Textos para la reflexión
En este espacio encontrarás información sobre todas mis publicaciones: NARRATIVA, EDUCACIÓN, HISTORIA Y ANTROPOLOGÍA.
A FAVOR DEL PENSAMIENTO LIBRE
miércoles, 9 de septiembre de 2026
Terenci Moix
MIS INMORTALES DEL CINE: Hollywood años 50
Barcelona, 2001, Planeta.
“Incluso llegó a anunciarse que se sometería a una prueba más difícil todavía: presentarse en el West End con una producción de Macbeth. Posteriormente se suspendió el estreno sin causas claras, aunque malas lenguas aseguraron que le imponía la responsabilidad de representar a Shakespeare ante el exigente público inglés.
Semejantes observaciones contrastan con la mayoría de las personas que han trabajado con Charlton Heston. Todos le consideraban un gran profesional, concienzudo y obsesionado por alcanzar la perfección en su trabajo. En este sentido escribió Cecil B. De Mille en su autobiografía: «Antes de rodar una escena de Los diez mandamientos, Chuck solía apartarse del equipo para meditar en soledad durante media hora, vestido y maquillado como su personaje. Cuando regresaba al decorado, los extras musulmanes murmuraban piadosamente: “¡Mussa! ¡Mussa!” Para ellos era el profeta Moisés.»
Para millones de espectadores sigue siéndolo. Pese a que últimamente le haya dado por el culto a las armas, la homofobia y otras actitudes reaccionarias indignas de aquel Rodrigo de Vivar tan heroico. Y tan guapo, coño.” (p. 257)
Juan José Saer
EL ENTENADO (II)
Barcelona, 2003, El Aleph.
“Todas las noches, a las diez y media, una de mis nueras me sube la cena, que es siempre la misma: pan, un plato de aceitunas, una copa de vino.
Es, a pesar de renovarse, puntual, cada noche, un momento singular, y, de todos sus atributos, el de repetirse, periódico, como el paso de las constelaciones, el más luminoso y el más benévolo. Mi habitación, aparte de una pared lateral llena de libros, está casi vacía; la mesa, la silla, la cama, los candelabros que sostienen las velas, resaltan, oscuros, entre las paredes blancas; el plato blanco, en el que se mezclan aceitunas verdes y negras que relucen un poco recién salidas del frasco que las contenía en la cocina, y el vaso alto desde el que el vino, del color de una miel delgada, deja subir su olor terrestre y áspero, reflejan, muchas veces, adoptando formas diferentes, la luz de las velas que, en el aire tranquilo, parecen reconquistar a cada momento su altura y su inmovilidad; el pan grueso, que yace en otro plato blanco, es irrefutable y denso, y su regreso cotidiano, junto con el del vino y las aceitunas, dota a cada presente en el que reaparece, como un milagro discreto, de un aura de eternidad.” (pp. 126-127)
Mick Herron
LAS HORA SECRETAS
Barcelona, 2023, Salamandra.
“En cuanto su propio trabajo, había días en que podía tenerlo delante de las narices sin ser capaz de entender en qué consistía. «La protección de la nación.» Lo que significaba proteger a los trabajadores, a los asistentes a un concierto, a los que iban de compras, a los que estaban en primera línea cuando determinados individuos, metidos en algún cuartucho sin ventanas, proyectaban sembrar el terror incitados por el odio. Lo que a su modo de ver justificaba entrometerse en las vidas de aquellos mismos trabajadores, aunque no todo el mundo lo veía de esa forma. Para algunos, ella era el enemigo, «el escudo protector de la clase dirigente». Una pulla habitual, y en parte fundamentada, pero que ignoraba el hecho de que la antigua clase dirigente se había ido desintegrando durante las últimas décadas, pues el funcionariado y los industriales de toda la vida se habían visto suplantados por una nueva cohorte. Una cohorte integrada por los medios de comunicación por un lado, los ricos por el otro, y en su parte intermedia, por la vasta intersección entre los unos y los otros. El grito de guerra de esta nueva generación decía combatir a las élites, pero en realidad todos habían ido a los mismos colegios de pago, pertenecían a los mismos clubes y hacían ondear las mismas banderas en lo alto de sus mansiones rurales... No, no hacía falta proteger a la clase dirigente, porque la clase dirigente siempre acababa venciendo. Con el matiz de que no siempre se trataba de la misma clase dirigente, o no inicialmente.” (pp. 456-457)
Juan José Saer
EL ENTENADO (I)
Barcelona, 2003, El Aleph.
“La carne humeaba, despacio, sobre el fuego. Al derretirse, la grasa goteaba sobre las brasas, produciendo un chirrido constante y monótono, y por momentos formaba un núcleo breve de combustión, acrecentando la humareda y atrayendo la atención de los asadores que se inclinaban, interesados, y se ponían a remover el fuego con sus palos largos. El silencio de los indios era tan grande que, a pesar de la muchedumbre que rodeaba las parrillas no se oía nada más que la crepitación apagada de la leña y la cocción lenta de la carne sobre el fuego. De la carne que iba asándose llegaba un olor agradable, intenso, subiendo junto con las columnas de humo espeso que demoraban en disgregarse hacia el cielo. El origen humano de esa carne desaparecía, gradual, a medida que la cocción avanzaba; la piel, oscurecida y resquebrajada, dejaba ver, por sus reventones verticales, un jugo acuoso y rojizo que goteaba junto con la grasa; de las partes chamuscadas se desprendían astillas de carne reseca y los pies y las manos, encogidos por la acción del fuego, apenas si tenían un parentesco remoto con las extremidades humanas. En las parrillas, para un observador imparcial, estaban asándose los restos carnosos de un animal desconocido.
Estas cosas son, desde luego, difíciles de contar, pero que el lector no se asombre si digo que, tal vez a causa del olor agradable que subía de las parrillas o de mi hambre acumulada desde la víspera en que los indios no me habían dado más que alimento vegetal durante el viaje, o de esa fiesta que se aproximaba y de la que yo, el eterno extranjero, no quería quedar afuera, me vino, durante unos momentos, el deseo, que no se cumplió, de conocer el gusto real de ese animal desconocido. De todo lo que compone al hombre lo más frágil es, como puede verse, lo humano, no más obstinado ni sencillo que sus huesos. Parado inmóvil entre los indios inmóviles, mirando fijo, como ellos, la carne que se asaba, demoré unos minutos en darme cuenta de que por más que me empecinaba en tragar saliva, algo más fuerte que la repugnancia y el miedo se obstinaba, casi contra mi voluntad, a que ante el espectáculo que estaba contemplando en la luz cenital se me hiciera agua a la boca.” (pp. 49-50)