sábado, 1 de noviembre de 2025

Homero
LA ODISEA
Madrid, 19174, EDAF.

 

“«¡Te haces el tonto, forastero, o vienes de muy lejos. Cuando quieres que yo tema y respete a los dioses! ¿Has de saber que los cíclopes no nos preocupamos de los dioses afortunados, ni siquiera de Zeus, el que lleva la égida, pues somos más fuertes que ellos! ¡Sin el menor temor a la cólera de Zeus, os castigaré a ti ya tus compañeros, si así me place hacerlo!... Pero, al venir, dime ¿en qué sitio anclaste tu sólida nave? ¿Al final de la punta?» Trataba de sonsacarme, pero me dí cuenta y le contesté inventando esta historia: «Mi nave se estrelló. Poseidón, el que sacude la tierra, la arrojó sobre las rocas del promontorio más saliente de vuestra tierra, hasta donde nos arrastraron los vientos. Sólo estos amigos y yo pudimos salvarnos.» Dije así, pero su implacable corazón no respondió. Pero, de pronto, se abalanzó sobre mis compañeros con sus manos abiertas, agarró a dos y los aplastó contra el suelo como si fueran cachorrillos. Sus cerebros resbalaron por la tierra, empapándola. Luego despedazó sus cuerpos miembro a miembro, haciendo con ellos su cena. Viéndole devorarlos ávidamente parecía un feroz león de las montañas: no dejó ni rastro de la carne, ni de las entrañas, ni de los huesos con su tuétano. Los demás, contemplando inermes aquel horrible espectáculo, llorábamos implorando a Zeus con las manos tendidas. Tan pronto como el cíclope llenó su vientre de carne humana rociada con la leche recién ordeñada, se tendió en el antro en medio de sus rebaños.” (pp. 177-178)