domingo, 16 de noviembre de 2025

Errico Malatesta
IDEARIO

Madrid, 1977, Libros Dogal.
 

 

“De ordinario, los que elogian la utilidad, para el proletariado, de tener representantes en el parlamento y en todos los otros cuerpos electivos, razonan como si para ser elector bastara sólo quererlo.
—Nosotros tendremos allá—dicen ellos—hombres que gozarán de grandes ventajas económicas, las cuales les permitirán entregarse con mayor eficacia a la propaganda; hombres que podrán observar de cerca las lacras del mundo político y denunciarlas al público; hombres que podrán, sobre todo, servirse de la tribuna parlamentaría para defender sus ideales y forzar a todo el país a estudiarlos y discutirlos. ¿Por qué renunciar a estos beneficios?
   Ante todo hay un prejuzgamiento: ¿mantendrán los electos el programa que sostenían cuando candidatos y usarán de su defensa de la misma energía? Ciertamente sería honroso para la naturaleza humana poder afirmar que cualesquiera que fuesen las convicciones de los hombres y el método de lucha elegido, nunca disminuirían su sinceridad y su valentía; pero la prueba está hecha y, desgraciadamente, cuando se piensa en la conducta innoble y hasta vil que han tenido en cualquier parte casi todos los diputados socialistas, no es posible conservar tales ilusiones.
   El ambiente parlamentario corrompe, y el obrero y el revolucionario dejan de ser tales por el solo hecho de haber llegado a diputados.
   Por lo demás, esto no es para maravillarse. Si tomáis un trabajador, lo sacáis de su medio, lo substraéis al trabajo, lo alejáis de los que con él compartían la miseria y lo colocáis entre los señores, en pleno gran mundo donde se goza y no se trabaja, lo exponéis a todas las tentaciones. ¿Por qué extrañarse si él se adapta a ese ambiente más confortable que aquel en que vivía antes, y si trata de asegurarse el insólito bienestar y olvida más tarde o más temprano sus hermanos de fatigas y los compromisos con ellos contraídos?
   Si tomáis un revolucionario acostumbrado a pasar su vida en una u otra prisión y lo hacéis legislador, ¿por qué os habéis de extrañar después si él se deja domar por los halagos de una libertad y una seguridad personal nunca gozada hasta entonces?” (pp. 110-111)