joven para entenderlo. Era el tipo de programa que a mi madre le encantaba ver: histórico, educativo. Más adelante intentó explicármelo, contarme que las cosas que se veían allí habían ocurrido realmente, pero para mí no era más que un cuento, creía que alguien se lo había inventado. Supongo que todos los niños piensan lo mismo de cualquier historia anterior a su propia época. Si sólo es un cuento, parece menos espantoso.
Era un documental sobre una de aquellas guerras. Entrevistaban a la gente y mostraban fragmentos de películas de la época, en blanco y negro, y fotografías. No recuerdo mucho del documental, pero aún conservo en mi memoria la textura de las imágenes, en las que todo parecía cubierto por una mezcla de luz del sol y polvo, y lo oscuras que eran las sombras bajo las cejas y los pómulos.
Las entrevistas a las personas que aún estaban vivas habían sido rodadas en color. La que mejor recuerdo es la que le hacían a una mujer que había sido amante del jefe de uno de los campos donde encerraban a los judíos antes de matarlos. En hornos, según decía mi madre; pero no había ninguna imagen de los hornos, de modo que me formé el concepto, algo confuso, de que esas muertes habían tenido lugar en la cocina. Para un niño, una idea así encierra algo especialmente aterrador. Los hornos sirven para cocinar, y cocinar es lo que se hace antes de comer. Me imaginaba que a aquellas personas se las habían comido. Y supongo que, en cierto modo, es lo que les ocurrió.” (p. 207)
martes, 8 de octubre de 2019
Leonardo Sciascia
EL TEATRO DE LA MEMORIA
Barcelona, 2009, Tusquets.
“Quien ha vivido una experiencia como la guerra está siempre e incansablemente dispuesto a recordar, a contar; en cambio, una vida que año tras año transcurre igual a sí misma, sin lances dramáticos, sin peligros, sin traumas, deja pocos y ocasionales recuerdos, aislados, intermitentes. Una tempestad en el mar no la olvida nadie y hasta un idiota sabe contarla; pero para hablar de la tempestad en una copa de champán hay que tener el talento de Proust.” (p. 86)
EL TEATRO DE LA MEMORIA
Barcelona, 2009, Tusquets.
“Quien ha vivido una experiencia como la guerra está siempre e incansablemente dispuesto a recordar, a contar; en cambio, una vida que año tras año transcurre igual a sí misma, sin lances dramáticos, sin peligros, sin traumas, deja pocos y ocasionales recuerdos, aislados, intermitentes. Una tempestad en el mar no la olvida nadie y hasta un idiota sabe contarla; pero para hablar de la tempestad en una copa de champán hay que tener el talento de Proust.” (p. 86)
Joyce Carol Oates
REY DE PICAS. UNA NOVELA DE SUSPENSE
Barcelona, 2016, Alfaguara.
“A la larga tuve que contárselo. Confesar, confiar en ella.
Fue después de tomar la decisión de casarnos. Cuando quedó claro que si no se lo contaba yo lo haría otra persona.
A mitad de mi relato, pareció que me faltaban las palabras.
No había manera de hablar de aquello. Nunca había sido posible hablar de aquello.
Perdió el equilibrio en el trampolín más alto y cayó al vacío.
Fue un accidente, nadie tuvo la culpa.
Habíamos estado nadando en la presa de Catamount Park y luego trepé por las rocas hasta un sitio donde el agua era más profunda y donde había un trampolín improvisado a unos cinco metros de la superficie.
Los que andaban por allí eran gente mayor. Nunca chicas ni chicos de la edad de Evan.
¿Por qué había tenido que seguirme? Le dije que se volviera.
La mayoría de la gente no se tiraba de cabeza sino que se limitaba a saltar con los pies por delante. Eso fue lo que yo hice; me tapé la nariz y salté. Evan también iba a saltar, pero al llegar al extremo del trampolín se quedó inmóvil. Como los chicos le gritaban que saltara, me avergoncé de mi hermano pequeño y fui hacia él por el trampolín, aunque no para empujarlo, desde luego. Solo bromeaba, por supuesto. Claro está que no le empujé.
Si llegué a tocarlo, fue solo con dos dedos por debajo de la cintura para darle un empujoncito porque estaba tardando demasiado.
Debió de asustarse, perdió el equilibrio, cayó de lado, se dio en la cabeza con el borde del trampolín y entró en el agua con un ángulo que empeoró la fractura -un crío delgadito capaz de nadar como un pez pero desmadejado ya, sin vida-, de manera que se hundió como una piedra en donde la presa era más profunda y nunca volvió a respirar.
Los testigos dieron distintas versiones, pero el fallo fue que se trataba de un accidente.
Los hermanos Rush. Doce, diez.
Andrew, Evan, Los dos muy queridos, aunque ya no quedaba más que uno.” (pp. 201)
[Las cursivas pertenecen al texto.]
REY DE PICAS. UNA NOVELA DE SUSPENSE
Barcelona, 2016, Alfaguara.
“A la larga tuve que contárselo. Confesar, confiar en ella.
Fue después de tomar la decisión de casarnos. Cuando quedó claro que si no se lo contaba yo lo haría otra persona.
A mitad de mi relato, pareció que me faltaban las palabras.
No había manera de hablar de aquello. Nunca había sido posible hablar de aquello.
Perdió el equilibrio en el trampolín más alto y cayó al vacío.
Fue un accidente, nadie tuvo la culpa.
Habíamos estado nadando en la presa de Catamount Park y luego trepé por las rocas hasta un sitio donde el agua era más profunda y donde había un trampolín improvisado a unos cinco metros de la superficie.
Los que andaban por allí eran gente mayor. Nunca chicas ni chicos de la edad de Evan.
¿Por qué había tenido que seguirme? Le dije que se volviera.
La mayoría de la gente no se tiraba de cabeza sino que se limitaba a saltar con los pies por delante. Eso fue lo que yo hice; me tapé la nariz y salté. Evan también iba a saltar, pero al llegar al extremo del trampolín se quedó inmóvil. Como los chicos le gritaban que saltara, me avergoncé de mi hermano pequeño y fui hacia él por el trampolín, aunque no para empujarlo, desde luego. Solo bromeaba, por supuesto. Claro está que no le empujé.
Si llegué a tocarlo, fue solo con dos dedos por debajo de la cintura para darle un empujoncito porque estaba tardando demasiado.
Debió de asustarse, perdió el equilibrio, cayó de lado, se dio en la cabeza con el borde del trampolín y entró en el agua con un ángulo que empeoró la fractura -un crío delgadito capaz de nadar como un pez pero desmadejado ya, sin vida-, de manera que se hundió como una piedra en donde la presa era más profunda y nunca volvió a respirar.
Los testigos dieron distintas versiones, pero el fallo fue que se trataba de un accidente.
Los hermanos Rush. Doce, diez.
Andrew, Evan, Los dos muy queridos, aunque ya no quedaba más que uno.” (pp. 201)
[Las cursivas pertenecen al texto.]
sábado, 5 de octubre de 2019
Margaret Atwood
ASESINATO EN LA OSCURIDAD
Barcelona, 2009, Ediciones B.
“Una mujer empezó de espaldas al público, iluminada por el foco. Lucía unos guantes largos de color blanco y un vestido de noche con mangas negras de gasa que cuando extendía los brazos parecían unas alas membranosas. Utilizaba mucho los brazos y la espalda; pero, cuando finalmente se volvió, resultó que era una vieja. Tenía el rostro empolvado de blanco y los labios pintados de un rojo intenso, pero era una vieja. Me sentí profundamente avergonzada, la cosa ya no tenía gracia, no quería que aquella mujer se quitase la ropa, no quería mirar. Era como si fuese yo, y no la mujer del escenario, quien se exhibía y humillaba. Seguro que se burlarían de ella y le gritarían barbaridades, seguro que pensarían que los habían estafado.
La mujer se bajó la cremallera del vestido negro, lo dejó caer al suelo y empezó a mover las caderas. Sonreía y entre los labios pintados de rojo brillaban unos dientes que semejaban unos guijarros de un blanco mate, ella sabía que se trata de una burla, aunque no lo pretendiese, era una broma de otra clase, pero ignorábamos quién la gastaba. La broma consistía en el hecho de que no se trataba de ninguna broma: el cuerpo de allí arriba era auténtico, estaba envejeciendo, no flotaba bajo el foco en algún lugar separado de nosotros; como nosotros, estaba atrapado en el tiempo.” (p. 28)
[La cita pertenece al relato El espectáculo de variedades del Victory.]
“Algunas personas creen que una novela de mujeres es cualquier cosa donde no se hable de política. Algunos creen que es cualquier cosa que hable de relaciones. Algunos creen que es cualquier cosa con muchas operaciones, quirúrgicas quiero decir. Algunos piensan que es cualquier cosa que no te ofrezca una amplia visión panorámica de nuestra emocionante época. Yo…, bueno, sencillamente quiero algo que puedas dejar sobre la mesita del café sin preocuparte demasiado de que los niños lo lean. ¿Crees que no es una consideración auténtica? Te equivocas.” (p. 60)
[La cita pertenece al relato Novelas de mujeres.]
“Érase una vez dos hermanas, una rica y sin hijos, la otra viuda, con cinco hijos y tan pobre que ya no le quedaba nada de comida. Acudió a su hermana y le pidió un trozo de pan.
-Mis hijos se están muriendo -le dijo.
-No tengo suficiente para mí -contestó la hermana rica, y la alejó de su puerta.
Después el marido de la hermana rica regresó a casa y quiso cortarse un trozo de pan, pero en cuanto hundió el cuchillo, brotó sangre roja.
Todo el mundo comprendió lo que esto significaba.
Es un tradicional cuento de hadas alemán.” (p. 71)
[La cita pertenece al relato El pan.]
ASESINATO EN LA OSCURIDAD
Barcelona, 2009, Ediciones B.
“Una mujer empezó de espaldas al público, iluminada por el foco. Lucía unos guantes largos de color blanco y un vestido de noche con mangas negras de gasa que cuando extendía los brazos parecían unas alas membranosas. Utilizaba mucho los brazos y la espalda; pero, cuando finalmente se volvió, resultó que era una vieja. Tenía el rostro empolvado de blanco y los labios pintados de un rojo intenso, pero era una vieja. Me sentí profundamente avergonzada, la cosa ya no tenía gracia, no quería que aquella mujer se quitase la ropa, no quería mirar. Era como si fuese yo, y no la mujer del escenario, quien se exhibía y humillaba. Seguro que se burlarían de ella y le gritarían barbaridades, seguro que pensarían que los habían estafado.
La mujer se bajó la cremallera del vestido negro, lo dejó caer al suelo y empezó a mover las caderas. Sonreía y entre los labios pintados de rojo brillaban unos dientes que semejaban unos guijarros de un blanco mate, ella sabía que se trata de una burla, aunque no lo pretendiese, era una broma de otra clase, pero ignorábamos quién la gastaba. La broma consistía en el hecho de que no se trataba de ninguna broma: el cuerpo de allí arriba era auténtico, estaba envejeciendo, no flotaba bajo el foco en algún lugar separado de nosotros; como nosotros, estaba atrapado en el tiempo.” (p. 28)
[La cita pertenece al relato El espectáculo de variedades del Victory.]
“Algunas personas creen que una novela de mujeres es cualquier cosa donde no se hable de política. Algunos creen que es cualquier cosa que hable de relaciones. Algunos creen que es cualquier cosa con muchas operaciones, quirúrgicas quiero decir. Algunos piensan que es cualquier cosa que no te ofrezca una amplia visión panorámica de nuestra emocionante época. Yo…, bueno, sencillamente quiero algo que puedas dejar sobre la mesita del café sin preocuparte demasiado de que los niños lo lean. ¿Crees que no es una consideración auténtica? Te equivocas.” (p. 60)
[La cita pertenece al relato Novelas de mujeres.]
“Érase una vez dos hermanas, una rica y sin hijos, la otra viuda, con cinco hijos y tan pobre que ya no le quedaba nada de comida. Acudió a su hermana y le pidió un trozo de pan.
-Mis hijos se están muriendo -le dijo.
-No tengo suficiente para mí -contestó la hermana rica, y la alejó de su puerta.
Después el marido de la hermana rica regresó a casa y quiso cortarse un trozo de pan, pero en cuanto hundió el cuchillo, brotó sangre roja.
Todo el mundo comprendió lo que esto significaba.
Es un tradicional cuento de hadas alemán.” (p. 71)
[La cita pertenece al relato El pan.]
Félix J. Palma
EL MAPA DEL TIEMPO (II)
Sevilla, 2009, Algaida.
“El forense lo saludó con un gesto grave y lo condujo por el corredor hacia la sala de autopsias en un silencio de clausura que sorprendió a Garrett. Enseguida comprendió que aquella misteriosa herida enfurecía lo bastante al forense como para encapotar su excelente humor. Pese al aspecto un tanto inquietante que le otorgaba su único cejo, el doctor Alcock era un hombre alegre y tremendamente parlanchín. Siempre que acudía a la morgue, lo recibía con una simpática jovialidad, y lo guiaba por aquel largo pasillo recitando de corrido, como si de una canción popular se tratara, el orden que consideraba más apropiado para examinar los órganos de la cavidad abdominal: epiplón, bazo, riñón izquierdo, cápsula suprarrenal, vejiga urinaria, próstata, vesículas seminales, pene, cordón espermático..., un rosario de nombres que terminaba en el paquete intestinal, material que el forense examinaba en último lugar por razones de limpieza, pues aseguraba que manejar su contenido era una labor repugnantísima. Y yo, que todo lo veo aunque no tenga el menor interés en ello, como ya les he repetido varias veces a lo largo de esta historia, puedo confirmarles que, pese a su tendencia a la bravuconería, en este caso en particular el doctor no exageraba en absoluto; a causa de mi ubicuidad sobrenatural he podido verlo en tales fregados, manchándose de excrementos a sí mismo, al cadáver, a la mesa de disección e incluso al suelo de la sala de autopsias, aunque por respeto a ustedes no incurriré en descripciones más minuciosas.” (pp. 461-462)
“Ni sentir sobre la piel la deliciosa brisa que anuncia el verano, ni acariciar otro cuerpo, ni beber whisky escocés en la bañera hasta que se enfríe el agua ni, en fin, cualquier otro placer que se le ocurriese, proporcionaba a Wells un bienestar mayor que el que sentía cada vez que ponía el punto y final a una novela. Ese acto culminatorio siempre le anegaba por dentro de una embriagadora satisfacción, de un arrebato de felicidad que nacía de la certeza de que nada de lo que pudiera realizar en la vida podría complacerle más que escribir una novela, por mucho que la escritura en sí le resultara una labor aburrida, engorrosa e ingrata, pues Wells era de esa clase de escritores que odian escribir pero a los que les encanta «haber escrito».
Extrajo el último folio del rodillo de su máquina de escribir Hammond, lo colocó sobre la pila y posó su mano sobre ella, con la misma sonrisa de triunfo con la que un cazador apoyaría su bota sobre la cabeza de un león, porque para Wells el acto de la escritura se asemejaba mucho a una lucha, a una encarnizada batalla contra una idea que se resistía a ser atrapada. Una idea que él mismo había concebido, por otro lado; y eso era quizás lo más frustrante de todo, la distancia que siempre mediaba entre el resultado obtenido con su esfuerzo y el objetivo que, si bien de un modo más inconsciente que voluntario, se había marcado de antemano. La experiencia le había enseñado que lo que uno lograba acarrear hasta el papel no era más que un pálido reflejo de lo que había imaginado, así que había aprendido a conformarse con que este fuera la mitad de bueno que el original, la mitad de aceptable que esa novela perfecta e inaprensible que le había servido de guía y que imaginaba latiendo burlona detrás de cada libro como una sombra fantasmal.” (pp. 482-483)
EL MAPA DEL TIEMPO (II)
Sevilla, 2009, Algaida.
“El forense lo saludó con un gesto grave y lo condujo por el corredor hacia la sala de autopsias en un silencio de clausura que sorprendió a Garrett. Enseguida comprendió que aquella misteriosa herida enfurecía lo bastante al forense como para encapotar su excelente humor. Pese al aspecto un tanto inquietante que le otorgaba su único cejo, el doctor Alcock era un hombre alegre y tremendamente parlanchín. Siempre que acudía a la morgue, lo recibía con una simpática jovialidad, y lo guiaba por aquel largo pasillo recitando de corrido, como si de una canción popular se tratara, el orden que consideraba más apropiado para examinar los órganos de la cavidad abdominal: epiplón, bazo, riñón izquierdo, cápsula suprarrenal, vejiga urinaria, próstata, vesículas seminales, pene, cordón espermático..., un rosario de nombres que terminaba en el paquete intestinal, material que el forense examinaba en último lugar por razones de limpieza, pues aseguraba que manejar su contenido era una labor repugnantísima. Y yo, que todo lo veo aunque no tenga el menor interés en ello, como ya les he repetido varias veces a lo largo de esta historia, puedo confirmarles que, pese a su tendencia a la bravuconería, en este caso en particular el doctor no exageraba en absoluto; a causa de mi ubicuidad sobrenatural he podido verlo en tales fregados, manchándose de excrementos a sí mismo, al cadáver, a la mesa de disección e incluso al suelo de la sala de autopsias, aunque por respeto a ustedes no incurriré en descripciones más minuciosas.” (pp. 461-462)
“Ni sentir sobre la piel la deliciosa brisa que anuncia el verano, ni acariciar otro cuerpo, ni beber whisky escocés en la bañera hasta que se enfríe el agua ni, en fin, cualquier otro placer que se le ocurriese, proporcionaba a Wells un bienestar mayor que el que sentía cada vez que ponía el punto y final a una novela. Ese acto culminatorio siempre le anegaba por dentro de una embriagadora satisfacción, de un arrebato de felicidad que nacía de la certeza de que nada de lo que pudiera realizar en la vida podría complacerle más que escribir una novela, por mucho que la escritura en sí le resultara una labor aburrida, engorrosa e ingrata, pues Wells era de esa clase de escritores que odian escribir pero a los que les encanta «haber escrito».
Extrajo el último folio del rodillo de su máquina de escribir Hammond, lo colocó sobre la pila y posó su mano sobre ella, con la misma sonrisa de triunfo con la que un cazador apoyaría su bota sobre la cabeza de un león, porque para Wells el acto de la escritura se asemejaba mucho a una lucha, a una encarnizada batalla contra una idea que se resistía a ser atrapada. Una idea que él mismo había concebido, por otro lado; y eso era quizás lo más frustrante de todo, la distancia que siempre mediaba entre el resultado obtenido con su esfuerzo y el objetivo que, si bien de un modo más inconsciente que voluntario, se había marcado de antemano. La experiencia le había enseñado que lo que uno lograba acarrear hasta el papel no era más que un pálido reflejo de lo que había imaginado, así que había aprendido a conformarse con que este fuera la mitad de bueno que el original, la mitad de aceptable que esa novela perfecta e inaprensible que le había servido de guía y que imaginaba latiendo burlona detrás de cada libro como una sombra fantasmal.” (pp. 482-483)
lunes, 30 de septiembre de 2019
Peter Novick
JUDÍOS, ¿VERGUENZA O VICTIMISMO? (VI)
El Holocausto en la vida americana
Madrid, 2007, Marcial Pons.
“En una encuesta sobre el conocimiento público de la Segunda Guerra Mundial, el 97% de los encuestados sabía qué era el Holocausto. Una cifra considerablemente superior a la de los que podían identificar Pearl Harbor o la de los que sabían que Estados Unidos había arrojado una bomba atómica sobre Japón, y mucho mayor que el 49% que sabía que la Unión Soviética luchó junto a los estadounidenses durante la guerra. Pero ¿qué significa «conocer lo que fue el Holocausto» para esa parte de la población -más de un tercio, según una encuesta reciente- que o bien no sabía que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial o bien «sabía» que no ocurrió en ese período?. Esta última conclusión no desalentó a la directora temporal del Museo del Holocausto de Washington, que declaró a a un reportero: «¿Acaso le sorprende eso en un país que no sabe dónde está México?» (citaba una encuesta de Gallup que descubrió que casi la mitad de los estadounidenses no podía situar México en un mapa). En cierto modo es una réplica bastante justa: probablemente, ni siquiera la mayoría de los estadounidenses con carrera universitaria podría decir muchas cosas coherentes sobre la Revolución Americana o la Guerra Civil de Estados Unidos. Pero plantea una cuestión (imposible de responder): ¿cuántos estadounidenses tienen un conocimiento del Holocausto que vaya más allá de una serie de frases televisivas sentenciosas e inconexas? Sólo podemos contestar: algunos.” (p. 253)
JUDÍOS, ¿VERGUENZA O VICTIMISMO? (VI)
El Holocausto en la vida americana
Madrid, 2007, Marcial Pons.
“En una encuesta sobre el conocimiento público de la Segunda Guerra Mundial, el 97% de los encuestados sabía qué era el Holocausto. Una cifra considerablemente superior a la de los que podían identificar Pearl Harbor o la de los que sabían que Estados Unidos había arrojado una bomba atómica sobre Japón, y mucho mayor que el 49% que sabía que la Unión Soviética luchó junto a los estadounidenses durante la guerra. Pero ¿qué significa «conocer lo que fue el Holocausto» para esa parte de la población -más de un tercio, según una encuesta reciente- que o bien no sabía que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial o bien «sabía» que no ocurrió en ese período?. Esta última conclusión no desalentó a la directora temporal del Museo del Holocausto de Washington, que declaró a a un reportero: «¿Acaso le sorprende eso en un país que no sabe dónde está México?» (citaba una encuesta de Gallup que descubrió que casi la mitad de los estadounidenses no podía situar México en un mapa). En cierto modo es una réplica bastante justa: probablemente, ni siquiera la mayoría de los estadounidenses con carrera universitaria podría decir muchas cosas coherentes sobre la Revolución Americana o la Guerra Civil de Estados Unidos. Pero plantea una cuestión (imposible de responder): ¿cuántos estadounidenses tienen un conocimiento del Holocausto que vaya más allá de una serie de frases televisivas sentenciosas e inconexas? Sólo podemos contestar: algunos.” (p. 253)
domingo, 29 de septiembre de 2019
Peter Novick
JUDÍOS, ¿VERGUENZA O VICTIMISMO? (V)
El Holocausto en la vida americana
Madrid, 2007, Marcial Pons.
“Quizá lo más enervante de todo para los armenios -dado lo dispuesto que había estado el Congreso de Estados Unidos a lanzar proclamas y a destinar fondos a conmemorar el Holocausto- fuera que los diplomáticos israelíes y destacados activistas judíos estadounidenses se unieran para derrotar una resolución de esa cámara que conmemoraba el genocidio armenio. Destacadas organizaciones judías, que en principio proyectaban apoyar la resolución, dieron marcha atrás y guardaron silencio en respuesta a las exhortaciones de Israel. Un veterano dirigente judío explicó lo que motivó sus presiones contra la resolución: «Muchos sostienen que el Holocausto fue simplemente un acontecimiento terrible, ni único ni singular. Comparar... la situación de los armenios [en 1915] con los judíos de Europa entre 1933 y 1939 es una peligrosa invitación al revisionismo sobre el Holocausto... Si los judíos dicen que cualquier acontecimiento terrible... es un genocidio, ¿por qué habría de creer el mundo que el Holocausto es particular?».” (p. 213)
“Los negros […] no tenían mucho interés en establecer comparaciones con otros lugares del mundo. Se quejaban de que en Estados Unidos el grupo que, con mucha diferencia, tenía más privilegios, estaba utilizando crímenes cometidos en Europa para superar otros cometidos en Estados Unidos y utilizarlos contra el grupo que, con igual diferencia, era el más desfavorecido. El resentimiento se agudizó cuando, en las décadas posteriores, fue reduciéndose la preocupación por los sufrimientos de los negros y aumentando el interés por el dolor de los judíos. La principal afrenta simbólica fue que mientras que los judíos tenían un museo sufragado con fondos federales que rendía homenaje a su condición de víctimas, las propuestas de establecer un museo de la experiencia negra nunca llegaron al Congreso. Los negros eran muy conscientes de la ironía, también señalada por algunos analistas judíos. La riqueza y la influencia política de los judíos estadounidenses fueron los factores que les capacitaron para colocar en el Mall de Washington un monumento a su debilidad y vulnerabilidad. Los que seguían siendo débiles y vulnerables -los oprimidos aquí y no en otro lugar- carecían de medios para llevar a buen término esa empresa.” (p. 215)
“...la propia idea de unicidad es fatua, ya que cualquier acontecimiento -una guerra, una revolución, un genocidio- tiene rasgos relevantes que comparte con otros hechos con los que podría compararse y rasgos que le diferencian de los demás. Sólo podría decirse que un acontecimiento es único -y no ciertos rasgos del mismo- recurriendo a la manipulación, es decir, seleccionando deliberadamente uno o varios elementos distintivos del mismo y trivializando o barriendo bajo la alfombra lo que comparte con otros acontecimientos con los que podría compararse.” (p. 216)
JUDÍOS, ¿VERGUENZA O VICTIMISMO? (V)
El Holocausto en la vida americana
Madrid, 2007, Marcial Pons.
“Quizá lo más enervante de todo para los armenios -dado lo dispuesto que había estado el Congreso de Estados Unidos a lanzar proclamas y a destinar fondos a conmemorar el Holocausto- fuera que los diplomáticos israelíes y destacados activistas judíos estadounidenses se unieran para derrotar una resolución de esa cámara que conmemoraba el genocidio armenio. Destacadas organizaciones judías, que en principio proyectaban apoyar la resolución, dieron marcha atrás y guardaron silencio en respuesta a las exhortaciones de Israel. Un veterano dirigente judío explicó lo que motivó sus presiones contra la resolución: «Muchos sostienen que el Holocausto fue simplemente un acontecimiento terrible, ni único ni singular. Comparar... la situación de los armenios [en 1915] con los judíos de Europa entre 1933 y 1939 es una peligrosa invitación al revisionismo sobre el Holocausto... Si los judíos dicen que cualquier acontecimiento terrible... es un genocidio, ¿por qué habría de creer el mundo que el Holocausto es particular?».” (p. 213)
“Los negros […] no tenían mucho interés en establecer comparaciones con otros lugares del mundo. Se quejaban de que en Estados Unidos el grupo que, con mucha diferencia, tenía más privilegios, estaba utilizando crímenes cometidos en Europa para superar otros cometidos en Estados Unidos y utilizarlos contra el grupo que, con igual diferencia, era el más desfavorecido. El resentimiento se agudizó cuando, en las décadas posteriores, fue reduciéndose la preocupación por los sufrimientos de los negros y aumentando el interés por el dolor de los judíos. La principal afrenta simbólica fue que mientras que los judíos tenían un museo sufragado con fondos federales que rendía homenaje a su condición de víctimas, las propuestas de establecer un museo de la experiencia negra nunca llegaron al Congreso. Los negros eran muy conscientes de la ironía, también señalada por algunos analistas judíos. La riqueza y la influencia política de los judíos estadounidenses fueron los factores que les capacitaron para colocar en el Mall de Washington un monumento a su debilidad y vulnerabilidad. Los que seguían siendo débiles y vulnerables -los oprimidos aquí y no en otro lugar- carecían de medios para llevar a buen término esa empresa.” (p. 215)
“...la propia idea de unicidad es fatua, ya que cualquier acontecimiento -una guerra, una revolución, un genocidio- tiene rasgos relevantes que comparte con otros hechos con los que podría compararse y rasgos que le diferencian de los demás. Sólo podría decirse que un acontecimiento es único -y no ciertos rasgos del mismo- recurriendo a la manipulación, es decir, seleccionando deliberadamente uno o varios elementos distintivos del mismo y trivializando o barriendo bajo la alfombra lo que comparte con otros acontecimientos con los que podría compararse.” (p. 216)
viernes, 27 de septiembre de 2019
Félix J. Palma
EL MAPA DEL TIEMPO (I)
Sevilla, 2009, Algaida.
“Merrick pertenecía a esa clase de lectores que lograban olvidar con terrible facilidad que había una mano moviendo la cruceta de los personajes que bailaban en esos teatritos que eran las novelas. Durante su infancia, él también había sido un lector así. Pero un día decidió ser escritor y desde ese momento le resultó imposible sumergirse en las historias de los libros con aquel inocente abandono: había comprendido que los actos e impresiones de los personajes no les pertenecían. Todas sus acciones y pensamientos respondían en realidad al dictado de un ser superior, de alguien que, en la soledad de una habitación, manipulaba las piezas que él mismo había dispuesto sobre el tablero, generalmente con un terrible desafecto que no se correspondía con las emociones que pretendía provocar en los lectores. Las novelas no eran pedazos de vida, sino artefactos más o menos regulados cuya función era reproducir pedazos de vidas, pero unas vidas irreales, perfeccionadas, donde los tiempos muertos y los actos infructuosos y vanos que construyen cualquier existencia habían sido sustituidos por episodios emocionantes y significativos. A veces, Wells añoraba esa manera de leer despreocupada de la infancia pero, tras aquella mirada entre bambalinas, ya solo podía leer así haciendo un gran esfuerzo de sugestión. Una vez escribías tu primera historia, no había marcha atrás. Te habías convertido en un embaucador, e inevitablemente solo podías mostrar recelo ante los demás embaucadores.” (p. 178)
“A través de la ventanita del coche, contempló la circundante oscuridad, que empezaba a flamear bajo el empuje del día. Del mismo modo que el tejido de una chaqueta se desgasta en los codos, también la noche comenzaba a dehilacharse por una de las esquinas del cielo, cuya negrura se iba tornando lentamente de un azul cada vez menos oscuro, hasta que un lívido resplandor comenzó a esculpir parsiomoniosamente el mundo.” (p. 236)
EL MAPA DEL TIEMPO (I)
Sevilla, 2009, Algaida.
“Merrick pertenecía a esa clase de lectores que lograban olvidar con terrible facilidad que había una mano moviendo la cruceta de los personajes que bailaban en esos teatritos que eran las novelas. Durante su infancia, él también había sido un lector así. Pero un día decidió ser escritor y desde ese momento le resultó imposible sumergirse en las historias de los libros con aquel inocente abandono: había comprendido que los actos e impresiones de los personajes no les pertenecían. Todas sus acciones y pensamientos respondían en realidad al dictado de un ser superior, de alguien que, en la soledad de una habitación, manipulaba las piezas que él mismo había dispuesto sobre el tablero, generalmente con un terrible desafecto que no se correspondía con las emociones que pretendía provocar en los lectores. Las novelas no eran pedazos de vida, sino artefactos más o menos regulados cuya función era reproducir pedazos de vidas, pero unas vidas irreales, perfeccionadas, donde los tiempos muertos y los actos infructuosos y vanos que construyen cualquier existencia habían sido sustituidos por episodios emocionantes y significativos. A veces, Wells añoraba esa manera de leer despreocupada de la infancia pero, tras aquella mirada entre bambalinas, ya solo podía leer así haciendo un gran esfuerzo de sugestión. Una vez escribías tu primera historia, no había marcha atrás. Te habías convertido en un embaucador, e inevitablemente solo podías mostrar recelo ante los demás embaucadores.” (p. 178)
“A través de la ventanita del coche, contempló la circundante oscuridad, que empezaba a flamear bajo el empuje del día. Del mismo modo que el tejido de una chaqueta se desgasta en los codos, también la noche comenzaba a dehilacharse por una de las esquinas del cielo, cuya negrura se iba tornando lentamente de un azul cada vez menos oscuro, hasta que un lívido resplandor comenzó a esculpir parsiomoniosamente el mundo.” (p. 236)
Élmer Mendoza
BALAS DE PLATA
Barcelona, 2008, Tusquets.
“Era Briseño: Acelera, no le hagan necropsia, que Balística y el forense trabajen rápido. ¿Qué sucede? Así lo quiere su padre, el ingeniero Canizales, ex de la Secretaría de Agricultura, me acaba de llamar el procurador Bracamontes para pedirme que seamos expeditos y entreguemos el cuerpo en cuanto aparezca la familia. ¿Aunque tenga toda la facha de ser un asesinato? No importa, tómalo como si fuera muerte natural. Okey. Pasó la orden a Montaño y a los técnicos que se lo tomaron con naturalidad. En sus departamentos podía pasar y pasaba cualquier cosa. Solamente terminarían de levantar las huellas dactilares.” (pp. 25-26)
“En la puerta de la casa más cercana una mujer observaba. ¿Cómo amaneció? Con esta sorpresa, ¿oiga no piensan acabar con la violencia?; yo escucho a los políticos, a los policías, a los soldados prometiendo cosas, pero los encobijados no acaban, todos dicen que van a terminar con la violencia y es pura baba de perico, ¿adónde vamos a llegar?; vea nomás lo que le hicieron a este pobre muchacho, ¿qué culpa tenía? ¿Usted fue la que llamó a la Jefatura? Ni loca, ahí luego la traen a una en sus vueltas que termina por no tener ni para los camiones para ir a declarar, en este país la justicia está en manos de los delincuentes y mientras ustedes, los del Gobierno, se hagan de la vista gorda, vamos a seguir igual. ¿A qué hora vio el cadáver? Como a las siete, la que lo vio primero fue Artemisa, esa gordita de la blusa floreada y pelo largo, me gritó para que saliera; ella fue la que llamó. ¿Escuchó algo? Un disparo, pero como hay tantos, nunca creí que lo hubieran hecho frente a mi casa, y a un muchacho tan joven, pobre madre. ¿Alguien de su familia vio algo? Nadie, todos tienen el sueño pesado y mi esposo no vino a dormir. No quisiera estar en sus zapatos cuando llegue. ¿Y usted quién es para decir eso?, mire, cabrón, con mi marido no se meta, ya quisiera tener un pelo de él, y esta es su casa y puede llegar cuando quiera y a la hora que quiera, que para eso tiene vieja que lo espere, ¿me oyó?, y ahora lárguese. ¿Dónde estaba Gris Toledo? Le marcó de nuevo. Nada. Ella sabía cómo tratar a viejas histéricas.” (pp. 160-161)
BALAS DE PLATA
Barcelona, 2008, Tusquets.
“Era Briseño: Acelera, no le hagan necropsia, que Balística y el forense trabajen rápido. ¿Qué sucede? Así lo quiere su padre, el ingeniero Canizales, ex de la Secretaría de Agricultura, me acaba de llamar el procurador Bracamontes para pedirme que seamos expeditos y entreguemos el cuerpo en cuanto aparezca la familia. ¿Aunque tenga toda la facha de ser un asesinato? No importa, tómalo como si fuera muerte natural. Okey. Pasó la orden a Montaño y a los técnicos que se lo tomaron con naturalidad. En sus departamentos podía pasar y pasaba cualquier cosa. Solamente terminarían de levantar las huellas dactilares.” (pp. 25-26)
“En la puerta de la casa más cercana una mujer observaba. ¿Cómo amaneció? Con esta sorpresa, ¿oiga no piensan acabar con la violencia?; yo escucho a los políticos, a los policías, a los soldados prometiendo cosas, pero los encobijados no acaban, todos dicen que van a terminar con la violencia y es pura baba de perico, ¿adónde vamos a llegar?; vea nomás lo que le hicieron a este pobre muchacho, ¿qué culpa tenía? ¿Usted fue la que llamó a la Jefatura? Ni loca, ahí luego la traen a una en sus vueltas que termina por no tener ni para los camiones para ir a declarar, en este país la justicia está en manos de los delincuentes y mientras ustedes, los del Gobierno, se hagan de la vista gorda, vamos a seguir igual. ¿A qué hora vio el cadáver? Como a las siete, la que lo vio primero fue Artemisa, esa gordita de la blusa floreada y pelo largo, me gritó para que saliera; ella fue la que llamó. ¿Escuchó algo? Un disparo, pero como hay tantos, nunca creí que lo hubieran hecho frente a mi casa, y a un muchacho tan joven, pobre madre. ¿Alguien de su familia vio algo? Nadie, todos tienen el sueño pesado y mi esposo no vino a dormir. No quisiera estar en sus zapatos cuando llegue. ¿Y usted quién es para decir eso?, mire, cabrón, con mi marido no se meta, ya quisiera tener un pelo de él, y esta es su casa y puede llegar cuando quiera y a la hora que quiera, que para eso tiene vieja que lo espere, ¿me oyó?, y ahora lárguese. ¿Dónde estaba Gris Toledo? Le marcó de nuevo. Nada. Ella sabía cómo tratar a viejas histéricas.” (pp. 160-161)
Peter Novick
JUDÍOS, ¿VERGUENZA O VICTIMISMO? (IV)
El Holocausto en la vida americana
Madrid, 2007, Marcial Pons.
JUDÍOS, ¿VERGUENZA O VICTIMISMO? (IV)
El Holocausto en la vida americana
Madrid, 2007, Marcial Pons.
“El año 1945 no sólo trajo consigo la revelación absoluta de los horrores de los campos de exterminio, sino otro horror adicional. Entre los estadounidenses, Hiroshima tuvo un impacto mucho mayor, y más duradero, por razones perfectamente sensatas y en absoluto relacionadas con la «atrocidología comparada». Si el Holocausto representaba la era que acababa de terminar, Hiroshima como símbolo de la devastación nuclear, definía el presenta y el futuro. A diferencia del Holocausto, Hiroshima sí parecía conllevar lecciones urgentes para los estadounidenses, lo cual convertía en vergonzoso el hecho de apartar la vista. Para muchos, entre ellos destacados sacerdotes, al contemplar las imágenes de los muertos y mutilados de Hiroshima la lección que se extraía era: «Dios, perdónanos». Para casi todos los estadounidenses la lección era: «Dios, podríamos ser nosotros».” (pp. 126-127)
“Elliot Cohen, director de Commentary, crítico la película Crossfire [Encrucijada de odios], de 1947, que trataba de la muerte de un judío a manos de un soldado antisemita. Según él, habría sido mejor que los productores encontraran un «personaje humano más vigoroso para su judío, que la típica y eterna víctima indefensa de la fuerza bruta».
«La exhibición de sadismo y de carnicería no causa inmediatamente repugnancia y rechazo. Por el contrario, puede convertir en familiar y acostumbrado lo prohibido y lo horrible, vinculando las emociones ocultas con la acción abierta... Más de un observador atento cree que las espantosas y penosas imágenes de los noticiarios de Buchenwald suscitaron emociones muy ambiguas; el hecho de ver cadáveres de judíos amontonados como carne de matanza abarataba la vida judía».” (pp. 138-139)
“La esperanza de vida de las memorias en nuestra sociedad parece muy reducida. Cuando las circunstancias vitales cambian con la velocidad que lo hacen actualmente, muy pocas memorias pueden conectar con un estado inalterable. En ningún lugar esto es más cierto que en Estados Unidos, esa nación tristemente famosa por su dedicación al «ahora» y su carácter amnésico. […] A algunos de mis colegas les sigue chocando que los nuevos alumnos no sepan nada de cuestiones de «historia antigua» como la Guerra de Vietnam o el caso Watergate. Reconocen -a regañadientes porque les hace sentirse viejos- que esas cosas ocurrieron antes de que nacieran esos alumnos, pero replican que los padres de esos muchachos sí las vivieron; «¡deben de haberles hablado de ellas!». Quizá los padres lo hicieran, pero sus hijos no escucharon (como suelen hacer). Estamos muy lejos de la concepción tradicional de la transmisión de memorias colectivas, por no hablar de las que duran durante siglos.” (p. 290)
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