lunes, 26 de octubre de 2026

Joyce Carol Oates
BESTIAS
Barcelona, 2010, Papel de liar.

 

“André Harrow no era «guapo»: tenía la piel áspera y el rostro estrecho y anguloso. Lo mejor de él eran sus ojos: dos luces metálicas de color gris verdoso que parecían brillar en la oscuridad. Aunque una manchita de sangre le estropeaba el iris derecho. Era flaco, desgarbado e inquieto. Parecía un hurón, un animal impaciente en su jaula. Su barba de chivo solía estar descuidada; su largo pelo castaño, a menudo grasiento, le caía sobre la cara como un penacho entrecano. Tenía los dientes disparejos y manchados de nicotina, igual que sus nerviosos dedos. Fumaba unos puritos holandeses que dejaban un olor acre a maíz quemado flotando sobre la pequeña aula de seminarios. Y dejaba caer la ceniza distraídamente en la mesa y el suelo. (Era 1975 y casi toda la clase fumaba. Incluso Catherine, que padecía problemas respiratorios, y Sybil, cuyo padre había muerto por un cáncer de pulmón. Dominique y Marisa, aunque eran bailarinas, fumaban un cigarrillo tras otro. A mí también me habría gustado fumar, ¿hace falta que lo diga? Me parecía un hábito sofisticado y seductor. Envidiaba el aplomo con que Dominique y Marisa arrojaban sobre la mesa mecheros y paquetes de tabaco. Envidiaba los gestos con que los fumadores se pedían o pasaban cigarrillos. Los celos me atravesaban el corazón cada vez que Marisa, con aquel pelo sedoso cayéndole sobre el rostro, se entregaba al ritual erótico de poner el cigarrillo entre el carmín de sus labios y ofrecerse a fuego del Sr. Harrow cubriendo con sus manos los nudillos del profesor e inhalando suntuosamente: «¡Gracias, André!». Envidiaba a los fumadores, pero no conseguía imitarlos. Fumar me irritaba los ojos y la garganta. Parecía una niña jugando con juguetes para adultos.)” (pp. 49-50)