jueves, 23 de mayo de 2019


Asunción Díaz
DRAMATIS PERSONAE
Madrid, 2019, Vitruvio.



“En un día entero, en sólo un día,
se puede amar, temer, arrepentirse,
llorar, y al fin entregarse.
A lo que pase, a lo que sea.
Sea pues, la vida.

Cerca o lejos de cada uno,
de la premeditación.
¡Qué pobre resulta la premeditación!
La premeditación frente a la llama
que arde y arde, de amor.

Olvídate, amigo, sólo nos queda
sonreír, sonreír y alegrarse de estar
vivo y contar si puedes un cuento
o llorar de tanto amor, de tanto
que sólo puede, si puede, dejarse llevar...”
[La cita pertenece al poema TITANIA; p. 35)



“¿Sufrirá el océano
cuando de la corriente
del río, una gota
(por cualquier causa)
quede a merced
de piedras y lodazales?”
[La cita pertenece al poema INQUIETUD O PADRE; p. 49)

Yuval Noah Harari
HOMO DEUS. BREVE HISTORIA DEL MAÑANA (I)
Barcelona, 2017, Debate.


“En Perú, Haití, Filipinas y Ghana (países en vías de desarrollo con pobreza e inestabilidad política), cada año se suicida una tasa inferior a cinco de cada 100.000 personas. En países ricos y pacíficos como Suiza, Francia, Japón y Nueva Zelanda, anualmente se quitan la vida una tasa superior a diez de cada 100.000 personas. En 1985, la mayoría de los surcoreanos eran pobres, no tenían estudios, estaban apegados a las tradiciones y vivían en una dictadura autoritaria. En la actualidad, Corea del Sur es una potencia económica destacada, sus ciudadanos figuran entre los mejor educados del mundo, y cuenta con un régimen estable y comparativamente democrático y liberal. Pero mientras que en 1985 nueve de cada 100.000 surcoreanos se quitaban la vida, hoy en día la tasa anual de suicidios del país es de 36 de cada 100.000.” (p. 45)

Elmore Leonard
MISTER PARADISE
Madrid, 2008, Alianza Editorial.



“Delsa miró al encargado, en el suelo, y pensó que su trabajo siempre sería igual. Mediaba el mes de abril y el encargado hacía ¿el número cien en la lista de homicidios? Por ahí debía andar. Si las cosas se calentaban con el verano, quizá alcanzaran los cuatrocientos homicidios del año anterior. Delsa llevaba así ocho de los diecisiete años desde que ingresó en la Policía de Detroit, donde empezó trabajando en un coche patrulla en la Comisaría Séptima y pasó luego a Delitos Violentos antes de llegar a Homicidios. En menos de ocho años se retiraría con la mitad del sueldo. Para entonces tendría cuarenta y cinco años. ¿Y luego qué? Seguridad privada. Había estudiado Introducción al derecho en Wayne, pero fue aplazando el momento de entrar en la facultad y ahora ya no le gustaban los abogados. Sabía investigar un homicidio, ir retirando una a una las capas del caso hasta descubrir quién era quién, quiénes mentían y quiénes decían cosas que podían serle útiles, y al fin daba con el sospechoso; y cuando sabía que tenía cogido por los huevos al arrogante tipejo que en ningún momento llegó a creer que pudieran pillarlo, entonces le presentaba las pruebas, lo miraba cara a cara y veía cómo su expresión chulesca se desvanecía al saber que se enfrentaba a veinticinco años de prisión o a toda una vida sin posibilidad de obtener la condicional. No había nada como ese momento.” (pp. 297-298)

Dennis Lehane
SHUTTER ISLAND
Barcelona, 2007, Círculo de Lectores.


“—En Dachau se nos rindieron los guardias de asalto de la SS —dijo Teddy—. Quinientos hombres. Había periodistas, pero ellos también habían visto los cadáveres apilados en la estación de tren. Podían oler justo lo mismo que nosotros olíamos. Nos miraron, y vimos que querían que hiciéramos lo que acabamos haciendo. Y nosotros, evidentemente, deseábamos hacerlo. Así que ejecutamos a todos y cada uno de esos malditos alemanes. Los desarmamos, los obligamos a apoyarse en la pared y los ejecutamos. Ametrallamos a más de trescientos tipos a la vez. Luego nos dedicamos a caminar entre las hileras y a meterle un tiro en la cabeza a cualquiera que todavía respirara. Fue uno de los peores crímenes de guerra de todos los tiempos, ¿no crees? Pero, Chuck, era lo mínimo que podíamos hacer. Los jodidos periodistas no paraban de aplaudir. Los prisioneros estaban tan contentos que se les saltaban las lágrimas. Así que les entregamos unos cuantos guardias de asalto y los hicieron pedazos. Al final del día habíamos eliminado quinientas almas de la faz de la tierra. Los asesinamos a todos. No fue en defensa propia, ni en el fragor de una batalla. Fue un homicidio. Y con todo, la situación estaba muy clara, puesto que se merecían algo mucho peor. Hasta aquí muy bien, pero... ¿cómo puede vivir alguien con ese peso? ¿Cómo puedes explicarles a tus padres, a tu mujer y a tus hijos que has hecho una cosa así? ¿Que has ejecutado a gente desarmada? ¿Que has matado niños? Niños con pistolas y uniformes, pero niños de todas formas. La respuesta es... que no puedes contárselo. Nunca lo comprenderían, porque lo que has hecho ha sido por una buena razón, pero a la vez está mal hecho. Y nunca lo olvidas.” (p. 134)
Elmore Leonard
HOMBRE / QUE VIENE VALDEZ (II)
Madrid, Valdemar, 2015.



“Mírenlo de nuevo como él se vio a sí mismo aquella noche. Su nombre era Roberto Eladio Valdez, nacido el 23 de julio de 1854, en un poblado de edificios de adobe en la sierra de San Pedro, donde el valle se extendía hasta las Galiuro. Su padre fue granjero hasta que se trasladaron a Tucson para trabajar con una compañía de transporte y envió a sus hijos a la escuela de la misión. Roberto Eladio Valdez, nacido de padres mexicanos en el Territorio de Arizona de los Estados Unidos, un chico que vivió en el desierto y conoció a muchos que fueron asesinados por los apaches, un chico que creció hasta hacerse hombre en el desierto y las montañas, que finalmente trabajó para el ejército guiando rastreadores apaches cuando los hostiles atacaron San Carlos y continuaron asaltando granjas, y finalmente lo dejó y decidió que ya era hora de trabajar la tierra o para una compañía de diligencias, como hacían la mayoría de los hombres, y hacerlo antes de que fuera demasiado tarde. Roberto Eladio Valdez trabajaba para Hatch & Hodges y le sentaron en el maletero con la escopeta porque era bueno disparando. Pidió un trabajo al comité municipal de Lanoria, le nombraron alguacil a tiempo parcial y le colocaron una escopeta en las manos porque era bueno disparando y porque era tranquilo y porque le gustaba a todo el mundo o al menos todos los soportaban, porque era uno de los buenos ciudadanos que se mantenía limpio y aseado, incluso llevaba un cuello de la camisa almidonado y traje cuando el resto iba en mangas de camisa, y jamás bebía demasiado o insultaba. Recuerden, ese era el Bob Valdez que conocía su sitio, y el que buscaba una vida normal y un hogar y una familia.” (pp. 293-294)
[La cita pertenecen a la novela QUE VIENE VALDEZ.]

Ulrich Beck
¿QUÉ ES LA GLOBALIZACIÓN? (III)
Barcelona, 1998, Paidós.



"Un nuevo pacto social debería partir de los siguiente. Nuestro trabajo ha llegado a ser tan productivo que cada vez necesitamos menos trabajo para producir más bienes y servicios. La integración material y social de los hombres por el trabajo remunerado continúa siendo tan importante como antes, aunque no del mismo modo. Propongo reflexionar acerca de si no sería posible valorar como segundo centro de integración y actividad, junto con el trabajo remunerado, el trabajo público y civil, en aquellos aspectos que signifique un compromiso cívico con el sociobiotipo de la sociedad, manifieste capacidad para la autoorganización y asimismo responda a intereses de proyectos políticos que no son suficientemente reconocidos por las instituciones." (p. 195)

“Tanto en los EE.UU. como en los países europeos comunitarios crece la preocupación por ese escenario social y político de brecha en aumento entre pobreza y riqueza en el interior de los países y entre países, escenario que plantea, al nivel más elevado de la economía y de la política, la necesidad de preguntarse: ¿cuánta pobreza puede soportar la democracia?” (p. 209)
Elmore Leonard
HOMBRE / QUE VIENE VALDEZ (I)
Madrid, Valdemar, 2015.


“Ese era el problema con el señor Méndez cuando trabajaba para él. De lejos nunca adivinabas que era mexicano. Nunca vestía como ellos, todo de blanco como si hicieran la ropa con sábanas. Habitualmente no se comportaba como ellos. Solo que su cara, con aquellos ojos como teñidos de tabaco y aquel bigote caído, siempre era igual y nunca sabías lo que estaba pensando. Cuando te miraba era como si supiera algo que no te iba a decir, o se estuviera riendo de ti, dijera lo que dijera. Entonces es cuando te dabas cuenta de que era mexicano.” (p. 24)

“Fue estando allí parado cuando vi por primera vez de cerca a John Russell.
    Imaginen la canana cruzada sobre su pecho con el sol destellando en los cartuchos que llenaban casi todas las presillas. Imaginen un sombrero de ala rígida, sembrado de manchas, que llevaba casi a la manera india, es decir, sin doblez ni echado a uno u otro lado, salvo que el ala estaba un poco levantada y tenía un pequeño pliegue en la corona.
    Imaginen su cara medio en sombra bajo el sombrero. Primero solo veías lo oscura que era. Oscura como sus brazos con las mangas remangadas por encima del codo. Oscura –lo juro– como las caras de los dos indios montaña blanca. Luego veías lo largo que llevaba el pelo, casi tapándole las orejas, y lo bien afeitada que parecía su cara. En ese momento barruntabas que era más para aquellos apaches que un amigo o un jefe. Quiero decir que podía tener lazos de sangre con ellos, se llamara como se llamara, y nadie en el mundo hubiera apostado a que no los tenía.” (pp. 24-25)

[Las citas pertenecen a la novela HOMBRE.]

Ulrich Beck
¿QUÉ ES LA GLOBALIZACIÓN? (II)
Barcelona, 1998, Paidós.



“El capitalismo destruye el trabajo. El paro ya no es un destino marginal: nos afecta potencialmente a todos, y también a la propia democracia como forma de vida. Pero el capitalismo global, al declararse exento de toda responsabilidad respecto al empleo y la democracia, está socavando en el fondo su propia legitimidad. (…) Hay que volver a cimentar el futuro de la democracia más allá de la sociedad del trabajo. (…) Lo que se ha presentado como un remedio –la flexibilización del mercado laboral– no ha hecho más que ocultar la terrible enfermedad del paro; no lo ha curado en absoluto. Al contrario, cada vez es mayor el paro, así como los casos de trabajos a tiempo parcial, las precarias relaciones contractuales y la por el momento aún tranquila reserva laboral. En otras palabras, que el volumen del trabajo remunerado está desapareciendo a marchas forzadas y nos estamos dirigiendo a toda velocidad hacia un capitalismo sin trabajo, y ello en todos los países posindustriales del planeta” (pp. 92-93).

“Contradiciendo a los profetas de la sociedad de la información, que predicen una gran abundancia de trabajos muy bien remunerados inclusive para personas con poca formación, la triste y desnuda realidad dice que numerosos puestos de trabajo en el sector del procesamiento de datos serán actividades rutinarias bastante mal retribuidas. La infantería de la economía de la información, escribe el economista y antiguo ministro de trabajo de la administración Clinton, Robert Reich, la constituyen hordas de trabajadores informáticos sentados en cuartos sin ventana ante terminales de ordenador conectadas a bancos de datos a escala mundial.” (p. 95)

Jean Giono
EL HÚSAR EN EL TEJADO
Barcelona, 1998, Anagrama.



“Luego de haberse convencido poco a poco de que no había ningún peligro, Angelo dejó su actitud vigilante y se puso a charlar con el muchacho, quien le dijo que allí podían considerarse felices, ya que en Marsella, en ciertas calles, los cadáveres apilados sobrepasaban la altura de las puertas de las tiendas. Aix también estaba devastada. Padecían allí una variedad de la epidemia realmente atroz. Al principio, los enfermos eran atacados de una especie de embriaguez que los hacía correr de un lado a otro vacilantes dando espantosos alaridos. Tenían los ojos brillantes y la voz ronca, y parecían rabiosos. Los amigos huían de los amigos. Se había visto a una madre perseguida por su hijo, a una hija perseguida por su madre, a jóvenes esposos que se daban caza. La ciudad semejaba un coto de caza lleno de jaurías. Al parecer, al fin habían decidido matar a los enfermos y, en lugar de enfermeros, quienes recorrían las calles eran ahora una especie de perreros armados de lazos y garrotes. Aviñón estaba igualmente en pleno delirio: los enfermos se arrojaban al Ródano, o se colgaban, o se degollaban con navajas, o se desgarraban las venas de las muñecas a mordiscos. En ciertos lugares los enfermos estaban tan quemados por la fiebre, que los cadáveres se volvían inmediatamente como yesca y se inflamaban de repente, por sí solos, así que soplaba un poco de aquel viento ardiente, y hasta nada más que por el exceso de sequedad. Por esta razón se había incendiado la ciudad de Die. Los enfermeros se veían obligados a llevar manoplas de cuero como los herreros. «Hay lugares del departamento del Drôme», siguió diciendo el muchacho, «en los que los pájaros han enloquecido. En todo caso, no muy lejos de aquí, al otro lado de las colinas, los caballos lo rechazan todo. Rechazan la avena, el agua, la caballeriza, los cuidados de la persona que los atiende habitualmente, aunque goce de buena salud. Se ha observado, por lo demás, que ese rechazo por parte del caballo constituye siempre una pésima señal para la persona o la casa rechazadas. La enfermedad no tardará en manifestarse, por más que aún no haya sido advertida. Y los perros; naturalmente, están los perros de los que han muerto, que vagan por todas partes, comen cadáveres y, en vez de diñarla, engordan y se vuelven arrogantes. No tienen ya ganas de ser perros e incluso cambian de fisonomía. ¡Lo que hay que ver! A algunos les ha crecido bigote, lo cual parece ridículo. Cuando se encuentran con la gente, no le ceden la acera, y si los amenazan, se encolerizan; se hacen respetar; su cabeza aumenta de tamaño. ¡Lo digo en serio!” (pp. 210-211)

Ulrich Beck
¿QUÉ ES LA GLOBALIZACIÓN? (I)
Barcelona, 1998, Paidós.


“También saltan a la vista las contradicciones del «capitalismo sin trabajo». Los directivos de las multinacionales ponen a salvo la gestión de sus negocios llevándoselos a la India del sur, pero envían a sus hijos a universidades europeas de renombre subvencionadas con dinero público. Ni se les pasa por la cabeza irse a vivir allí donde crean los puestos de trabajo y pagan muy pocos impuestos. Pero para sí mismos reclaman, naturalmente, derechos fundamentales políticos, sociales y civiles, cuya financiación pública torpedean. Frecuentan el teatro; disfrutan de la naturaleza y el campo, que tanto dinero cuesta conservar; y se lo pasan bomba en las metrópolis europeas aún relativamente libres de violencia y criminalidad. Sin embargo, con su política exclusivamente orientada a la generación de beneficios están contribuyendo a la vez al hundimiento de este modo de vida europeo. Pregunta: ¿dónde desearán vivir, ellos o sus hijos, cuando nadie financie ya los Estados democráticos de Europa?” (p. 22)

“«Entre los daños medioambientales resultantes del bienestar y los daños medioambientales resultantes de la pobreza», escribe Michael Zürn, «conviene hacer una precisión importante: mientras que muchas de las amenazas ecológicas condicionadas por la riqueza resultan de la exteriorización de los costes de producción, en el caso de los daños ecológicos condicionados por la pobreza se trata de autodaños de los pobres que tienen efectos secundarios también para los ricos. En otras palabras, que los daños medioambientales condicionados por la riqueza se reparten equitativamente por todo el planeta, mientras que los daños medioambientales condicionados por la pobreza se dan preferentemente en un lugar determinado y se internacionalizan sólo en forma de efectos secundarios que aparecen a medio plazo».” (p. 68)

viernes, 19 de abril de 2019

Melville J. Herskovits
EL HOMBRE Y SUS OBRAS
México D. F., 1969, Fondo de Cultura Económica.


“Ningún estudio de los motivos que impulsan a trabajar puede omitir las satisfacciones que siente un artesano cuando señala un objeto y dice, con orgullo, «Yo lo hice». Aquí radica uno de los más difíciles problemas de una sociedad industrializada, donde los medios de producción no están ya en manos del trabajador, y donde la especialización de la labor se ha llevado tan lejos que no es posible su identificación con el producto acabado. En estas circunstancias el trabajo se hace desagradable, y su liberación se considera como requisito necesario para un vivir apreciable. Mucho nos asombró que el concepto «vacación» sólo se da en nuestra sociedad; hasta que pensamos que, en otras culturas, el ritmo del trabajo está fijado por sanciones aceptadas por todos, los fines del mismo son la posesión del producto por quien lo trabaja, para disponer de él como desee; y él mismo puede identificarse con lo que ha producido con su habilidad y su fuerza. Tendemos a olvidar el hecho de que la vacación no significa tanto el abandono del esfuerzo como una oportunidad de gastar energía sin intervención extraña. Esto, y solamente esto, es lo que la hace deseable,” (p. 304)

Qiu Xiaolong
EL ENIGMA DE CHINA
Barcelona, 2014, Tusquets.



“La entrada del blog se titulaba a LOS CRIADORES DE CERDOS NO COMEN CARNE DE CERDO, y revelaba el hecho alarmante de que la mayoría de los cerdos eran alimentados con el mal llamado «pienso compuesto». En realidad, se trataba de un pienso adulterado con aditivos, entre los que había hormonas para que los cerdos crecieran más deprisa, somníferos para que durmieran todo el día y aumentaran de peso más rápidamente y arsénico para que adquirieran un color rosado y saludable. Entre los diversos aditivos empleados, uno de los compuestos químicos más habituales era la esencia de carne magra a base de ractopamina o clenbuterol, con la que los criadores podían producir más carne magra y reducir la cantidad de pienso a un tiempo. A los criadores de cerdos no les importaban las consecuencias que estos aditivos pudieran tener para los consumidores. Sin embargo, para consumo propio criaban uno o dos cerdos alimentados con piensos naturales.
(…)
Por otra parte, había oído que los altos cargos del Partido contaban con un suministro secreto de carne de cerdo, así como de otros animales criados en granjas especiales orgánicas. Dicha carne podía ser cara, pero la pagaba el Gobierno.
(…)
Y el problema no se limitaba a la carne de cerdo tóxica, pensó Peiqin mientras se levantaba para servirse una taza de té. Las verduras estaban rociadas con DDT, el pescado era criado en agua contaminada, e incluso se decía que las hojas de té —al menos algunas— estaban pintadas de verde. No pudo evitar mirar con recelo el contenido de su taza.
—¿Qué está pasando en China?” (pp. 39-40)


Elmore Leonard
CIUDAD SALVAJE
Barcelona, 1989, Círculo de Lectores.



“Una vez a Clement le arrolló un tren y sobrevivió. Fue un mercancías de treinta y seis vagones de Cheasapeaked & Ohio, con dos máquinas y un furgón de cola.
   Clement estaba con una chica. Estaban parados en un paso a nivel en Redford Township a eso de las once de la noche, con los discos rojos encendidos y bajada la barrera a rayas, cuando Clement se bajó del coche y se puso en medio de la vía, de espaldas al foco de la locomotora, que avanzaba a setenta kilómetros por hora en su dirección. Sí, estaba un poco borracho, pero no demasiado. Pensaba quitarse de en medio en el último segundo, de espaldas al tren que se aproximaba, pero entonces vio a través del parabrisas los ojos de la chica, a punto de salirse de sus órbitas. En vez de saltar fuera de las vías, Clement cambió de opinión y se tumbó entre los dos raíles. El maquinista le vio y pisó a fondo el freno de emergencia, pero no a tiempo. Veintiún vagones pasaron por encima de Clement antes de que el tren se detuviera y él saliera a rastras de debajo del que hacía el número veintiuno. El maquinista, Harold Howell,de Grand Rapids, dijo: «No tenía ninguna excusa para hacerlo». Clement fue conducido al hospital Garden City, donde le trataron contusiones en la espalda y le dieron de alta. Interrogado por la policía de Redford Township, Clement dijo: «¿He violado alguna ley? Enséñeme dónde dice que no me puedo tumbar en una vía delante de un tren».” (p. 54)
Gabriel Chevallier
EL MIEDO (III)
Barcelona, 2009, Acantilado. 
 

“Los soldados hablan con naturalidad de estas cosas, sin aprobarlas o censurarlas, porque la guerra los ha habituado a encontrar natural lo que es monstruoso. A su modo de ver, la suprema injusticia es que se disponga de su vida sin consultarles, que se les haya que se designaba a los soldados de infantería. Fue usada durantela guerra por los traído aquí con mentiras. Esta injusticia legalizada vuelve caducas todas las morales y consideran que las convenciones promulgadas por la gente de la retaguardia, en lo relativo al honor, al valor, a la belleza de una actitud, no pueden concernirles a ellos, gente de la vanguardia. La zona de los obuses tiene sus propias leyes, de las que son sus únicos jueces. Declaran sin vergüenza: «¡Estamos aquí porque no podemos evitarlo!». Sienten que son la mano de obra de la guerra, y saben que los beneficios sólo aprovechan al patrón. Los dividendos irán a parar a los generales, a los políticos, a los industriales. Los héroes regresarán al arado y al banco de carpintero, pordioseros como antes. Este término de héroe les provoca una risa amarga. Se llaman entre sí buenos hombres, es decir, pobres tipos, ni belicosos ni agresivos, que avanzan, matan, sin saber por qué. Los buenos hombres, es decir, la lamentable, enfangada, gemebunda y sangrante hermandad de los PCDF, como ellos se designan tan irónicamente. En fin, carne de cañón. En fin, carne de cañón. «Aspirante a fiambre», como dice Chassignole.” (pp. 198-199)
[PCDF: Abreviatura de pauvre couillon/con du front (‘pobre gilipollas del frente’), con la propios combatientes, y denunciaba implícitamente a los enchufados que conseguían escapar del frente y del peligro.] La nota aclaratoria pertenece al propio texto.

John Connolly
MÁS ALLÁ DEL ESPEJO
Barcelona, 2014, Tusquets.



“En cierto modo era un milagro que hubiesen seguido juntos. Como policía y como investigador privado había visto cómo se desintegraban matrimonios bajo el peso del dolor. La gente habla de la pena compartida, pero a menudo la muerte de un niño no afecta por igual al padre y a la madre. Aunque se experimenta de forma simultánea, la aflicción es de una individualidad insidiosa. Las parejas se ahogan en ella, se hunden bajo su superficie incapaces de tenderse la mano y tocarse, sin poder buscar consuelo en el amor mutuo que sienten, o en su día sintieron. Resulta especialmente atroz para quienes pierden a un hijo único. El gran lazo entre ellos se rompe, y en algunos casos sencillamente se dejan arrastrar por la soledad y el aislamiento.” (p. 30)
Gabriel Chevallier
EL MIEDO (II)
Barcelona, 2009, Acantilado.



“Finalmente, nos lanzamos hacia delante. Tras el monte Saint-Éloi, el campo de batalla, invadido por la bruma y las humaredas, descendía delante de nosotros en suave pendiente. Distinguíanse a lo lejos unas llamaradas rojas, y se oía un ruido terrible, punteado por las diabólicas ametralladoras. Era allí adonde nos dirigíamos, inquietos y silenciosos. El ver a los heridos nos puso más sombríos todavía. Estaban cubiertos de lodo, sin el equipo, como fugitivos, muy pálidos, y nosotros percibíamos en sus miradas ese atisbo de locura que era resultado de haber vislumbrado la muerte. Se retiraban en grupos gemebundos, apoyándose los unos en los otros, y no podíamos apartar la vista de la mancha blanca de los apósitos, con partes sucias de sangre. La sangre seguía goteando de ellos, señalaba su paso. Luego pasaron unas camillas silenciosas, de las que pendían unas manos pálidas y crispadas. Cuatro enfermeros transportaban a hombros a un pobre desgraciado que había perdido un brazo, que mostraba los músculos al vivo, deshilachados. Lanzaba unos gritos espantosos, con la cara vuelta al cielo cubierto, como para avergonzar a Dios.” (pp. 73-74)

“—¡Dartemont, la Patria!
—¿La Patria? Una palabra más que usted, a distancia, rodea de un cierto halo de ideal. ¿Quiere reflexionar sobre lo que es la patria? Pues ni más ni menos que una junta de accionistas, una forma de propiedad, espíritu burgués y vanidad. Piense en el número de individuos que se niega usted a frecuentar en su patria, y verá que los vínculos son muy convencionales... Le aseguro que ninguno de los hombres que he visto caer a mi alrededor murió pensando en la patria, con «la satisfacción del deber cumplido». Y creo que muy pocos han ido a la guerra con la idea del sacrificio, como hubieran tenido que hacerlo unos verdaderos patriotas.
(...)
—Pero ¿y la libertad?
—Mi libertad sigue conmigo. Está en mi pensamiento; para mí Shakespeare es una patria y otra es Goethe. Podrá usted cambiarme la etiqueta que llevo en la frente, pero lo que no podrá es cambiar mi cerebro. Gracias a mi cerebro escapo a los destinos, a las promiscuidades, a las obligaciones que toda civilización, toda colectividad, me va a imponer. Yo me hago una patria con mis afinidades, mis preferencias, mis ideas, y esto no es posible arrebatármelo, e incluso puedo difundirlo a mi alrededor. No frecuento, en la vida, a multitudes, sino a individuos. Con cincuenta individuos escogidos en cada nación, tal vez compondría la sociedad capaz de darme las máximas satisfacciones. Mi primer bien soy yo mismo; es preferible exiliarlo que perderlo, cambiar algunas costumbres que anular mis facultades humanas. El hombre no tiene más que una patria, que es la Tierra.” (pp. 138-140)

martes, 2 de abril de 2019

Norman Mailer
LOS EJÉRCITOS DE LA NOCHE
Barcelona, 2003, Anagrama.



“El marxismo precisaría quizá un Marx redivivo para explicar de modo concluyente por qué la clase media condenaba una guerra imperialista en la última nación capitalista, y por qué la aceptaba la clase proletaria. Pero era la clase media urbana de los Estados Unidos quien se había sentido siempre más desarraigada, más alienada de la propia Norteamérica, y por tanto más instintivamente crítica con su país, pues ni trabajaba con las manos ni poseía poder real alguno, de forma que no es jamás su torno ni sus sesenta acres de tierra, ni ciertamente su autoridad lo que se acepta, porque sus miembros no son simples ciudadanos de Norteamérica, y en esa tierra la clase media urbana ha sido la última en alcanzar un estatus respetable, ha sido la más mimada y protegida (sus dólares son la gran madre nutricia de los bienes de consumo) y al tiempo la más espiritualmente desvalida, pues hasta el propio concepto de crisis de identidad parece de su exclusivo patrimonio. Los hijos e hijas de esa clase media urbana se veían en su infancia alienados para siempre de todas las sencillas alegrías y populares triquiñuelas de la clase proletaria, como ganar una arriesgada pelea a puñetazos a los ocho años, conocer el sexo antes de los catorce, emborracharse hasta perder el sentido a los dieciséis, recibir una paliza mortal a manos del padre, formar parte de una orgullosa y pendenciera pandilla callejera, vivir en guerra declarada contra el sistema educativo, saber cómo burlarse solapadamente del patrón, andar en bicicleta con las manos sueltas, participar en el torneo de boxeo Gloden Gloves, alistarse en la Marina, pasar una temporada en chirona... y, amén de todo ello, el sentido del entusiasmo vital, de la camaradería, pues los amigos son el maná de la clase obrera, clase que muestra una escéptica indiferencia innata hacia la escuela, la moralidad y el trabajo. La clase obrera es fiel a los amigos, no a las ideas. No es extraño que la vida militar no perturbe a sus hijos lo más mínimo. Pero a los hijos de la clase media les perturba la clase obrera, les perturba su fácil y firme virilidad, su valor físico al parecer innato... Los hijos de la clase media sentían a un tiempo miedo y hondo respeto ante la idea de que aquella clase obrera viril, indiferente y despiadada que acabaría exterminándoles con la misma facilidad con que ellos exterminaban a los asiáticos. Y no se menciona aquí ese sentido de mudo temor reverencial que anegaba a todo hijo de la clase media urbana al contemplar al genuino hijo norteamericano de la pequeña población y de la granja, ese protagonista de todo ámbito de la vida convencional norteamericana, esa criatura de mirada vacía y nariz chata y respingona, inocente, perplejo, testarudo, de pelo cortado a cepillo...” (pp. 296-297)
[La cita hace referencia a la guerra de Vietnam.]
Platón
LA REPÚBLICA O EL ESTADO (II)
Madrid, 1988, Espasa-Calpe.


“–Al verlos, ¿no dirás que esto es lo mismo que cuando un esclavo calvo y de menguada estatura que acaba de verse libre de las cadenas y de los grillos, que ha reunido un poco de dinero, y que, después de limpiarse en el baño y de vestirse con un traje nuevo, va a casarse con la hija de su amo, reducida a esta cruel extremidad por la pobreza y abandono en que se halla?
–La comparación es exacta.
–¿Qué hijos saldrán de semejante matrimonio? Indudablemente hijos contrahechos y degenerados.
–Así debe ser.” (p. 190; Libro sexto.)

“–Con las demás cualidades del alma sucede poco más o menos como con las del cuerpo; cuando no se han obtenido de la naturaleza, se adquieren mediante la educación y la cultura. Pero respecto a la facultad de saber, como es de una naturaleza más divina, jamás pierde su virtud; se hace solamente útil o inútil, ventajosa o perjudicial, según la dirección que se le da. ¿No has observado hasta dónde llevan su sagacidad esos hombres conocidos con el nombre de embaucadores? ¿Con qué penetración su alma ruin discierne todo lo que les interesa? Su vista no está ni debilitada ni turbada, y como la obligan a servir como instrumento de su malicia, son tanto más maléficos cuanto son más sutiles y perspicaces.
–Esa observación es exacta.” (p. 209; Libro séptimo.)

“–Sin embargo, estos usureros ávidos, preocupados con su negocio y sin reparar en los que han arruinado, continúan prestando con un interés exorbitante y enriqueciéndose, abriendo brechas terribles en el patrimonio de sus muchas víctimas y multiplicando por este medio en el Estado la raza de los zánganos y de los pobres.” (p. 241; Libro octavo.)

Gabriel Chevallier
EL MIEDO (I)
Barcelona, 2009, Acantilado.



“Los hombres son imbéciles e ignorantes. De ahí les viene su miseria. En lugar de reflexionar, se creen lo que les cuentan, lo que les enseñan. Eligen jefes y amos sin juzgarlos, con un gusto funesto por la esclavitud.
  Los hombres son unos mansos corderos. Es lo que hace posible los ejércitos y las guerras. Mueren víctimas de su estúpida docilidad.
  Cuando se ha visto la guerra como yo la acabo de ver, uno se pregunta: «¿Cómo se puede aceptar una cosa así? ¿Qué tratado de fronteras, qué honor nacional puede legitimar semejante cosa? ¿Cómo se puede maquillar de ideal lo que es simple bandidaje, y obligar a admitirlo?».
  Se dijo a los alemanes: «¡Adelante con la guerra lozana y alegre! ¡Nach Paris y Dios sea con nosotros, por una Alemania más grande!». Y los buenos alemanes pacíficos, que se lo toman todo en serio, se movilizaron para la conquista, se convirtieron en bestias feroces.
  Se dijo a los franceses: «Nos atacan. Es la guerra del derecho y de la revancha. ¡A Berlín!». Y los franceses pacifistas, los franceses que no se toman nada en serio, interrumpieron sus ensoñaciones de pequeños rentistas para ir a batirse.
  Y lo mismo ocurrió con los austriacos, los belgas, los ingleses, los rusos, los turcos y a continuación los italianos. En una semana, veinte millones de hombres civilizados, ocupados en vivir, en amar, en ganar dinero, en labrarse un futuro, han recibido la consigna de interrumpirlo todo para ir a matar a otros hombres. Y esos veinte millones de individuos han aceptado esta consigna porque se los había convencido de que tal era su deber.
  Veinte millones, todos de buena fe, todos de acuerdo con Dios y con su príncipe... Veinte millones de imbéciles... ¡Como yo!
  O mejor dicho, no, yo no creí en ese deber. Ya a los diecinueve años no pensaba que hubiera la menor grandeza en hundirle un arma en la tripa a un hombre, en alegrarme de su muerte.
  Pero fui igualmente.” (pp. 17-18)
 [La cita hace referencia a la I Guerra Mundial.]

lunes, 1 de abril de 2019

Platón
LA REPÚBLICA O EL ESTADO (I)
Madrid, 1988, Espasa-Calpe.



“La vejez, en efecto, es un estado de reposo y de libertad respecto de los sentidos. Cuando la violencia de las pasiones se ha relajado y se ha amortiguado su fuego, se ve uno libre, como decía Sófocles, de una multitud de furiosos tiranos. En cuanto a las lamentaciones de los ancianos de que hablo, a los malos tratamientos de que se quejan, hacen muy mal, Sócrates, en achacarlos a su ancianidad, cuando la causa es su carácter. Con costumbres suaves y convenientes, la vejez es soportable; pero con un carácter opuesto, lo mismo la vejez que la juventud son desgraciadas.” (p. 45; Libro primero, Sócrates.)

“En cada Estado, la justicia no es más que la utilidad del que tiene la autoridad en sus manos, y, por consiguiente, del más fuerte. De donde se sigue, para todo hombre que sabe discurrir, que la justicia y lo que es ventajoso al más fuerte en todas partes y siempre es una misma cosa.” (p. 55; Libro primero, Sócrates.)

“Porque el mayor castigo para el hombre de bien, cuando rehúsa gobernar a los demás, es el verse gobernado por otro menos digno” (p. 62; Libro primero, Sócrates.)

“–He aquí dos cosas en que nuestros magistrados deberán poner gran cuidado, para que no entren en nuestro Estado.
–¿Cuáles son?
–La opulencia y la pobreza, porque la una engendra la molicie, la holgazanería y el amor a las novedades; y la otra este mismo amor a las novedades, la bajeza y el deseo de hacer mal.” (pp. 125-126; Libro cuarto.)

lunes, 25 de marzo de 2019



Edward Bulwer Lytton
LA RAZA FUTURA
https://archive.org



“En una sociedad de tal norma moral, en que no hay crímenes, ni tristezas, de las cuales la tragedia pueda extraer elementos de piedad y de compasión, ni vicios manifiestos o tonterías, sobre los cuales la comedia pueda ejercitar su sátira divertida, no hay oportunidad de producir un Shakespeare o un Moliére.”  

Texto original, tomado de http://www.gutenberg.org: “and where a society attains to a moral standard, in which there are no crimes and no sorrows from which tragedy can extract its aliment of pity and sorrow, no salient vices or follies on which comedy can lavish its mirthful satire, it has lost the chance of producing a Shakespeare, or a Moliere, or a Mrs. Beecher Stowe.”
[Ignoro por qué se omite a Beecher Stowe en la traducción al español.]
Cixin Liu
EL FIN DE LA MUERTE (II)
Barcelona, 2018, Penguin Random House.



“Cuenta la leyenda que el maestro Batuo, fundador del monasterio de Shaolin, meditó frente a una pared durante diez años hasta que su sombra quedó grabada en la piedra.” (p. 203)

“Érase una vez un reino llamado el Reino sin Cuentos. 
   Aquel reino no tenía cuentos. No tener cuentos es algo bueno para un reino, porque sus habitantes son más felices. Y es que los cuentos implican contratiempos y desgracias. 
   El Reino sin Cuentos tenía un rey sabio, una reina bondadosa, unos ministros justos y capaces y unos campesinos trabajadores y honestos. La vida en el reino era tan apacible como la superficie de un espejo: ayer era igual que hoy, hoy era igual que mañana, el año pasado era igual que este año, y este año era igual que el año próximo. Nunca había historias que contar.” (p. 384)

Blaise Pascal
PENSAMIENTOS



“Certainement s'il la connaissait il n'aurait pas établi cette maxime, la plus générale de toutes celles qui sont parmi les hommes, que chacun suive les moeurs de son pays. L'éclat de la véritable équité aurait assujetti tous les peuples. Et les législateurs n'auraient pas pris pour modèle, au lieu de cette justice constante, les fantaisies et les caprices des perses et allemands. On la verrait plantée par tous les états du monde, et dans tous les temps, au lieu qu'on ne voit rien de juste ou d'injuste qui ne change de qualité en changeant de climat, trois degrés d'élévation du pôle renversent toute la jurisprudence, un méridien décide de la vérité. En peu d'années de possession les lois fondamentales changent, le droit a ses époques, l'entrée de Saturne au Lion nous marque l'origine d'un tel crime. Plaisante justice qu'une rivière borne. Vérité au-deçà des Pyrénées, erreur au-delà.
  Ils confessent que la justice n'est pas dans ces coutumes, mais qu'elle réside dans les lois naturelles communes en tout pays. Certainement ils le soutien draient opiniâtrement si la témérité du hasard qui a semé les lois humaines en avait rencontré au moins une qui fût universelle. Mais la plaisanterie est telle que le caprice des hommes s'est si bien diversifié qu'il n'y en a point.
  Le larcin, l'inceste, le meurtre des enfants et des pères, tout a eu sa place entre les actions vertueuses. Se peut-il rien de plus plaisant qu'un homme ait droit de me tuer parce qu'il demeure au-delà de l'eau et que son prince a querelle contre le mien, quoique je n'en aie aucune avec lui. Il y a sans doute des lois naturelles, mais cette belle raison corrompue a tout corrompu (...)”

[Pascal, Les Pensées, Paris, 1896, P. Lethielleux, Libreur-Éditeur;pagina 70. Tomado, a su vez, de http://maxencecaron.fr/wp-content/uploads/2010/09/Pensees-de-Pascal.pdf ]


“Con toda seguridad, si la hubiese conocido, no hubiera establecido esta máxima, la más general de todas las que corren entre los hombres: que cada uno siga las costumbres de su país; el brillo de la verdadera equidad habría subyugado a todos los pueblos, y los legisladores no habrían tomado como modelo, en lugar de esta justicia constante, las fantasías y los caprichos de los persas y de los alemanes. La veríamos implantada por todos los Estados del mundo y en todos los tiempos, en lugar de contemplar que nada hay justo o injusto que no cambie de cualidad cambiando de clima. Tres grados de elevación hacia el polo echan por tierra toda la jurisprudencia; un meridiano decide de la verdad; a los pocos años de ser poseídas, las leyes fundamentales cambian; el derecho tiene sus épocas; la entrada de Saturno en Leo nos indica el origen de tal crimen. ¡Valiente justicia la que está limitada por un río! Verdad aquende el Pirineo, error allende.
  Conceden que la justicia no se halla en estas costumbres, sino que reside en las leyes naturales conocidas en todo el país. Seguramente lo sostendrían tercamente, si la temeridad del azar, que ha sembrado las leyes humanas, hubiese encontrado por lo menos una que fuera universal; pero la broma es tal que el capricho de los hombres le ha diversificado tanto que no hay ninguna que lo sea.
  El latrocinio, el incesto, el asesinato de hijos y de padres, todo ha sido reconocido entre las acciones virtuosas. ¿Puede haber nada más gracioso que el que un hombre tenga derecho de matarme porque viva allende el vado y su príncipe esté querellado con el mío, aunque yo no lo esté con él?
  Hay sin duda leyes naturales; pero esta espléndida razón corrompida lo ha corrompido todo (...)”

[Blaise Pascal, Pensamientos, Espasa Calpe, 1940, sección IV-294. Tomado, a su vez, de http://www.cervantesvirtual.com]


Chester Himes
ALGODÓN EN HARLEM / CUANDO EL CALOR ARRECIA (II)
Barcelona, 1980, Mundo Actual de Ediciones.


“—Eres mi amigo, sí o no? —preguntó el gigante.
  Tenía una voz que chirriaba como un serrucho cuando muerde un nudo de la madera.
  —Con lo grandullón que eres, ¿para qué necesitas un amigo? —dijo, bromeando, el enano.
  —Contesta a mi pregunta —insistió el gigante.
  Era un negro albino, de piel lechosa, con ojos rosados, labios estropeados, orejas de coliflor y un pelo espeso, crespo, de color cremoso. Llevaba una blanca camisa de vaquero, pantalones negros mugrientos ceñidos a la cintura con un trozo de cuerda de cáñamo, y calzaba zapatos azules de lona con suela de goma.
  El enano compuso una expresión de hipócrita solicitud. Se arremangó el brazo y lanzó una ojeada a la esfera luminosa de su reloj de pulsera. Era la una y veintidós minutos de la mañana. Lanzó un leve suspiro de alivio. No había por qué apresurarse.
  Era jorobeta, con la piel de un amarillo sucio, algo más oscura que la del albino. Tenía una cara ratonil y en ella brillaban inquietos, fugaces, dos ojos como negros abalorios. Pero el hombre iba muy bien vestido: terno hecho a la medida, bien cortado por un sastre caro, de fino hilo y color azulado; zapatos con puntera de seda y un sombrero panamá negro con una cinta color naranja.
  Su mirada huidiza se fijó un instante en el nudo de la cuerda de cáñamo que ceñía la cintura del gigante, justo a nivel de sus ojos. El hombrachón tenía cuatro veces su tamaño, pero esto no intimidaba al jorobeta. Para éste, el gigante no era más que uno de los muchos mandangosos que acudían a él para sus dosis cotidianas de C, H o de morisqueta.” (pp. 285-286)

“Aun pasadas las dos de la madrugada, el «valle», ese espacio de tierra baja de Harlem, al este de la Séptima Avenida, era como una sartén del infierno. El calor brotaba del pavimento, bullendo desde el asfalto, y la presión atmosférica volvía a empujarlo hacia la tierra como la tapa de una olla.
  La gente de color se cocía en sus atestados cuartos, en las calles, en las tascas, en los burdeles; sazonados con vicio, enfermedad y crimen.
  Efluvios de hedores cálidos ascendían de la sartén, y flotaba en el aire quieto y bochornoso, a la altura de los tejados, el olor de la chamuscada barbacoa, del pelo frito, de los humos de escape, de la basura que se pudre, de los perfumes baratos, de los cuerpos sudorosos y sucios, de los edificios ruinosos, de los excrementos de los perros, de las ratas y de los gatos, de whisky y vómito; de, en fin, todos los hedores de la pobreza.” (p. 315)

[Las citas pertenecen a la novela Cuando el calor arrecia.]
Platón
EL BANQUETE / FEDÓN (II)
Barcelona, 1987, Planeta.


“Por último, todos los que son sección de macho, persiguen a los machos, y mientras son muchachos, como lonchas de macho que son, aman a los varones y se complacen en acostarse y en enlazarse con ellos; éstos son precisamente los mejores entre los niños y los adolescentes, porque son en realidad los más viriles por naturaleza. Algunos, en cambio, afirman que son unos desvergonzados. Se equivocan, pues no hacen esto por desvergüenza, sino por valentía, virilidad y hombría, porque sienten predilección por lo que es semejante a ellos. Y hay una gran prueba de que es así: cuando llegan al término de su desarrollo, son los de tal condición los únicos que resultan viriles en la política. Mas una vez que llegan a adultos, aman a su vez a los mancebos, y si piensan en casarse y tener hijos, no es por natural impulso, sino por obligación legal; les basta con pasarse la vida en mutua compañía sin contraer matrimonio. Y ciertamente el que es de tal índole se hace «pederasta», amante de los mancebos, y «filerasta», amigo del amante, porque siente apego a lo que le es connatural.” (p. 29)
[La cita pertenece al diálogo El banquete.]