martes, 22 de septiembre de 2026

Gladys Nieto
LA INMIGRACIÓN CHINA EN ESPAÑA (II)
Madrid, 2007, LOS LIBROS DE LA CATARATA.

 

“El cuerpo también se interpreta como un elemento de ocultación, un símbolo de la astucia y el engaño. La representación de un colectivo que intenta escapar del control estatal se codifica corporalmente. En algunas noticias se indica que el físico de los chinos no facilita las investigaciones policiales porque los funcionarios no pueden distinguir el sexo de las personas ancianas. Tras esta idea subyace la imagen de un colectivo homogéneo, sin variaciones físicas. Pero el problema no se localiza en quienes no pueden notar esas diferencias -en este caso la policía-, sino en los mismos chinos y en su capacidad para transfigurarse. La representación de la astucia china mediante la transfiguración corporal alcanzó su máxima expresión en la divulgación que los medios realizaron de la frase: los chinos no mueren. Tal información se lanzó a raíz de investigaciones policiales sobre el bajo número estadístico de fallecimientos de inmigrantes chinos, tras la hipótesis de que los pasaportes de los fallecidos se reutilizaban en el blanqueo de inmigrantes ilegales, desconociendo la suerte que corrían los cuerpos. Esta afirmación se propagó hasta el punto que pasó a sumarse a una aproximación propia del sentido común a la realidad de los chinos. El imaginario popular acabó por añadir sus cuotas morbosas, quedándose con el problema de adónde iban a parar los cuerpos de aquellos fallecidos no registrados, interpretando que ellos llegaban a los platos de los comensales en los restaurantes chinos. Tal imaginería folclórica haya sus razones en la expresión de prejuicios sobre un colectivo que se eleva al máximo nivel de exotismo. Esta idea ha persistido a pesar de que la prensa, después de más de cuatro años de promocionar la frase, amplificando el discurso policial, inexplicablemente diera por concluida la incógnita del bajo número de defunciones de los inmigrantes chinos mediante la aclaración de que esto se debía a que los ancianos regresaban al país de origen a morir.” (pp. 155-156)