Alfonso Mañas
GLADIADORES, BESTIAS Y CONDENADOS (II)
Córdoba, 2024, Almuzara.
“Tan pronto un gladiador caía muerto a la arena tras ser degollado, por haber recibido el veredicto de iugula, varias personas se abalanzaban sobre su garganta abierta y comenzaban a chuparle la sangre.
La escena puede parecernos imposible, incluso pese a tener en cuenta que ocurría en el anfiteatro, donde sabemos que casi todo era posible. No obstante, son varias las fuentes de la época que confirman que en efecto sucedía eso, explicando que la razón era bien sencilla.
AULO CORNELIO CELSO, De re medica, 3.23.7: «Algunos al beber la sangre caliente de un gladiador degollado se han curado de tal enfermedad. Miserable remedio que solo una enfermedad aún más miserable hace tolerable a quienes lo practican».
La enfermedad a la que se refiere Aulo Cornelio Celso, autor del siglo I (murió hacia el año 50), es la epilepsia, en latín morbus comitialis (enfermedad de la asamblea), llamada así porque si alguien sufría un ataque de epilepsia en cualquier asamblea o reunión pública, ésta se interrumpía de inmediato, pues se consideraba un mal augurio.
(…)
¿Y por qué creían que la sangre de los gladiadores curaba la epilepsia?
Sencillo. Pensaban que en la sangre iba la esencia de la persona, y como veían en los gladiadores a los paradigmas de la fuerza, la valentía y la virilidad, creían que todas esas cualidades pasaban a quien bebía su sangre (...)” (pp. 135-136)
[La expresión iugula, en latín, significa literalmente “¡degüellalo!”]